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Luis Barragán: República y terremoto, universidad e independencia

Luis Barragán: República y terremoto, universidad e independencia

Consabido, fueron muy duros nuestros inicios republicanos al añadir una doble circunstancia: la inmediata y literal  desaparición de la promoción generacional que ideó y declaró

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor5 jul. 2026

Los Ecos del Terremoto: Venezuela en la Búsqueda de su Independencia Perdida

Venezuela, cuna de libertadores y escenario de epopeyas fundacionales, parece condenada a revivir sus tragedias más primigenias en un ciclo implacable de desdicha y desconcierto. Desde los albores de nuestra República, la nación ha enfrentado no solo el fragor de las batallas por la independencia, sino también los embates de la naturaleza y las convulsiones políticas que han moldeado su destino. Hoy, doscientos años después de aquellos inicios tumultuosos, el país se siente "doblemente terremoteado", sumido en una crisis que evoca los peores fantasmas de su pasado, mientras la libertad y la soberanía parecen escurrirse entre los escombros de un presente devastador.

Los inicios de la Primera República fueron, en efecto, un bautismo de fuego y desventura. A la inmensa tarea de forjar una nación libre de la opresión colonial, se sumó una doble circunstancia calamitosa: la desaparición casi literal de la generación que concibió y declaró la independencia, y el terrible sismo de 1812. Aquel terremoto, que asoló Caracas y otras ciudades, fue interpretado por muchos como un castigo divino a la osadía independentista, una lectura que la Corona española y sus partidarios no dudaron en propagandizar. Sin embargo, más allá de las interpretaciones religiosas, la verdad era que el naciente Estado perdía, a la vuelta de la esquina, la oportunidad de consolidar una deliberación democrática incipiente. La confusión que siguió no se debió tanto a asuntos de fe como a la creciente confiscación militar de la conducción del Estado, un patrón que, lamentablemente, se repetiría a lo largo de nuestra historia. La patria, que había nacido también en las aulas universitarias donde la inquietud se transformó en proyecto histórico, vio ese proyecto medianamente sepultado bajo las ruinas del terremoto, cuyas cicatrices físicas y económicas Caracas exhibió por largas décadas, testimonio de las estrecheces de un país que se declaraba libre pero luchaba por serlo.

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Formalmente independizados, pero jamás verdaderamente encapsulados en una estabilidad duradera, los venezolanos trillaron los caminos más duros, encadenando dictaduras, guerras civiles y períodos de inestabilidad. Dos siglos después, cuando la memoria colectiva creyó haber vivido "lo peor de lo peor históricamente", el país se hizo "resueltamente bolivariano según el canon", un giro que prometía redención pero que, para muchos, ha culminado en una nueva y más profunda devastación.

Los "Terremotos" del Presente: Una Nación en Ruinas

El 5 de julio, fecha emblemática de nuestra independencia, hoy se carga de un simbolismo amargo. Los "terremotos" actuales no son solo geológicos, sino sociales, políticos y económicos, y han sacudido los cimientos de la nación de una manera tan profunda como aquel sismo de 1812. Estos sismos comenzaron a gestarse en los años ochenta, con la movilización de tanques durante la interinidad presidencial de Simón Alberto Consalvi, un preludio a la implosión social de El Caracazo en 1989. Aquel estallido de descontento popular, brutalmente reprimido, expuso las profundas fracturas de un modelo democrático que se agotaba.

Los golpes de Estado fallidos de 1992, liderados por Hugo Chávez, marcaron un punto de inflexión, abriendo el camino a una era que prometía una "revolución" y que, en un concierto en la Concha Acústica de Bello Monte, encontró su nombre en el "socialismo del siglo XXI". Esta ideología, inicialmente seductora para amplios sectores de la población, se propagó con la promesa de justicia social y soberanía, pero con el tiempo, derivó en un sistema que ha desmantelado las instituciones democráticas, centralizado el poder, y sumido al país en una crisis humanitaria sin precedentes.

La visión de una Venezuela próspera y soberana se ha desdibujado. La economía, que otrora fue una de las más boyantes de la región gracias a su riqueza petrolera, ha colapsado bajo el peso de la corrupción, la mala gestión y las políticas erradas. La hiperinflación ha pulverizado el poder adquisitivo, la escasez de alimentos y medicinas se ha vuelto crónica, y millones de venezolanos han sido forzados a emigrar en busca de una vida digna, protagonizando el éxodo más grande de la historia reciente de América Latina.

