Más vale democracia conocida que buena por conocer
Qué desconsiderados somos hablando mal de los presidentes. Sobre todo cuando muchos de los más actuales han sido extraordinariamente eficientes haciendo una cosa bien: acabar con la democracia. Y tampoco es que lo hacen a la fuerza, no, sino más bien con elecciones democráticas en donde obtienen casi el 50 % de los votos. Con
La paradoja es tan antigua como la democracia misma, pero su resonancia en América Latina y particularmente en Venezuela, adquiere una crudeza singular: ¿cómo es posible que los mismos mecanismos electorales, concebidos para legitimar el poder y garantizar la alternancia, se conviertan en la vía para desmantelar la democracia desde sus cimientos? La reflexión sobre "más vale democracia conocida que buena por conocer" no es una mera frase hecha, sino una advertencia urgente sobre los peligros inherentes a la erosión institucional que puede gestarse, irónicamente, con el respaldo de una parte sustancial del voto popular.
El recorte de noticia que nos ocupa pone el dedo en la llaga de una realidad perturbadora: presidentes que, electos con un porcentaje significativo de sufragios, demuestran una eficiencia "extraordinaria" en "acabar con la democracia". No lo hacen con golpes de Estado tradicionales, ni con la fuerza bruta de las dictaduras militares del siglo XX, sino a través de un proceso más sutil y, por ello, más insidioso. Este fenómeno, que académicos han denominado "autocratización por elección" o la consolidación de "democracias iliberales", es un desafío existencial para los valores republicanos y la libertad.
El Desmantelamiento Silencioso: Anatomía de la Erosión Democrática
En Venezuela, hemos sido testigos de primera mano de cómo una "democracia conocida", con sus imperfecciones y desafíos, fue gradualmente transformada. La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, con un amplio respaldo electoral, marcó el inicio de un proceso que, bajo la bandera de una "revolución" y la promesa de una "democracia participativa y protagónica" –una "democracia buena por conocer"–, terminó por socavar las bases de la República.
El modus operandi de este desmantelamiento no es único de Venezuela, pero aquí encontró un terreno fértil para su plena expresión. Comienza con la reescritura de la Constitución, no para fortalecer los pesos y contrapesos, sino para concentrar poder en el Ejecutivo y debilitar a los demás poderes. Se procede con la colonización de las instituciones: la cooptación del Tribunal Supremo de Justicia, que deja de ser un garante imparcial de la ley para convertirse en un apéndice del gobierno; la neutralización del poder legislativo, ya sea a través de mayorías aplastantes o la creación de órganos supra-constitucionales que lo vacían de contenido; y la instrumentalización del Consejo Nacional Electoral, cuya autonomía se ve comprometida, generando desconfianza en la transparencia de los procesos.
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Paralelamente, se observa una estrategia sistemática para silenciar las voces disidentes. Los medios de comunicación independientes son acorralados, ya sea mediante la negación de licencias, la venta forzada a grupos afines al gobierno, o la asfixia económica a través del control de la publicidad oficial y el acceso a insumos básicos. La sociedad civil organizada, los gremios, las universidades y las organizaciones no gubernamentales son estigmatizadas, perseguidas y criminalizadas, limitando su capacidad de fiscalización y contrapeso. La polarización se convierte en una herramienta de control, dividiendo a la sociedad entre "patriotas" y "traidores", haciendo imposible el diálogo y la construcción de consensos.
Este proceso, a menudo revestido de una retórica populista que promete justicia social y soberanía, apela directamente a las frustraciones y esperanzas de segmentos de la población. La obtención de casi el 50% de los votos, como menciona el recorte, otorga una legitimidad inicial que es hábilmente explotada para justificar cada paso hacia la consolidación autoritaria. El líder carismático se presenta como la encarnación de la voluntad popular, y cualquier crítica o resistencia es descalificada como un ataque a la nación o al pueblo mismo.
