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El colapso de la demagogia en Venezuela: cuando la propaganda cuesta vidas, por Juan Pablo García 

El colapso de la demagogia en Venezuela: cuando la propaganda cuesta vidas, por Juan Pablo García 

La propaganda política suele construirse con promesas brillantes. Sin embargo, cuando se edifica sobre la corrupción y la negligencia, las consecuencias se pagan con vidas

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor7 jul. 2026

Por Juan Pablo García

La tierra tembló, y con ella, se desmoronó no solo el concreto de miles de viviendas, sino también la fachada de un sistema que durante años ha priorizado la imagen sobre la vida, la propaganda sobre la seguridad. El reciente sismo que sacudió a Venezuela ha revelado una verdad brutal y dolorosa: muchas de las edificaciones de la "Gran Misión Vivienda Venezuela" (GMVV), el programa insignia del gobierno, no eran el refugio seguro prometido, sino trampas mortales construidas sobre la corrupción y la negligencia. El colapso masivo de estas estructuras no es un simple desastre natural; es la crónica de una tragedia anunciada, el resultado inevitable de cambiar la seguridad estructural por rédito electoral y un testimonio mudo del costo humano de la demagogia.

Desde su lanzamiento en 2011, la Gran Misión Vivienda Venezuela fue presentada como la solución definitiva a la crisis habitacional del país, una promesa de techo propio y dignidad para millones de familias. Con una inversión multimillonaria y una maquinaria propagandística implacable, el gobierno se ufanó de haber entregado "millones" de hogares, utilizando cada entrega como un acto político televisado, un símbolo de su compromiso social. Se vendió como la encarnación del "progreso", la "esperanza" y la "protección" para los sectores más vulnerables, una epopeya constructiva que desafiaba los embates de la crisis económica y el "bloqueo imperial". Sin embargo, bajo la presión de la naturaleza, ese castillo de naipes se ha desmoronado, revelando una cruda realidad: lo que debía ser un hogar seguro era, en muchos casos, una estructura precaria, edificada con materiales de ínfima calidad y sin el cumplimiento de las normas mínimas de ingeniería civil y sismorresistencia.

La paradoja es cruel: en un país con una historia sísmica bien documentada y donde las normativas de construcción antisísmica son (o deberían ser) estrictas, el Estado, a través de su programa bandera, construyó edificaciones que desafiaban toda lógica de seguridad. Las imágenes de edificios reducidos a escombros, con paredes que se pulverizaron como harina, no solo exponen la fragilidad de la infraestructura, sino la profunda irresponsabilidad de quienes planificaron y ejecutaron estas obras. La promesa de una vivienda digna, en lugar de ser un derecho fundamental garantizado por la seguridad, se convirtió en una lotería mortal donde la vida de miles de venezolanos se jugó en cada entrega de llaves.

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Tras el desastre, tres realidades fundamentales quedan expuestas y claman por justicia:

1. La ilusión de la dignidad: cuando el techo no es refugio. Entregar una vivienda no es, ni debería ser, solo levantar cuatro paredes y un techo para una fotografía oficial o un anuncio televisivo. Una vivienda digna es, ante todo, una vivienda segura. En Venezuela, un país asentado sobre fallas geológicas activas, la sismorresistencia no es un lujo, sino una necesidad imperante. Ofrecer estructuras sin cumplir con las normas mínimas de ingeniería civil es un acto de profunda irresponsabilidad que raya en lo criminal. La GMVV, en su afán por alcanzar metas numéricas para la propaganda, sacrificó la calidad y la seguridad. Ingenieros y expertos en construcción han denunciado durante años la falta de supervisión, la utilización de materiales importados de baja calidad y la ausencia de estudios de suelo adecuados en muchos de estos proyectos. Se priorizó la rapidez en la construcción y la cantidad de unidades habitacionales sobre la calidad estructural, transformando la "dignidad" en una ilusión peligrosa. Las familias que hoy lloran a sus muertos o que han perdido todo no recibieron un hogar, sino una sentencia diferida.

2. La vulnerabilidad planificada: el riesgo ignorado, la tragedia garantizada. El riesgo de colapso de estas edificaciones no era invisible; era una certeza técnica que se ignoró de manera sistemática. Al utilizar materiales no aptos, al saltarse los controles de calidad y al acelerar las entregas con fines propagandísticos, se dejó a la población en una situación de total indefensión ante los riesgos geológicos del país. Esta vulnerabilidad no fue accidental; fue planificada. Se sabía que las estructuras no cumplirían con los estándares necesarios para soportar un sismo de magnitud moderada. Esta práctica se inscribe en un patrón más amplio de desmantelamiento institucional en Venezuela, donde organismos de control, colegios de ingenieros y gremios profesionales han sido sistemáticamente debilitados o ignorados. La "Gran Misión Vivienda" operó bajo un régimen de excepción que, en la práctica, permitió eludir la supervisión técnica rigurosa, transformando la construcción en un terreno fértil para la corrupción y la improvisación. La consecuencia directa es la pérdida de vidas y el desamparo de miles de familias.

