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Venezuela: tierra de lágrimas y corazones rotos

Venezuela: tierra de lágrimas y corazones rotos

Mi padre, un piadoso apostólico, católico y romano, solía decirnos, cuando el hogar se inundaba de tribulaciones: «hijos, esas son pruebas que nos manda el Señor». Hoy, décadas después de todo lo que ha acontecido en la Venezuela del siglo XXI, me pregunto cuánta más calamidad tiene que sufrir el pueblo venezolano para reconstruir el

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor1 jul. 2026

La devastación causada por el reciente doblete sísmico de 2026 ha sumido a Venezuela en una tragedia de proporciones incalculables, exponiendo con crudeza la fragilidad de una nación carcomida por décadas de desidia y mala gestión. Las cifras preliminares de fallecidos, desaparecidos y viviendas destruidas, aunque insuficientes y opacas, dibujan un panorama desolador que contrasta dolorosamente con la memoria de respuestas estatales más competentes en el pasado.

Ecos Sísmicos: Un Recorrido por la Memoria de la Tierra Venezolana

Venezuela, asentada sobre complejas fallas geológicas, ha sido históricamente un territorio marcado por la furia sísmica. La memoria colectiva resguarda eventos que han redefinido su geografía y su espíritu. El más antiguo y devastador que se evoca con frecuencia es el terremoto de 1812, cuya magnitud estimada de 7.7 en la escala de Richter no solo arrasó ciudades como Caracas y La Guaira, sino que también tuvo profundas repercusiones políticas y sociales en pleno proceso independentista. Aquel cataclismo, interpretado por algunos como un castigo divino y por otros como una señal de los tiempos, dejó una cicatriz imborrable en la psique nacional.

Casi dos siglos después, el 29 de julio de 1967, Caracas experimentó otro sismo significativo. Con una magnitud de 6.6 y una duración de entre 35 y 55 segundos, este terremoto causó severos daños en zonas densamente pobladas y desarrolladas de la capital, como Altamira y Los Palos Grandes, así como en el Litoral Central. La imagen de edificios colapsados y estructuras comprometidas se grabó en la conciencia de una generación, pero también lo hizo la respuesta institucional que siguió, la cual se convertiría en un referente de eficiencia y organización.

Ahora, en 2026, la historia se repite con una intensidad aún mayor. El país ha sido golpeado por un doblete sísmico cuyas magnitudes oscilan entre 7.2 y 7.5, convirtiéndolo en el evento más extenso de los tres, con afectaciones que se extienden desde Caracas y La Guaira hasta los estados Aragua, Carabobo, Falcón y Yaracuy. La escala de esta catástrofe ha puesto a prueba los cimientos de una sociedad ya exhausta, pero, a diferencia de otras épocas, la respuesta del Estado ha sido la de una ausencia clamorosa, dejando al descubierto la profunda crisis institucional que atraviesa la nación.

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La Respuesta de 1967: Un Modelo de Gestión Pública en Tiempos de Crisis

El terremoto de 1967, si bien fue una tragedia, también sirvió como un crisol para la capacidad de respuesta del Estado venezolano de la época. La gestión post-sismo se erigió como un ejemplo de coordinación y eficacia, un hito en la historia de la planificación urbana y la preparación ante desastres en el país. Las autoridades de entonces actuaron con una celeridad y determinación que hoy parecen inalcanzables. Se establecieron líneas de mando claras, y la Fuerza Armada Nacional fue movilizada de inmediato para apoyar en las labores de rescate, la remoción de escombros y la estabilización de edificaciones en riesgo.

La clave de este éxito, según análisis de la época y posteriores, como el documentado por Iñaki Anasagasti en 2026, residió en el liderazgo. El Dr. Sucre Figarella emergió como una figura central, asumiendo la conducción de la crisis con una combinación de autoridad técnica, probada capacidad organizativa y un inquebrantable sentido de urgencia. Bajo su dirección, el aparato estatal se activó en cuestión de horas. Cuadrillas de obreros, ingenieros, topógrafos, operadores de maquinaria pesada y equipos de demolición fueron desplegados sin dilación.

