La Oscuridad del Bolsillo: Cuando los Apagones Devoran los Ahorros y la Esperanza en Venezuela
Caracas, Venezuela – La noche cae sobre Venezuela, pero no es solo la oscuridad física la que se cierne sobre millones de hogares. Es una penumbra económica, social y emocional, provocada por un sistema eléctrico en ruinas que ha convertido a los apagones en una plaga cotidiana. Más allá de la interrupción de la rutina, la inestabilidad eléctrica ha desatado una crisis silenciosa pero devastadora: la destrucción masiva de electrodomésticos, forzando a las familias a asumir gastos impagables y sumiendo a la población en una espiral de desesperación y endeudamiento, mientras la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec) guarda un silencio sepulcral, ajena a la calamidad que padece el ciudadano común.
Lo que alguna vez fue una molestia esporádica se ha transformado en una constante amenaza para el patrimonio familiar. Las interrupciones imprevistas del servicio, las fluctuaciones de voltaje que parecen golpear con saña y los racionamientos indiscriminados, sin horarios ni duración preestablecida, son la receta perfecta para el desastre. Cada parpadeo de la luz, cada bajón o subida repentina, es un golpe directo al corazón de la economía doméstica, incinerando tarjetas electrónicas, quemando motores y dejando inoperativos aparatos que son esenciales para la vida moderna. La nevera, el televisor, la lavadora, el aire acondicionado; estos elementos básicos se han convertido en lujos vulnerables, cuya reparación o reemplazo es una quimera para la inmensa mayoría de los venezolanos.
La experiencia de Luisa Mercado, residente del estado Miranda, es un eco de la tragedia que se repite a diario en todo el país. El motor de medio caballo de su nevera, vital para la conservación de alimentos en un país donde la cadena de frío es a menudo precaria, sucumbió tras una fluctuación eléctrica. La reparación, con un costo de 95 dólares por el repuesto y 30 dólares por la mano de obra, ascendió a 125 dólares. Un monto inalcanzable para ella sola. La ayuda llegó, como suele ocurrir, desde la diáspora: sus hijos, exiliados económicos, tuvieron que socorrerla. Su intento de buscar amparo en Corpoelec, la entidad estatal responsable, fue un ejercicio de frustración: una carta, una espera inútil y la cruda advertencia de un trabajador, susurrada casi como una confesión, de que no "perdiera su tiempo", pues la indemnización era una fantasía.
Esta realidad se extiende a lo largo y ancho de la geografía nacional. César Martínez, trabajador independiente en Caracas, también tuvo que desembolsar 100 dólares para reparar su nevera. "Es algo elevado y los costos por ese tipo de aparatos siempre son difíciles de pagar, pero no hay otra manera", lamenta. Comprar un electrodoméstico nuevo, en un país con salarios mínimos irrisorios y una economía dolarizada de facto, es simplemente impensable para la mayoría. En Maracay, Mariela Rivas, madre de dos niños, sufrió el doble golpe: su televisor y su módem de internet se dañaron en la misma semana. El televisor, con menos de tres años de uso, fue víctima de un "bajón fuerte" que quemó su fuente de poder y tarjeta electrónica. La reparación: 130 dólares en repuestos más 30 por la instalación. "No gano eso ni en dos semanas", confiesa Mariela, resignada a esperar meses. Solo pudo reponer el módem, indispensable para su teletrabajo, por 45 dólares, un gasto que, sumado a los 20 dólares por la revisión técnica de ambos aparatos, pulverizó sus ya escasos ahorros.