3. El costo de la demagogia: vidas como moneda de cambio. Cuando las prioridades de un gobierno se centran en el control social, el sometimiento de los más débiles a través de la dependencia y la construcción de una narrativa de éxito a cualquier costo, la calidad técnica y la vida humana se desechan. La demagogia no solo es un discurso engañoso; es una política de Estado que tiene consecuencias letales. En Venezuela, el acceso a una vivienda, a un trabajo, a la salud o a la alimentación se ha instrumentalizado, convirtiéndose en una herramienta de control social y fidelización política. La GMVV no fue la excepción. La entrega de viviendas, a menudo condicionada a la lealtad política, creó una dependencia que dificultaba cualquier crítica o reclamo sobre la calidad de las obras. Hoy, las ruinas de esos complejos habitacionales son el testimonio mudo de un sistema que prefirió la fachada antes que la vida de sus ciudadanos, que valoró más la cantidad de "entregas" en un acto político que la resistencia de esas estructuras ante un evento natural inevitable.

Implicaciones: Un país en ruinas, una sociedad traumatizada

Las implicaciones de esta tragedia son multidimensionales y profundamente dañinas para el tejido social y económico de Venezuela.

En el ámbito social, el costo humano es incalculable. Más allá de las lamentables pérdidas de vidas, miles de personas han quedado sin hogar, sumándose a la ya masiva población de desplazados internos y externos en el país. El trauma psicológico para los sobrevivientes y para la sociedad en general será duradero. La confianza en las instituciones y en los programas gubernamentales, ya erosionada, ha recibido un golpe devastador. Las familias que creyeron en la promesa de un futuro mejor ahora se enfrentan a la desolación y la rabia, al darse cuenta de que el mismo Estado que les "dio" un hogar, fue el que los expuso a un peligro mortal.

Económicamente, el desastre expone el derroche y la corrupción endémica. Los fondos multimillonarios asignados a la GMVV, que debieron garantizar construcciones seguras y duraderas, se esfumaron en materiales de ínfima calidad, sobreprecios y sobornos. La necesidad de reconstruir o reubicar a las familias afectadas representará una carga adicional para una economía ya devastada, con una infraestructura colapsada y una capacidad de respuesta estatal casi nula. Es un ciclo vicioso donde la corrupción inicial genera nuevas crisis y demandas de recursos que el país simplemente no posee, perpetuando la miseria y el subdesarrollo.

Políticamente, el colapso de las viviendas de la GMVV es un golpe directo a la legitimidad y la narrativa del gobierno. La "revolución" se ha jactado de su compromiso con los pobres, y la GMVV era su principal estandarte. Este desastre desvela la hipocresía y la brutalidad de un sistema que utiliza a los más vulnerables como peones en su juego de poder. La exigencia de rendición de cuentas será ineludible, aunque en un contexto de ausencia de instituciones democráticas independientes, la justicia se antoja un camino cuesta arriba. Sin embargo, el dolor y la indignación popular tienen el potencial de catalizar un mayor descontento y una exigencia de cambio más profunda.

Conclusión: La justicia les alcanzará

La verdadera protección no se mide en la cantidad de llaves entregadas frente a las cámaras, ni en los discursos grandilocuentes, sino en la capacidad de esas estructuras para mantenerse en pie cuando la tierra tiembla. La dolorosa realidad actual demuestra que a miles de familias venezolanas no se les dio un futuro, sino que se les expuso a un peligro mortal envuelto en retórica gubernamental. La historia y el polvo de los derrumbes dejan claro que la propaganda no sostiene techos, y que la negligencia estatal en Venezuela siempre cobra su precio más alto a los sectores más desfavorecidos.

En "Libertad VZLA", nuestra misión es precisamente esta: ser la voz de quienes han sido silenciados, la lupa que desenmascara la verdad detrás de las fachadas. No podemos ni debemos permitir que esta tragedia se convierta en una estadística más. Quienes planificaron, construyeron y permitieron este fraude habitacional tendrán que responder ante la justicia. Esta desgracia que hoy vivimos y lloramos los venezolanos no quedará impune. El dolor de rescatar a nuestros muertos de entre los escombros se transformará en la fuerza penal que los juzgará. No habrá rincón donde esconderse ni retórica que los salve; la justicia, lenta pero implacable, les alcanzará y será muy pronto. La memoria de las víctimas y la dignidad de un pueblo herido exigirán que los inhumanos responsables sean condenados por la historia y por los tribunales. Es nuestro deber como sociedad y como medio de comunicación, velar porque así sea.