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Héctor Urgelles: Delcy, la última réplica

Héctor Urgelles: Delcy, la última réplica

Hay tragedias que nacen de la naturaleza y otras que son producto de las decisiones humanas. Venezuela, lamentablemente, ha sufrido ambas. Pocas veces la naturaleza

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor3 jul. 2026

La historia reciente de Venezuela, trágicamente, puede leerse como la crónica de un país azotado por fenómenos devastadores, algunos naturales, otros, con mayor frecuencia y crudeza, producto de decisiones humanas. Sin embargo, la metáfora que mejor encapsula la magnitud de su sufrimiento es la de un territorio sacudido por una serie incesante de terremotos y sus réplicas, donde cada sismo no solo destruye lo ya edificado, sino que dificulta exponencialmente cualquier intento de reconstrucción. En este escenario de escombros y desolación, la figura de Delcy Rodríguez emerge, según la aguda observación de Héctor Urgelles Fox, como la "última réplica": no un nuevo movimiento sísmico, sino la prolongación del mismo temblor que mantiene al país en vilo, impidiendo que la verdadera reconstrucción pueda siquiera comenzar.

Venezuela no ha padecido un único gran terremoto político, sino dos sacudidas principales, consecutivas y de magnitudes catastróficas. El primero fue Hugo Chávez, cuya llegada al poder en 1999 no solo reconfiguró el panorama político, sino que dinamitó los cimientos institucionales, económicos y sociales de la República. Su proyecto, denominado "Revolución Bolivariana", prometió una refundación del país que, en la práctica, implicó la concentración progresiva del poder, la desarticulación de la separación de poderes, la militarización creciente de la vida pública y una agresiva polarización social. La economía, otrora sostenida por la renta petrolera, comenzó a experimentar transformaciones profundas con nacionalizaciones masivas, expropiaciones y un control estatal sin precedentes que erosionó la propiedad privada y la inversión productiva. La riqueza petrolera, en lugar de diversificar la economía y fortalecer las instituciones, se utilizó para financiar programas sociales clientelares y consolidar un modelo populista que, a la larga, resultaría insostenible.

Cuando el país aún intentaba asimilar el impacto de esta primera gran sacudida, llegó el segundo terremoto: Nicolás Maduro. Tras la muerte de Chávez en 2013, Maduro heredó un país ya fragilizado, pero su gestión no solo profundizó la crisis, sino que la llevó a niveles sin precedentes. Bajo su mandato, Venezuela ha experimentado el colapso casi total de los servicios públicos —electricidad, agua, gas, salud, transporte—, una hiperinflación galopante que pulverizó el poder adquisitivo de los salarios, el desplome de la producción petrolera hasta mínimos históricos, una escasez crónica de alimentos y medicinas, y una crisis humanitaria compleja reconocida internacionalmente. Millones de venezolanos, sumidos en la desesperación, han protagonizado uno de los éxodos más grandes de la historia reciente, buscando en otras tierras la dignidad y las oportunidades que su propio país les ha negado. La represión contra la disidencia se ha intensificado, con detenciones arbitrarias, torturas y violaciones sistemáticas de los derechos humanos documentadas por organismos internacionales, mientras las instituciones democráticas terminaron de ser vaciadas de contenido, subordinadas al Ejecutivo y convertidas en meros apéndices del poder.

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La tragedia venezolana no es, pues, el resultado de un solo evento sísmico, sino de la combinación devastadora de dos grandes sacudidas consecutivas, cuya sinergia resultó mucho más destructiva que cualquiera de ellas por separado. Y, como ocurre después de todo gran sismo, llegaron las réplicas.

Las réplicas, aunque de menor magnitud que el terremoto principal, tienen la capacidad de prolongar el daño, impedir cualquier intento de reconstrucción, mantener un estado de alarma permanente y perpetuar el miedo. Son los pequeños temblores que recuerdan la fragilidad de lo que queda en pie y la imposibilidad de avanzar. En este contexto, la figura de Delcy Rodríguez, actual Vicepresidenta Ejecutiva de la República, se erige como la encarnación de esta "última réplica" de un modelo político que se niega a desaparecer.

Rodríguez no simboliza un cambio, una rectificación o una apertura. Por el contrario, representa la continuidad férrea del mismo sistema que llevó al país al colapso. Su trayectoria política es un reflejo de la consolidación de un poder monolítico: desde Ministra de Comunicación e Información, pasando por Canciller de la República, hasta Presidenta de la controvertida Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y, finalmente, Vicepresidenta Ejecutiva. En cada uno de estos roles, Delcy Rodríguez ha sido una pieza clave en la implementación de las políticas del gobierno, la defensa acérrima de sus acciones ante la comunidad internacional y la confrontación con la disidencia interna. Su presencia en el vértice del poder es una señal inequívoca de que la estructura de mando se mantiene inalterable, que las decisiones fundamentales seguirán la misma lógica que ha prevalecido durante los últimos años, y que no hay espacio para una autocrítica o un viraje estratégico que permita al país salir de su actual atolladero. Es la garantía de que el statu quo se mantendrá, prolongando la agonía de la nación.

