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El terremoto no reveló nada nuevo sobre Venezuela, por David Mendoza

El terremoto no reveló nada nuevo sobre Venezuela, por David Mendoza

Solidaridad y Dignidad Colectiva En el nombre de Termómetro Económico y en el mío propio, expresamos nuestra más profunda y sincera solidaridad con cada ciudadano

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor1 jul. 2026

Caracas, Venezuela – La tierra tembló, y con cada sacudida, las grietas no solo se abrieron en el concreto y el asfalto, sino que se hicieron más profundas en el ya frágil tejido social e institucional de Venezuela. Un reciente sismo de magnitud considerable no solo dejó a su paso destrucción material y un dolor inmenso, sino que, como lúcidamente observa el analista David Mendoza en su columna para Termómetro Económico, "no reveló nada nuevo sobre Venezuela". Por el contrario, actuó como un crudo espejo que magnificó una realidad que los venezolanos conocen desde hace años: la total indefensión de un país despojado de sus redes de seguridad y gobernado por un sistema desconectado de su gente.

En "Libertad VZLA", nos unimos a la profunda solidaridad expresada por Mendoza con cada ciudadano y familia afectada. Nos conmueve la dignidad inquebrantable de un pueblo que, una vez más, se alza desde las ruinas no con resignación, sino con una fortaleza arraigada, sosteniendo el peso de una tragedia que va mucho más allá de la geología. La resiliencia venezolana es un testimonio de su espíritu, una cualidad que contrasta drásticamente con la parálisis e ineficacia de las estructuras estatales que deberían haber brindado protección y respuesta.

El Diagnóstico: Un Sistema Desconectado y la Memoria de la Depauperación

La distinción entre el evento natural y sus consecuencias magnificadas es crucial. Los venezolanos, con una claridad que asombra, comprenden que el liderazgo actual no es responsable del movimiento telúrico. Sin embargo, la responsabilidad por la "total indefensión en la que se encuentra el país" recae directamente sobre una gestión que ha desmantelado sistemáticamente las capacidades del Estado. Esta crisis, como señala Mendoza, no se procesa en el vacío, sino a través de la "memoria histórica de una sociedad que ha sido conducida de forma sistemática a niveles de depauperación extremos".

Para comprender la magnitud de esta afirmación, es imperativo mirar hacia atrás. Durante décadas, Venezuela, a pesar de sus vaivenes políticos y económicos, contaba con una infraestructura básica y redes de seguridad social que, aunque imperfectas, podían mitigar el impacto de desastres. Desde sistemas de protección civil con cierto grado de autonomía y profesionalismo, hasta una red hospitalaria, servicios públicos y programas sociales, existía un andamiaje que, en momentos de crisis, permitía una respuesta más o menos coordinada.

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No obstante, las últimas dos décadas han sido testigos de un proceso de erosión sin precedentes. La centralización excesiva del poder, la politización de las instituciones, la corrupción endémica y la falta crónica de inversión han desmantelado lo que una vez existió. Hospitales sin insumos básicos, sin personal suficiente y con infraestructuras colapsadas; servicios públicos (agua, electricidad, gas, telecomunicaciones) que funcionan de manera intermitente o simplemente no funcionan; una protección civil desprofesionalizada y con recursos limitados; y una economía pulverizada por la hiperinflación y la recesión, han dejado a la población en un estado de vulnerabilidad extrema. Los miles de millones de dólares que se evaporaron de las arcas nacionales, en lugar de ser invertidos en el mantenimiento y mejora de infraestructuras críticas, fueron desviados o malgastados, dejando al país en la ruina y a sus ciudadanos a merced de cualquier eventualidad. El terremoto, en este contexto, no fue una causa, sino un catalizador que expuso la fragilidad inherente a este "sistema desconectado".

La Parálisis por Desconfianza: Un Campo Relacional Colapsado

En una emergencia, la predictibilidad institucional y la veracidad de la información son los pilares para coordinar la ayuda y contener el pánico. En Venezuela, estos activos se han agotado. La "parálisis por desconfianza" de la que habla Mendoza es una propiedad intrínseca del sistema. Cuando no hay credibilidad en los voceros oficiales, los mensajes se convierten en ruido ineficiente. Los ciudadanos, acostumbrados a la opacidad, la manipulación y la censura, desarrollan una desconfianza profunda que les impide procesar la información oficial como una guía fiable.

Esta desconfianza no es un mero sentimiento; es una barrera física que impide el flujo de información y la coordinación de la cooperación. En un país donde la información independiente ha sido sistemáticamente atacada y silenciada, donde los medios tradicionales han sido comprados o cerrados, y donde las redes sociales son a menudo el único canal de información no oficial, la confusión y la incertidumbre se magnifican. Cada individuo queda aislado, forzado a procesar la crisis en soledad, lo que convierte la supervivencia en una experiencia caótica. La falta de una respuesta gubernamental transparente y eficaz no solo alimenta esta incertidumbre, sino que profundiza la brecha entre el Estado y la sociedad.