Implicaciones: El Alto Costo de la "Democracia por Conocer"
Las consecuencias de este camino son devastadoras y multifacéticas, impactando cada esfera de la vida en una nación.
Implicaciones Políticas: La concentración de poder conduce inevitablemente a la ausencia de un verdadero Estado de Derecho. Las leyes se aplican de manera selectiva, la justicia se politiza, y los derechos humanos se vulneran sistemáticamente. La persecución política, la inhabilitación de opositores, la existencia de presos políticos y la represión de la protesta social se convierten en herramientas comunes para mantener el control. La alternancia democrática se vuelve una quimera, y la participación ciudadana se reduce a un mero acto de ratificación del poder establecido, vaciando de contenido el ejercicio democrático.
Implicaciones Económicas: La estabilidad jurídica y la confianza en las instituciones son pilares fundamentales para el desarrollo económico. Cuando estos pilares se erosionan, la inversión privada, tanto nacional como extranjera, huye. La expropiación sin compensación justa, la corrupción endémica, el control de cambios y la injerencia estatal excesiva en la economía destruyen la productividad, generan desabastecimiento y disparan la inflación. En el caso venezolano, la bonanza petrolera fue despilfarrada y canalizada hacia fines clientelares y de consolidación de poder, en lugar de diversificar la economía. El resultado es una crisis humanitaria compleja, con millones de ciudadanos sumidos en la pobreza y una de las diásporas más grandes del mundo en tiempos de paz.
Implicaciones Sociales: La polarización política se filtra en el tejido social, fracturando familias, comunidades y amistades. La desconfianza en las instituciones se extiende a la desconfianza entre ciudadanos. La migración masiva desgarra el país, separando a padres de hijos y a profesionales de su tierra. La calidad de los servicios públicos –salud, educación, seguridad– colapsa debido a la corrupción, la falta de inversión y la fuga de talentos. La desesperanza y la frustración se apoderan de la población, mermando el capital social y la capacidad de resiliencia de la sociedad.
La frase "más vale democracia conocida que buena por conocer" adquiere su máximo sentido en este contexto. La "democracia conocida", con sus defectos y la constante necesidad de perfeccionamiento, al menos ofrece la posibilidad de la crítica, la protesta, la alternancia y la corrección de rumbo a través de cauces institucionales. La "buena por conocer" que prometen los líderes autoritarios, en cambio, a menudo oculta una agenda que, una vez implementada, cierra todas las vías pacíficas para el cambio, sumiendo a la sociedad en un prolongado período de estancamiento y sufrimiento.
Conclusión: La Vigilancia como Pilar de la Libertad
La experiencia venezolana es un doloroso recordatorio de que la democracia no es un estado final alcanzado, sino un proceso dinámico que requiere vigilancia constante y el compromiso activo de sus ciudadanos. La erosión democrática rara vez ocurre de la noche a la mañana; es un goteo constante de pequeñas concesiones, de violaciones "menores" a las normas, de "reformas" constitucionales que parecen inofensivas en un principio, pero que colectivamente desmantelan el andamiaje institucional.
Como periodistas de "Libertad VZLA", nuestro deber es precisamente ese: iluminar estas tendencias, analizar sus implicaciones y recordar la importancia de defender cada bastión de la institucionalidad democrática. La libertad de expresión, la independencia judicial, la autonomía electoral, el respeto a la propiedad privada y la protección de los derechos humanos no son meros conceptos abstractos; son los cimientos sobre los cuales se construye una sociedad justa, próspera y libre.
La lección es clara: debemos ser escépticos ante las promesas mesiánicas de una "nueva democracia" que exige el sacrificio de las libertades y garantías existentes. La verdadera fortaleza de una nación reside en la solidez de sus instituciones, en la pluralidad de sus voces y en la capacidad de sus ciudadanos para defender su derecho a elegir, a disentir y a vivir en un sistema donde el poder esté sujeto a la ley y al escrutinio público. La democracia conocida, con todas sus imperfecciones, es el único camino seguro hacia la libertad. Preservarla es una tarea ineludible.