La relevancia de esta "última réplica" se acentúa aún más en fechas clave, como el día en que se vence el plazo establecido en la Constitución venezolana para declarar la vacante absoluta del presidente de la República, un evento que, en condiciones normales, implicaría la obligación de convocar a nuevas elecciones. Sin embargo, incluso frente a un mandato constitucional tan claro, el país permanece atrapado en la inercia de un sistema que, bajo la batuta de figuras como Rodríguez, posterga cualquier solución democrática y prolonga indefinidamente la crisis. La Constitución, que debería ser el faro que guía la institucionalidad, ha sido sistemáticamente ignorada, manipulada o reescrita por la vía de los hechos, con el fin de perpetuar un modelo de gobernanza que se ha demostrado ineficaz y destructivo.

El análisis de las implicaciones de esta continuidad es multifacético. En el ámbito político, la presencia de Delcy Rodríguez y el grupo que representa significa la persistencia de un modelo autoritario que rechaza la alternancia, la pluralidad y el respeto a las normas democráticas. La ausencia de un verdadero sistema de pesos y contrapesos, la cooptación de los poderes públicos y la criminalización de la disidencia son los pilares de este esquema. La "réplica" impide cualquier intento de reconstrucción democrática, manteniendo la incertidumbre sobre procesos electorales justos y transparentes, y profundizando la brecha entre el gobierno y la ciudadanía. La institucionalidad sigue siendo una fachada, mientras la toma de decisiones se concentra en un círculo reducido, ajeno a las necesidades y aspiraciones de la mayoría.

Desde una perspectiva económica, la continuidad representada por Delcy Rodríguez augura la persistencia de un modelo centralizado y poco productivo, incapaz de generar riqueza y bienestar para la población. Las políticas económicas erráticas, los controles de precios y de cambio, la falta de seguridad jurídica y la dependencia casi exclusiva de la renta petrolera (en constante declive) han devastado el aparato productivo nacional. La "réplica" de este sistema impide la adopción de reformas estructurales necesarias, ahuyenta la inversión extranjera y dificulta la recuperación de la confianza, manteniendo al país en un ciclo de recesión profunda e inflación crónica, a pesar de los intentos por maquillar la realidad con cifras oficiales que no reflejan la magnitud del colapso.

Finalmente, las implicaciones sociales son las más dolorosas. La perpetuación de un gobierno que no ha logrado resolver la crisis humanitaria significa la prolongación del sufrimiento para millones de venezolanos. La falta de acceso a servicios básicos, la inseguridad alimentaria, la precariedad de la salud y la educación, y la constante violación de los derechos humanos continúan impulsando la migración masiva, desintegrando familias y comunidades. La "réplica" mantiene el miedo, la desesperanza y la fractura del tejido social, impidiendo que la sociedad civil pueda organizarse y movilizarse plenamente para exigir sus derechos y construir un futuro diferente. La capacidad de resiliencia del pueblo venezolano es puesta a prueba diariamente, pero la fatiga y la desesperación son sentimientos cada vez más extendidos.

Pero, como bien señala el autor, las réplicas no son eternas. Tarde o temprano, la tierra se estabiliza, los temblores cesan, y es solo entonces cuando puede comenzar la verdadera reconstrucción. Venezuela, un país con una riqueza humana y natural inmensa, no está condenada a vivir para siempre entre las ruinas de un terremoto político. El cese de estas réplicas, la superación de esta fase de continuidad inmovilizadora, es el paso indispensable para que el país pueda, por fin, iniciar la tarea monumental de levantar una República fundada en la libertad, la democracia, la institucionalidad, el respeto a los derechos humanos y el progreso para todos sus ciudadanos.

La aspiración de "Libertad VZLA" y de millones de venezolanos es dejar de vivir entre sacudidas y empezar, con firmeza y determinación, a construir un futuro donde la Constitución sea respetada, donde la alternancia sea una realidad y donde la voz del pueblo sea soberana. Solo entonces, cuando la última réplica haya cesado, Venezuela podrá emprender el camino hacia la verdadera estabilidad y prosperidad, demostrando que ningún pueblo está condenado a vivir indefinidamente bajo los escombros de su propia historia.