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Después del terremoto

Después del terremoto

Venezuela estaba empobrecida por el saqueo realizado por funcionarios del régimen, por las confiscaciones de la propiedad privada, por la pésima política económica y por la pérdida de valiosos recursos humanos que salieron del país por persecución política o por falta de condiciones y oportunidades para trabajar. Ahora, después del terremoto, también quedó devastada. La

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor30 jun. 2026

Venezuela se encuentra sumida en una profunda y prolongada crisis que, más allá de cualquier evento catastrófico puntual, ha devastado las bases de la sociedad y el Estado. La nación, ya empobrecida por una gestión económica desastrosa, la corrupción sistémica, la confiscación de la propiedad privada y la masiva emigración de su capital humano, enfrenta un escenario de vulnerabilidad extrema donde cualquier nuevo golpe, real o metafórico, expone la fragilidad de sus estructuras. Esta situación de colapso preexistente ha llevado al país a un punto crítico, donde la tristeza por las pérdidas humanas y materiales se mezcla con una profunda indignación ante la inacción y el deterioro institucional.

La Devastación Silenciosa: Raíces de una Crisis Crónica

La crisis venezolana no es un fenómeno reciente, sino la culminación de años de políticas erráticas y un saqueo sistemático de los recursos públicos. Antes de cualquier "terremoto" que pudiera golpear la nación, el tejido social y económico ya estaba gravemente fracturado. La economía, alguna vez una de las más prósperas de la región, ha sido desmantelada por una hiperinflación persistente, una producción petrolera en mínimos históricos y un sector privado asfixiado por regulaciones y expropiaciones. Esta implosión económica ha generado una pobreza generalizada, con millones de venezolanos luchando por acceder a alimentos, medicinas y servicios básicos.

Paralelamente, la fuga de talentos ha vaciado al país de profesionales y trabajadores calificados, quienes han buscado oportunidades y seguridad en otras latitudes. Médicos, ingenieros, docentes y empresarios han engrosado las filas de una diáspora que se cuenta por millones, dejando un vacío irremplazable y debilitando aún más la capacidad productiva y de servicio de la nación. La persecución política, la falta de oportunidades y la inseguridad han sido los principales motores de este éxodo masivo, que ha descapitalizado al país de su recurso más valioso: su gente. La infraestructura pública, desde carreteras hasta servicios básicos, se encuentra en un estado de abandono crítico, reflejo de la falta de inversión y mantenimiento.

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El Estado en Ruinas: Incapacidad ante la Emergencia

En este contexto de profunda vulnerabilidad, la capacidad del Estado para responder a cualquier tipo de emergencia, sea natural o inducida, es prácticamente nula. La metáfora de un "terremoto" se vuelve especialmente cruda al observar la realidad del sistema de salud venezolano. Hospitales y centros ambulatorios, desprovistos de medicamentos esenciales, con equipos obsoletos o inoperantes, y con una escasez alarmante de personal médico debido a la migración forzada, operan en condiciones precarias. Una infraestructura sanitaria deteriorada, sumada a la falta de insumos básicos y una cadena de suministros colapsada, convierte cualquier enfermedad común en una amenaza potencial y cualquier desastre en una catástrofe humanitaria.

La desidia gubernamental se manifiesta en la ausencia de planes de contingencia efectivos y en la falta de preparación para fenómenos que, como los telúricos, son parte de la geografía venezolana. La respuesta ante emergencias es lenta, descoordinada y, a menudo, insuficiente, dejando a las comunidades a su propia suerte. Esta incapacidad estatal no solo es una cuestión de recursos, sino de voluntad política y de una visión de país que priorice el bienestar de sus ciudadanos. La confianza en las instituciones públicas ha sido erosionada hasta sus cimientos, y la ciudadanía se siente abandonada y desprotegida ante cualquier eventualidad, haciendo evidente la necesidad imperante de un cambio profundo en la gestión y la gobernanza.

