En el libro Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos (1968), se sostienen tesis históricas elaboradas bajo la influencia preponderante del marxismo histórico
Caracas, Venezuela – La historia de América Latina, y en particular la de Venezuela, se encuentra a menudo atrapada en una dialéctica de narrativas fundacionales que, lejos de esclarecer su camino, lo sumen en una densa bruma ideológica. En el corazón de este debate yace la perenne confrontación entre dos visiones antagónicas de la geopolítica regional: el "monroísmo" y el "bolivarianismo". El análisis de Ángel Lombardi, que revisa críticamente estas dos doctrinas, desvela no solo su origen y evolución, sino también su profundo impacto en la conformación de nuestras repúblicas, o la ausencia de ellas, hasta el día de hoy. Para "Libertad VZLA", desentrañar esta madeja es crucial para comprender el presente venezolano y vislumbrar un futuro anclado en la realidad, no en la fantasía.
El planteamiento de Lombardi, en sintonía con las tesis que, aunque cuestionadas, persisten desde obras como Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, nos obliga a confrontar el legado de una perspectiva histórica forjada bajo la influencia del marxismo. Esta visión, predominante en el siglo XX, sentó las bases para una interpretación que demoniza el "monroísmo" de 1823 como una doctrina imperialista al servicio de los intereses de Estados Unidos. Es una lectura que, si bien tiene asidero en la expansión de la influencia estadounidense, simplifica una compleja interacción de poderes y, a menudo, sirve como contrapunto para enaltecer una alternativa regionalista que, según Lombardi, nunca logró consolidarse.
Por otro lado, el "bolivarianismo" es despojado de su aura mítica para ser analizado desde la frialdad de los hechos históricos. Lombardi nos recuerda que este proyecto se sustenta en dos grandes iniciativas de Simón Bolívar que, en su momento, fracasaron: la creación de la Gran Colombia (1819-1831) y el publicitado Congreso de Panamá de 1826. La Gran Colombia, un ambicioso intento de unificar vastos territorios, sucumbió ante las enormes distancias, las rivalidades internas, las economías dispares y la falta de una identidad nacional cohesionada más allá del liderazgo carismático de Bolívar. Las tensiones entre centralistas y federalistas, las ambiciones personales de caudillos regionales y la debilidad institucional de los nacientes estados fueron factores determinantes en su disolución.
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El Congreso de Panamá, convocado con la grandiosa visión de una confederación de naciones hispanoamericanas, resultó ser un evento deslucido y con consecuencias nulas. La ausencia del propio Bolívar, la escasa asistencia de delegados, la falta de representatividad de importantes naciones como las Provincias Unidas del Río de la Plata y Chile, y la incapacidad de sus resoluciones para ser ratificadas por los gobiernos participantes, lo condenaron al olvido práctico. Estos fracasos, lejos de ser meras anécdotas históricas, son el fundamento de la crítica de Lombardi: los intentos de unidad, federación y confederación bolivarianos no encontraron anclaje en la realidad geopolítica de su tiempo. La vastedad del territorio, la precariedad de las comunicaciones, las agendas particulares de las élites locales y la inmadurez de las estructuras estatales hicieron inviable una unión de tal magnitud.
La Mutación del Bolivarianismo: De la Utopía a la Justificación Autoritaria
La crítica más incisiva de Lombardi reside en la transformación del bolivarianismo a lo largo del tiempo. Lo que nació como un ideal de unidad y emancipación, mutó en una "retórica demagógica y ahistórica", desvinculada de la geopolítica real. Este bolivarianismo reconfigurado se convirtió en una "ideología de resistencia antiimperialista" y, lo que es más grave para la salud democrática de la región, en la "justificación revolucionaria para el asalto al poder por parte de dictaduras y tiranías".
La evidencia de esta instrumentalización es contundente y dolorosamente familiar para los venezolanos. En Cuba, bajo la fórmula Bolívar-Martí, se legitimó un régimen de partido único que ha perdurado por décadas. En Nicaragua, el binomio Bolívar-Sandino ha servido para enmascarar la deriva autoritaria de Daniel Ortega. Y en Venezuela, el "bolivarianismo" de Hugo Chávez se erigió como la piedra angular de un proyecto político que desmanteló la república liberal-democrática para instaurar un modelo de "socialismo del siglo XXI", prometiendo una supuesta soberanía y justicia social mientras concentraba el poder y cercenaba las libertades. Este discurso también ha sido adoptado por grupos irregulares, como las FARC en Colombia, para dotar de un ropaje ideológico a sus acciones violentas.
El "Bolívar-Chávez" no es solo una consigna, es una ideología que ha impregnado cada aspecto de la vida venezolana. Desde la reescritura de la Constitución hasta la denominación de instituciones, programas sociales y hasta la moneda, la figura del Libertador fue cooptada y distorsionada para servir a un proyecto político específico. La retórica antiimperialista, aunque vacía en su aplicación práctica, se utilizó para justificar la confrontación con Estados Unidos y otros países democráticos, desviando la atención de la corrupción interna, la mala gestión económica y la creciente represión. Se invocó la "Patria Grande" bolivariana para tejer alianzas con regímenes afines en la región, a menudo con un costo económico y diplomático considerable para Venezuela, sin que ello se tradujera en una verdadera integración económica o social.
Las Interrogantes Fundamentales: ¿República sin Republicanos?