La Universidad y la Soberanía en Entredicho

Entre los escombros de esta Venezuela terremoteada, la búsqueda de la libertad e independencia perdida se ha vuelto una tarea urgente. Una de las tragedias más palpables es la devastación del sistema educativo, particularmente de las universidades, que el texto original tan acertadamente identifica como la cuna de la patria. Si en los albores de la República las aulas fueron el semillero de las ideas independentistas y el espacio para la deliberación democrática, hoy, las actuales generaciones carecen de esas mismas oportunidades formativas.

El caso de la Universidad de Oriente (UDO), que padeció un "impune saqueo vandálico" por largo tiempo, es un doloroso símbolo de la destrucción sistemática que ha sufrido la educación superior en Venezuela. La autonomía universitaria, un pilar fundamental para la crítica y el pensamiento libre, ha sido socavada. La inversión en infraestructura y recursos es prácticamente inexistente, los salarios de profesores y personal son irrisorios, y la persecución política ha silenciado a muchos académicos. Esta devastación no es solo material; es un ataque directo a la capacidad del país de generar conocimiento, pensamiento crítico y, en última instancia, de formar a los líderes que podrían reconstruir la nación. Sin universidades fuertes y libres, la posibilidad de una verdadera independencia intelectual y moral se desvanece.

Pero la crisis va más allá de las aulas. El fragmento de noticia plantea una pregunta crucial y perturbadora: "no hay soldados estadounidenses ni siquiera pidiéndoles la cédula de identidad a los muchachos en la calle, como acontecía con las guerrillas colombianas y vaya usted a saber cuáles más, aparentemente hoy neutralizadas, con un asombroso dominio y provecho territorial de Venezuela, no de la Nueva Granada ni de Teherán, por dar un modesto ejemplo. Entonces, ¿a quiénes les piden la cédula de identidad?". Esta reflexión apunta al corazón de la soberanía nacional. La presencia y el "asombroso dominio y provecho territorial" de grupos armados irregulares extranjeros, como las guerrillas colombianas, en territorio venezolano es una herida abierta en la independencia del país. Que estos grupos actúen con impunidad, controlen vastas zonas, exploten recursos naturales y, presumiblemente, impongan su ley a los ciudadanos, mientras el Estado venezolano parece incapaz o renuente a ejercer su autoridad, es una negación flagrante de la soberanía.

Esta situación tiene profundas implicaciones políticas, sociales y económicas. Políticamente, erosiona la legitimidad del Estado y su capacidad para proteger a sus ciudadanos y su territorio. Socialmente, somete a las poblaciones locales a la voluntad de actores no estatales, generando miedo, desplazamiento y violaciones de derechos humanos. Económicamente, facilita la extracción ilegal de recursos, el narcotráfico y otras actividades ilícitas que benefician a estos grupos y a sus cómplices, en detrimento del bienestar de la nación. La pregunta de a quiénes les piden la cédula de identidad, entonces, no es trivial; es una interpelación directa sobre quién detenta el poder real en ciertas zonas de Venezuela, y si el país es verdaderamente dueño de su destino.

Un Llamado a la Transición Independiente e Independentista

Frente a este panorama desolador, la necesidad de una "transición independiente e independentista" se presenta como un imperativo urgente. Los términos, que para algunos pueden causar temor por su implicación de ruptura radical, son en realidad un eco de la aspiración fundacional de la República: ser una nación libre, soberana y dueña de su porvenir. Una transición verdaderamente independiente implica liberarse no solo de la opresión interna, sino también de cualquier influencia externa que comprometa la autodeterminación del pueblo venezolano. No se trata solo de cambiar un gobierno, sino de restaurar la institucionalidad, la autonomía de las universidades, la libertad de expresión, y el pleno ejercicio de la soberanía sobre todo el territorio nacional.

Esta tarea no puede despacharse con la comodidad de las consignas vacías. Requiere una profunda reflexión, un compromiso inquebrantable y, sobre todo, la asunción de una "irrenunciable responsabilidad" por parte de todos los ciudadanos. Proteger la nación, reconstruir sus instituciones, y garantizar un futuro de libertad y prosperidad para las nuevas generaciones es un deber que trasciende las diferencias políticas.

Venezuela se encuentra en un punto crítico de su historia, enfrentando no solo los ecos de viejos terremotos, sino la devastación de los nuevos. La promesa de independencia y libertad que nació hace más de doscientos años en las aulas y en los campos de batalla sigue siendo una aspiración no del todo cumplida. Reafirmar esa promesa, reconstruir el país desde sus cimientos y asegurar que las futuras generaciones no tengan que buscar su libertad entre escombros, es el desafío monumental que la Venezuela de hoy debe abrazar con valentía y determinación. La historia nos enseña que la verdadera independencia no es un regalo, sino una lucha constante, un compromiso diario con los principios democráticos y la defensa inquebrantable de la dignidad humana.