Diálogo y Pragmatismo: Propuestas para la Reconstrucción Política

Frente a este panorama desolador, diversas voces dentro y fuera del país han comenzado a plantear la urgencia de una reorientación política que permita superar la confrontación estéril y sentar las bases para la recuperación. El consenso es que este no es momento para lamentaciones pasivas, sino para la acción conjunta y la construcción de acuerdos que alivien el sufrimiento de la población. En este sentido, se han articulado propuestas dirigidas tanto a los actores gubernamentales como a la oposición.

Desde la perspectiva de quienes ostentan el poder, se sugiere la necesidad de reconocer el profundo rechazo popular y la inviabilidad de prolongar una situación insostenible. Se plantean opciones como la formación de un gobierno de transición que incluya a figuras de diversos sectores, o la aceleración de un proceso electoral presidencial transparente y con garantías. Medidas inmediatas que podrían generar confianza y puntos a favor, tanto a nivel nacional como internacional, incluyen la liberación de todos los presos políticos, la permisividad para el regreso de líderes de la oposición al país, y la apertura de múltiples canales para el ingreso de ayuda humanitaria sin restricciones ni politización. Estas acciones serían vistas como gestos de buena voluntad y un paso hacia la despolarización.

Por otro lado, la oposición también enfrenta el desafío de replantear sus estrategias. Se propone la necesidad de un liderazgo activo y dispuesto a asumir riesgos, incluyendo el regreso al país para entablar un diálogo directo con el oficialismo, evitando la convocatoria de protestas que puedan agudizar la confrontación. Un punto particularmente delicado, pero que ha surgido en el debate, es la posibilidad de alcanzar un acuerdo de amnistía que abarque a funcionarios del régimen. Aunque la idea de la impunidad genera un rechazo legítimo en muchos sectores, la justificación detrás de esta propuesta pragmática es que la liberación de un centenar de personas involucradas en actos de corrupción o violaciones de leyes podría ser un precio aceptable si, a cambio, se logra la libertad y el bienestar de millones de venezolanos que hoy viven en la penuria, dentro y fuera del país. Los casos de violaciones graves de derechos humanos que competen a la Corte Penal Internacional se mantendrían al margen de este acuerdo, bajo la jurisdicción de dicha instancia, aunque se reconoce la lentitud de sus procesos.

El Tablero Cambiante y la Urgencia de Acuerdos

El escenario político venezolano no es estático; ha experimentado cambios significativos que demandan una adaptación de las estrategias por parte de todos los actores. Eventos como la elección primaria de la oposición, el respaldo a figuras como Edmundo González en ciertos contextos, y reuniones internacionales clave, han reconfigurado el tablero y han generado nuevas expectativas en la población. La urgencia de la situación actual exige que el liderazgo político redoble el paso, abandonando la lentitud y la dilación que han caracterizado muchos procesos de negociación anteriores. Los ciudadanos que padecen hambre y duermen a la intemperie no pueden esperar por documentos o acuerdos que se prolongan indefinidamente.

La grave crisis que atraviesa Venezuela impone la necesidad imperiosa de cesar la confrontación y de que tanto el liderazgo político como la ciudadanía en general comprendan que el momento actual no es para "tambores de guerra", sino para la construcción de acuerdos sólidos y duraderos. La persistencia en la polarización y la intransigencia solo conducirá a una mayor pérdida para todos los venezolanos. La historia reciente del país demuestra que la búsqueda de victorias absolutas ha resultado en derrotas colectivas. La única vía viable para la recuperación pasa por un compromiso genuino con el diálogo, la negociación y la implementación de soluciones pragmáticas que prioricen el bienestar de la nación sobre cualquier interés particular.

Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica. La profundidad de su crisis exige una respuesta urgente y concertada, donde la empatía y la voluntad de acuerdo prevalezcan sobre las divisiones. La reconstrucción del país no puede esperar más, y solo a través de un compromiso serio con la transición y la reconciliación se podrá vislumbrar un futuro de estabilidad y prosperidad para todos sus ciudadanos.