La cleptocracia no sabe de muertos
Le escucho decir a Cayetana Álvarez de Toledo, historiadora de formación, de inteligencia zahorí y no solo parlamentaria española de fuste, que la cuestión compleja por la que atraviesa hoy Occidente ―mirándosela desde el laboratorio venezolano― es algo que trasvasa a la cuestión ideológica de derechas o de izquierdas. Supera a las formas de configuración
Venezuela se erige hoy como un laboratorio sombrío donde la cleptocracia, más que un mero fenómeno de corrupción, ha metastatizado en una patología sistémica que carcome los cimientos del Estado y la sociedad. Esta enfermedad profunda trasciende las clásicas dicotomías ideológicas y las formas de gobierno, revelando una pugna existencial por la dignidad humana frente a una élite parasitaria que ha convertido el poder en un vehículo de saqueo desenfrenado.
La Cleptocracia: Una Patología que Devora al Estado
La complejidad de la crisis venezolana no puede encapsularse en la eterna disputa entre derechas e izquierdas, ni siquiera en la confrontación entre dictadura y democracia. Como ha señalado la historiadora y parlamentaria Cayetana Álvarez de Toledo, la cuestión central es de una naturaleza más ominosa: la confiscación corrupta y utilitaria del poder, en abierta contravención de los principios más elementales de la decencia y la moral humana. Se trata de un dilema antropológico donde la cleptocracia cosifica toda expresión de dignidad, mientras sus víctimas, paradójicamente, revalorizan sus derechos fundamentales al perderlos.
Esta noción moderna de cleptocracia, desglosada por autores como Samuel James en "El robo de las naciones" (2024), va mucho más allá de la corrupción individual o los actos oportunistas dentro de un gobierno. Es una "enfermedad sistémica" donde la propia arquitectura del Estado se reconfigura para facilitar el enriquecimiento de la élite gobernante a expensas de la nación entera. James evoca episodios históricos de corrupción desenfrenada, desde la Roma de Calígula y Nerón hasta ciertas monarquías medievales y el saqueo colonial, para ilustrar la recurrencia de este patrón.
En el contexto venezolano, la memoria colectiva ya estaba marcada por la criminalidad expoliadora de la familia Welzer en el siglo XVI, un precedente de saqueo que, de manera inquietante, resuena con el periodo que el país padece desde 1999. Los siglos XX y XXI, según James, han sido testigos de una sofisticación aterradora en las prácticas cleptocráticas, con métodos cada vez más complejos para el ocultamiento, lavado y multiplicación de ganancias mal habidas, una vez que el Estado es capturado y sus instituciones desmanteladas para este fin. La corrupción, en este esquema, no es un desvío individual de la avaricia, sino una distorsión sistémica de todo el aparato económico y político, diseñado para asegurar un flujo continuo de recursos hacia los bolsillos de los cleptócratas en el poder.
A diferencia del fascismo, que, según el jurista Piero Calamandrei, al menos simulaba la legalidad y manipulaba el lenguaje para dar significados acomodaticios a las leyes, la cleptocracia es más cruda y descarada. No finge, no busca disfrazar su accionar bajo un manto de legalidad adulterada. Es descarnada, soez, y se mira a sí misma desde una óptica puramente utilitaria, despreciando cualquier noción de fraternidad o solidaridad, incluso en los momentos de mayor dolor y tragedia compartidos. La empatía y el acompañamiento leal son abiertamente burlados, evidenciando una desconexión total con el tejido social y humano.
El Estado como Botín: La Infraestructura de la Ofuscación
Cuando la república es desmaterializada y la nación pulverizada, emerge con virulencia el "Estado cleptocrático", un vehículo para el beneficio privado de los gobernantes, en detrimento de cualquier servicio público o bien común. En este escenario, la ley deja de ser un garante de justicia para convertirse en una "herramienta de saqueo" y un "escudo para la élite corrupta". Esta transformación es facilitada por una intrincada "infraestructura de la ofuscación", una red global de empresas fantasmas, estructuras opacas y paraísos fiscales.
Detrás de estas capas de secreto, que ocultan a los beneficiarios finales del saqueo, operan escritorios de abogados transnacionales de renombre, contadores especializados y agentes de registro de empresas, todos dedicados a la creación de estructuras que permiten integrar los beneficios de la cleptocracia al mundo de la economía lícita. Este entramado global blanquea el capital ilícito, legitimando el robo a gran escala y consolidando el poder de la élite cleptocrática.
La historia venezolana, desde el colonialismo hasta la era contemporánea, ha sido un terreno fértil para estas dinámicas. La explotación de recursos, la debilidad institucional y la falta de rendición de cuentas han permitido que, una y otra vez, el poder sea instrumentalizado para el enriquecimiento de unos pocos. La analogía entre el periodo de los Welzer y la Venezuela actual, que se extiende desde la tragedia de Vargas en 1999, subraya una continuidad histórica de expolio que ha dejado al país en una situación de vulnerabilidad extrema, donde cada crisis se convierte en una nueva oportunidad para el despojo.
Tragedia y Desprecio Humano: El Rostro Cruel de la Cleptocracia en Venezuela
La radiografía de esta desviación sistémica en Venezuela se hace dolorosamente evidente en los momentos de mayor fragilidad nacional. Los eventos catastróficos, sean naturales o inducidos por la negligencia, exponen la metástasis de esta enfermedad. La "hora nona", ese momento crítico de desastre, a menudo ha revelado una ausencia criminal de las instituciones y, en particular, de ciertos actores estatales, que deberían ser los primeros en responder. Sin embargo, en medio de este panorama desolador, emerge un "espíritu civil y ciudadano" admirablemente resiliente y valeroso, que intenta reparar el daño y construir un futuro diferente.
Pero el rostro más acabado de la cleptocracia, ajena a todo encuadramiento social, político y humano, se manifiesta en la cruda realidad de la tragedia. La imagen de un funcionario judicial aprovechándose de una catástrofe para robar el dinero de los cadáveres en La Guaira (Estado Vargas), o la de un ministro que ante las cámaras de televisión ordena confiscar las donaciones y ayudas recolectadas por las propias víctimas, son ejemplos desgarradores de esta maldad. Peor aún, la acción de cerrar el paso a rescatistas urgidos de salvar vidas durante una emergencia revela una inhumanidad que desafía cualquier comprensión moral. Estos actos no son solo corrupción; son la expresión más descarnada de una cleptocracia que, desprovista de empatía y solidaridad, se ceba en el sufrimiento ajeno.
Estos episodios no son meras anécdotas, sino síntomas inequívocos de una ideología del despojo que ha penetrado las estructuras del poder, vaciándolas de su función de servicio y convirtiéndolas en instrumentos de depredación. La cleptocracia en Venezuela no solo roba los recursos materiales de la nación, sino que también despoja a sus ciudadanos de su dignidad, de su capacidad de respuesta colectiva y, en última instancia, de su esperanza en la construcción de una sociedad justa. La lucha contra esta patología no es solo política o económica; es una batalla por la recuperación de la moral, la ética y la esencia misma de lo humano en la vida pública.
La cleptocracia venezolana es una tragedia que se renueva y se profundiza, evidenciando que el verdadero desafío del país no reside únicamente en la alternancia de poder o en reformas superficiales, sino en la erradicación de un sistema que ha normalizado el saqueo y el desprecio por la vida humana. Reconstruir la nación implica, ante todo, sanar esta profunda herida moral y restaurar la confianza en un Estado al servicio de su pueblo, no de sus depredadores.