Frente a esta instrumentalización histórica, Lombardi plantea las preguntas verdaderamente cruciales: ¿se ha consolidado en cada país una verdadera república constitucional e institucional? ¿Una nación con reglas y leyes que se respeten de verdad? La respuesta, especialmente en el caso de Venezuela, es un rotundo no. La erosión sistemática de las instituciones, la falta de independencia de los poderes públicos, la violación constante de la Constitución y la instrumentalización de la justicia son las marcas de un régimen que ha vaciado de contenido el concepto de república.
Esta carencia nos lleva a la segunda interrogante: ¿puede existir y funcionar una república sin republicanos? Entendida esta carencia como la ausencia de una praxis ciudadana cotidiana en la sociedad, el Estado y el gobierno. En Venezuela, la polarización política extrema, la desconfianza en las instituciones, la emigración masiva de ciudadanos comprometidos y la normalización de la ilegalidad han minado la base cívica necesaria para una república funcional. La cultura de la ley ha sido reemplazada por la cultura del "todo vale" o del "quien tiene el poder, tiene la razón".
Asimismo, Lombardi cuestiona si es posible la existencia de una república y un Estado-nación sin un control territorial efectivo y sin garantías de legalidad y soberanía para las personas y su entorno. Esta pregunta resuena con particular fuerza en Venezuela, donde la presencia de grupos armados irregulares, la proliferación de la minería ilegal, el narcotráfico y la injerencia de actores externos en zonas fronterizas han fragmentado el control del Estado sobre su propio territorio. La soberanía, tanto la territorial como la que reside en la voluntad del pueblo, ha sido comprometida.
Implicaciones: El Alto Costo de la Fantasía Ideológica
Las implicaciones de esta dicotomía entre la realpolitik del monroísmo y el discurso del bolivarianismo son vastas y profundas para Venezuela.
Implicaciones Políticas: La instrumentalización del bolivarianismo ha justificado la concentración de poder, la persecución política y la supresión de la disidencia. La invocación constante de un enemigo externo (el "imperio") ha servido para desviar la atención de los problemas internos y para cohesionar una base de apoyo a través del miedo y la polarización. El resultado es un sistema político autoritario que ha desmantelado los contrapesos democráticos y ha silenciado la libertad de expresión, lo cual "Libertad VZLA" denuncia incansablemente.
Implicaciones Sociales: La sociedad venezolana ha sido profundamente dividida por la narrativa bolivariana. Se ha fomentado una cultura de confrontación en lugar de diálogo, debilitando el tejido social y la cohesión nacional. La ausencia de una "praxis ciudadana republicana" ha llevado a la apatía, la desconfianza y, en muchos casos, a la resignación. La migración masiva de millones de venezolanos es una prueba palpable del fracaso de un modelo que prometió justicia social pero entregó miseria y desesperanza.
Implicaciones Económicas: La ideología bolivariana, con su énfasis en el control estatal, las nacionalizaciones y la retórica anti-capitalista, ha devastado la economía venezolana. La expropiación de empresas, la falta de inversión extranjera, el desincentivo a la producción nacional y una política económica errática han llevado al colapso de la industria petrolera, la hiperinflación y una crisis humanitaria sin precedentes. La fantasía de una economía "soberana" y "socialista" ha chocado brutalmente con la realidad de la interdependencia global y la necesidad de mercados y tecnologías.
Implicaciones Geopolíticas: Mientras el "monroísmo" representa la geopolítica real de un Estado constituido con intereses claros, el bolivarianismo, en términos geopolíticos, no ha pasado de ser un discurso. La aspiración a una unidad latinoamericana bajo una bandera ideológica ha fracasado repetidamente. Cada país de la región, como bien señala Lombardi, "camina por su cuenta, posee economías que compiten entre sí y defiende, como es lógico, sus propios intereses nacionales". La política exterior venezolana, anclada en una retórica antiimperialista, ha alienado a socios tradicionales y ha sumido al país en un aislamiento que dificulta la resolución de sus crisis internas. Las alianzas con potencias lejanas, a menudo motivadas por intereses ideológicos más que pragmáticos, no han logrado consolidar una alternativa viable al sistema global existente.
Conclusión: El Imperativo de la Realidad
Al final, la dicotomía Bolívar vs. Monroe, según Lombardi, se reduce a la diferencia fundamental entre la realpolitik de un Estado constituido y la ilusión de un discurso. Mientras el monroísmo, con todas sus implicaciones y críticas, representa la proyección de poder de una nación con una estrategia definida, el bolivarianismo, en su encarnación moderna, es una narrativa que ha servido para justificar la concentración de poder y la erosión de las libertades bajo el manto de una utopía inalcanzable.
Para Venezuela, la lección es clara y urgente. Es imperativo trascender la retórica demagógica y ahistórica para construir una república verdadera. Esto significa retornar a los principios de una constitución que se respete, instituciones que funcionen con autonomía, un control territorial efectivo que garantice la seguridad y la legalidad para todos los ciudadanos, y una praxis republicana que fomente la participación cívica y el respeto a la pluralidad. La libertad de expresión, la prensa independiente y la deliberación abierta son pilares irrenunciables para este camino.
El desafío es enorme: pasar de la manipulación de símbolos históricos a la construcción de un futuro basado en la razón, la ley y la verdad. Solo así, Venezuela podrá dejar de ser rehén de fantasías ideológicas y comenzar a forjar una identidad colectiva y un destino nacional que se anclen en la realidad de sus ciudadanos y sus legítimos intereses. Es la hora de la madurez política, de entender que la soberanía no se defiende con discursos vacíos, sino con la fortaleza de sus instituciones y la libertad de su gente.