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Entre el miedo y la esperanza: 26 años después

Entre el miedo y la esperanza: 26 años después

El 18 de febrero del año 2000, con motivo del nacimiento de mi primer nieto, escribí en El Universal que tenía miedo por la pérdida de valores, por el deterioro de la educación y por el aumento de la pobreza. Que tenía esperanza, pero que era imprescindible darle confianza al sector privado y que era

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor7 jul. 2026

Desde hace más de dos décadas, la sociedad venezolana ha navegado entre la angustia de ver sus mayores temores materializarse y la inquebrantable esperanza de un futuro democrático. Esta dicotomía se agudiza en el presente, donde la compleja interacción entre actores internos y la influencia de potencias extranjeras, como Estados Unidos, dibuja un escenario de incertidumbre y desafíos sin precedentes para la recuperación de la soberanía y el Estado de derecho.

Un Legado de Temores Convertidos en Realidad y la Persistencia de la Esperanza

A principios de milenio, una lúcida observación ya advertía sobre el deterioro progresivo de la nación. El 18 de febrero del año 2000, un análisis publicado en El Universal expresaba una profunda preocupación por la erosión de los valores éticos y cívicos, el colapso del sistema educativo y el alarmante incremento de la pobreza. Se hacía hincapié en la urgencia de restaurar la confianza en el sector privado como motor de desarrollo y se planteaba la dificultad inherente de transformar un "equipo experto en demoliciones" en uno capaz de construir. Veintiséis años después, estas premoniciones, lamentablemente, se han consolidado como una cruda realidad que define el día a día de millones de venezolanos.

Sin embargo, en medio de esta desoladora constatación, la esperanza ha sido un baluarte irrenunciable. La fe en una salida democrática se mantiene viva, depositada por un sector significativo de la población en figuras como María Corina, quien ha emergido como un referente de la oposición. La persistencia de esta esperanza, no obstante, se ve constantemente desafiada por un panorama político intrincado, donde la soberanía nacional aparece comprometida y las intenciones de actores externos son motivo de profunda desconfianza.

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La Soberanía en Entredicho y el Pragmatismo Geopolítico

Uno de los puntos más críticos de la actual coyuntura venezolana, según diversas voces analíticas, radica en la percepción de una cesión de soberanía. La figura de Delcy Rodríguez, otrora estandarte de un discurso "antiimperialista" y "revolucionario", es señalada por observadores críticos de haber transitado hacia una posición de "lacaya del imperio", entregando parcelas del poder político a potencias extranjeras. Esta transformación, vista por muchos como una maniobra pragmática para la retención del poder, genera un profundo rechazo entre quienes defienden la autodeterminación nacional.

Paradójicamente, esta crítica coexiste con una postura matizada sobre la intervención externa. Mientras se condena la injerencia política y económica actual de Estados Unidos en la vida del país, algunos sectores justificaron tácitamente acciones pasadas, como la supuesta violación del espacio aéreo para una eventual extracción del presidente Nicolás Maduro. Esta justificación se fundamentaba en la presunción de que Maduro estaba involucrado en actividades de narcotráfico y mantenía alianzas con naciones consideradas "enemigas de la democracia". Esta dualidad de criterios subraya la complejidad de la política exterior venezolana y la desesperación de ciertos segmentos por una salida al statu quo.

El dilema se profundiza al considerar las motivaciones detrás de la política estadounidense. Analistas y observadores señalan que las acciones del expresidente Donald Trump, en particular, parecen estar más orientadas por un "amor a los negocios" que por un compromiso genuino con los principios democráticos. Esta visión sugiere una aproximación maquiavélica, donde los fines que persigue la Casa Blanca podrían no alinearse con las aspiraciones de los demócratas venezolanos, quienes buscan una restauración plena del Estado de derecho y las libertades. La sospecha de que la administración estadounidense podría priorizar "pingües negocios" con figuras como Delcy Rodríguez, en detrimento de un apoyo irrestricto a la democracia, es una preocupación latente que añade una capa de cinismo al ya complejo tablero geopolítico.

La Encrucijada de Washington y las Prioridades para Venezuela

La Casa Blanca, según fuentes cercanas y análisis de expertos, no presenta un frente monolítico respecto a Venezuela. Se discute la existencia de al menos dos facciones con enfoques divergentes. Un grupo, al parecer, aboga por el retorno a la democracia a través del apoyo a líderes como María Corina, alineándose con las aspiraciones de la oposición venezolana. Sin embargo, otro sector, supuestamente influenciado por intereses económicos y un pragmatismo transaccional, podría estar más inclinado a mantener relaciones que permitan "negocios lucrativos" con el régimen actual, personificado por Delcy Rodríguez. Esta división interna en Washington genera una incertidumbre significativa sobre la dirección futura de la política estadounidense hacia Caracas y, por ende, sobre las perspectivas de cambio en Venezuela.

Frente a este panorama, se elevan voces que, desde la sociedad civil y la opinión pública venezolana, ofrecen reflexiones críticas y sugerencias a la líder opositora María Corina. Reconociendo su liderazgo, se plantea la necesidad de establecer prioridades claras: ¿es más urgente la celebración de elecciones presidenciales en el menor tiempo posible o la conformación de un gobierno provisional de emergencia? Asimismo, se sugiere la conveniencia de un "deslinde" estratégico de Donald Trump. No se trata de una ruptura total, sino de una "fisura" que permita a la causa democrática venezolana preservar su autonomía y evitar ser percibida como un mero apéndice de intereses extranjeros que podrían no coincidir con los de la nación. Esta cautela busca proteger la legitimidad del movimiento democrático frente a acusaciones de subordinación externa.

El Grito por la Dignidad y el Estado de Derecho

La frustración con la política exterior de Washington hacia Venezuela es palpable. Numerosos compatriotas expresan un profundo descontento con el proceder del expresidente Trump y urgen a la emisión de una orden ejecutiva que proteja a los migrantes venezolanos en Estados Unidos, evitando su retorno forzado a un país sumido en una grave emergencia humanitaria y una crisis de derechos humanos. Este clamor no es solo una petición de asistencia, sino un grito por la dignidad y el reconocimiento de la dramática situación que obliga a millones a abandonar su hogar. La frase "ya no va más", utilizada en el contexto de la ruleta, resuena como una advertencia de que la paciencia y las opciones se agotan.

El temor más apremiante para muchos es que el expresidente Trump, o cualquier administración estadounidense, persista en una estrategia que no reconozca el rechazo generalizado hacia figuras como Delcy Rodríguez y, por ende, mantenga el statu quo por un período prolongado. Esta posibilidad prolongaría el sufrimiento y la inestabilidad en Venezuela, consolidando un modelo que ha demostrado ser insostenible. La esperanza, sin embargo, se aferra a la posibilidad de que Washington, por pragmatismo o por convicción, finalmente perciba que el establecimiento del Estado de derecho en Venezuela es el camino más conveniente, no solo para la nación caribeña, sino también para los intereses de Estados Unidos y la estabilidad regional.

La trayectoria de Venezuela en las últimas dos décadas es un testimonio de la resiliencia de su gente y de la complejidad de su crisis. La tensión entre la esperanza y el miedo, la soberanía y la injerencia, la democracia y el pragmatismo económico, define un presente incierto. La restitución de un Estado de derecho genuino, la recuperación de la autonomía nacional y la atención a la emergencia humanitaria son imperativos que demandan una acción concertada y una visión clara, tanto de los líderes internos como de los actores internacionales, para que la esperanza no sea solo un consuelo, sino un motor de cambio real y duradero.