La Emergencia de los Referentes Genuinos: La Sociedad Civil como Ancla

Ante el colapso de las estructuras formales, la sociedad venezolana, con su innata capacidad de adaptación, busca certidumbre en sus liderazgos naturales y verdaderos. Aquí es donde organizaciones de la sociedad civil, iglesias, redes de vecinos, y líderes comunitarios con trayectoria emergen como "centros de gravedad en medio del caos". Estos "nodos con mayor densidad de cooperación histórica" no operan con grandes recursos, pero poseen el activo más valioso e irremplazable en una crisis: la credibilidad acumulada.

A lo largo de los años de crisis humanitaria compleja, estas organizaciones han sido las verdaderas heroínas, supliendo las carencias del Estado en áreas vitales como la alimentación, la salud, la educación y, ahora, la respuesta a desastres. Su cercanía con las comunidades, su conocimiento del terreno y, sobre todo, la confianza que han generado con su trabajo consistente y desinteresado, les permite movilizar la cooperación colectiva de manera eficiente. Son ellas quienes, en la práctica, detienen la desintegración del tejido social, canalizando esfuerzos y ofreciendo un sentido de dirección cuando el Estado está ausente o es ineficaz. Este fenómeno demuestra que, a pesar de los intentos por ahogar la participación ciudadana y estigmatizar a las ONG, la sociedad venezolana ha encontrado sus propios mecanismos de supervivencia y solidaridad.

La Reconstrucción del Campo: Más Allá del Cemento, la Legitimidad

La tragedia del terremoto, por tanto, no solo expone la fragilidad física de un país, sino su fragilidad estructural y moral. La reconstrucción, en este contexto, no puede limitarse a viviendas y carreteras. Debe ser, como enfatiza Mendoza, una "reconstrucción de la legitimidad". El primer paso, ineludible y urgente, es la publicación de un cronograma electoral claro y transparente.

Esta no es una demanda política vacía; es una condición fundamental para restablecer la "conductividad del sistema social". Una sociedad que vive en la incertidumbre sobre su futuro político es una sociedad paralizada. No puede planificar a largo plazo, no puede atraer inversiones, no puede generar confianza, ni siquiera entre sus propios ciudadanos. Sin la certeza de que su voz será escuchada en las urnas, la cooperación colectiva, el verdadero andamiaje de cualquier sociedad, permanece fracturada. La falta de elecciones libres y justas no solo viola derechos fundamentales, sino que impide cualquier posibilidad de recuperación sostenible.

Posicionamiento ante la Comunidad Internacional: Resistencia, no Celebración

La asistencia técnica y los recursos humanitarios de la comunidad internacional son valorados y agradecidos. Sin embargo, es imperativo que el mundo comprenda la verdadera situación de Venezuela. Las palabras del presidente Donald Trump, sugiriendo que los venezolanos "bailan en una pata de felicidad", distan diametralmente de la realidad. Los venezolanos no estamos celebrando; estamos resistiendo con entereza un escenario sumamente adverso, marcado por el dolor, la pérdida y la desesperanza generada por un sistema fallido.

La comunidad internacional debe entender que la solución de raíz a la fragilidad institucional y social de Venezuela no reside solo en la ayuda humanitaria, por necesaria que sea. Pasa, de manera perentoria, por la restitución de los mecanismos de gobernanza soberanos. Solo un cronograma electoral claro, verificable y vinculante podrá iniciar una reconstrucción estructural duradera, que vaya más allá del paliativo y aborde las causas profundas de la vulnerabilidad del país.

Cierre: La Confianza como Cimiento de la Nación

El terremoto ha revelado la fragilidad de los objetos, pero lo que realmente colapsó fue el campo de fuerzas que mantenía unida a la nación. Un sistema sin legitimidad no puede distribuir energía ni coordinar esfuerzos, y un sistema que no coordina esfuerzos, colapsa.

La reconstrucción de una nación no comienza con el cemento. Comienza con la restauración de la confianza. Y la confianza, en una sociedad democrática, se construye sobre un solo vector: la certeza de que el futuro será decidido por su pueblo, en las urnas, sin trampas ni demoras. Los objetos se rompen, pero los campos se reconstruyen desde la cooperación y la autodeterminación del pueblo en el ejercicio pleno de su soberanía.

El terremoto no reveló nada nuevo. Solo confirmó lo que ya sabíamos en "Libertad VZLA" y lo que millones de venezolanos viven a diario: que un sistema sin legitimidad no puede sostener a su pueblo. Y que la única reconstrucción posible es la que comienza por la autodeterminación soberana de su gente, garantizada por elecciones libres y justas. Es el camino para que Venezuela, finalmente, pueda levantarse, no solo de los escombros físicos, sino de la ruina institucional y moral que la consume.