La gestión de Figarella trascendió la mera administración de recursos. Logró articular al Estado en su totalidad, coordinando eficazmente ministerios, gobernaciones, concejos municipales, organismos civiles y unidades militares. Se establecieron prioridades claras, se abrieron vías colapsadas, se organizaron los rescates de manera sistemática y se supervisaron las demoliciones controladas. El plan de emergencia implementado entonces sigue siendo estudiado como una referencia de buena gestión pública. La Fuerza Armada, integrada activamente en la estructura de protección civil del momento, desempeñó un papel crucial, aportando personal especializado y recursos logísticos, demostrando así una simbiosis entre la institución castrense y la sociedad civil en momentos de máxima necesidad. Este precedente institucional marcó una pauta para la acción estatal en situaciones de emergencia, una pauta que contrasta drásticamente con la realidad actual.

2026: La Crónica de un Colapso Anunciado

La magnitud de la respuesta estatal ante el doblete sísmico de 2026 no admite comparación con la mostrada en 1967; es, más bien, su antítesis. La tragedia actual ha desnudado las consecuencias de casi tres décadas de saqueo sistemático, mala administración y una manipulación populista de las necesidades más básicas de la población. En cuestión de segundos, la naturaleza expuso la fragilidad de una infraestructura urbana construida sobre cimientos de corrupción y promesas vacías.

El caso de La Guaira es paradigmático: comunidades que depositaron su confianza en gobernadores oficialistas, quienes prometieron soluciones habitacionales, vieron cómo esas frágiles edificaciones se desplomaban como castillos de naipes, llevándose consigo vidas y esperanzas. La ausencia de un Estado funcional y protector se ha reafirmado en cada una de sus prácticas más deplorables: la manipulación constante de las cifras de víctimas, la opacidad total en la información oficial, el bloqueo a la ayuda internacional que podría aliviar el sufrimiento y un oscurantismo deliberado sobre la cruda realidad del número de fallecidos, desaparecidos y los miles de damnificados que sobreviven a la intemperie.

Esta inacción y desorganización no son producto de la casualidad, sino la manifestación palpable de un estilo de gobierno que ha desmantelado las instituciones, ha precarizado hasta el extremo los servicios públicos y ha saqueado los recursos de la nación en nombre de una "revolución" que, en la práctica, ha resultado ser una estafa monumental erigida sobre la miseria del pueblo. La incapacidad de la gestión de figuras como Rodrigato y Diosdado Cabello para enfrentar la crisis no es solo una falla operativa, sino la culminación de un proceso de deterioro que ha dejado al país sin capacidad de respuesta ante cualquier adversidad.

La Resiliencia Ciudadana ante la Ausencia Estatal

En medio de la devastación y la desidia oficial, emerge una vez más la indomable resiliencia del pueblo venezolano. Ante un Estado depredador e inoperante, la ciudadanía ha asumido la responsabilidad de la supervivencia y el rescate. Centenares de hombres y mujeres, armados con picos, palas y mandarrias, sin maquinaria pesada ni el respaldo logístico que un gobierno debería proveer, se han lanzado a la tarea de buscar a sus seres queridos y vecinos bajo los escombros.

Esta autogestión de la emergencia por parte de la población, aunque heroica, es también un testimonio desgarrador de la soledad en la que se encuentran los venezolanos frente a la adversidad. Es la prueba fehaciente de que, en esta Venezuela del siglo XXI, la protección y la solidaridad provienen de abajo, de las comunidades, de los individuos que se niegan a sucumbir ante la catástrofe y la ineficiencia gubernamental. La esperanza de un resurgir, de una reconstrucción, no reside en las estructuras de poder actuales, sino en la capacidad innata de su gente para levantarse de las cenizas, para reconstruir, no solo viviendas, sino también el tejido social y moral de una nación.

La tragedia de 2026 no es solo un desastre natural; es la cruda manifestación de un colapso institucional y moral que ha dejado a Venezuela vulnerable y desamparada. Sin embargo, la capacidad de su gente para movilizarse y apoyarse mutuamente, incluso en la ausencia total de un Estado responsable, ofrece un tenue rayo de esperanza para la reconstrucción de un país que un día fue sinónimo de dignidad y progreso.