Ana Julia Jatar: Venezuela, terremotos, Delcy Rodríguez y Trump
En Venezuela tembló tres veces. Los dos primeros, fueron inevitables. El tercero y el único que puede repararse, fue obra de un Estado fallido. Presidente
Caracas, Venezuela – La tierra, caprichosa y poderosa, ha recordado a Venezuela su fragilidad intrínseca con movimientos telúricos que escapan a cualquier control humano o ideológico. Sin embargo, más allá de la fuerza ineludible de las placas tectónicas, la nación se sacude bajo el peso de un tercer terremoto, uno que no es obra de la naturaleza, sino de la implosión de un Estado que ha roto su contrato social con sus ciudadanos. Este colapso, gestado durante décadas, expone no solo la vulnerabilidad de un pueblo, sino también la cruda realidad de un poder que eligió la autoconservación por encima de la protección de sus gobernados, y cuestiona seriamente el rol de la comunidad internacional en esta tragedia.
Cuando el suelo se estremece, la humanidad busca refugio en la estructura social que se supone debe protegerla: el Estado. Thomas Hobbes, en su célebre obra "Leviatán", conceptualizó al Estado como un monstruo necesario al que los ciudadanos ceden parte de su libertad a cambio de seguridad y orden. En Venezuela, esta promesa fundamental del contrato social ha sido pulverizada mucho antes de que las edificaciones empezaran a cuartearse. El silencio de las sirenas de bomberos y ambulancias, los gritos de auxilio que reemplazaron la asistencia oficial, y la desesperación de manos desnudas escarbando escombros en busca de seres queridos, son el testimonio más desgarrador de la ausencia de ese Leviatán protector.
La crisis que hoy padece Venezuela no es un fenómeno reciente ni una consecuencia exclusiva de desastres naturales. Es el resultado de décadas de "grietas invisibles" que el chavismo ha acumulado sistemáticamente en el tejido institucional del país. Mucho antes de que los hospitales se derrumbaran físicamente, el sistema de salud ya había colapsado, dejando a millones sin acceso a servicios básicos y medicamentos. La educación se desintegró antes que las aulas, el sistema eléctrico se apagó antes que las ciudades, y el Estado de Derecho se fracturó antes que los edificios. La meritocracia fue desplazada por la corrupción endémica, y la verdad, sofocada por una maquinaria de propaganda incesante.
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Mientras los servicios públicos esenciales se desmoronaban, el "Leviatán venezolano" crecía, pero no para servir a sus ciudadanos. Se fortalecieron los mecanismos de vigilancia y control social, el aparato represivo se hizo más robusto, pero todo con el único fin de proteger al poder mismo, no a la gente. En este escenario dantesco, la tragedia de los terremotos naturales se vio magnificada por la inacción y, peor aún, por la obstrucción de las fuerzas de seguridad a las labores de rescate. La imagen de policías y Guardias Nacionales entorpeciendo el salvamento de vidas sugiere un cálculo macabro: la supervivencia del régimen era prioritaria sobre la vida de los venezolanos. En este sentido, no fue el Estado el que sobrevivió, sino el poder, en su forma más cruda y deshumanizada.
Implicaciones Políticas y la Rendición de Cuentas Interna
La primera y más evidente responsabilidad por este "tercer terremoto" recae sobre el liderazgo actual en Venezuela. La figura de Delcy Rodríguez, señalada en el fragmento como quien ejerce el poder en ese momento y respaldada por la Casa Blanca, se convierte en el epicentro de esta rendición de cuentas. Más allá de su posición formal, su trayectoria ha estado marcada por una profunda complicidad con las políticas que han llevado al país al abismo, políticas que han sido calificadas como crímenes de lesa humanidad. Su rol en la construcción de este "cementerio institucional" durante más de un cuarto de siglo es innegable. La inmensa mayoría de los venezolanos, que han sufrido en carne propia el desmantelamiento del país, le atribuyen una corresponsabilidad directa en la tragedia humanitaria y social.
La ausencia de una respuesta estatal coordinada y efectiva ante una catástrofe natural es un síntoma claro de la profunda descomposición política y administrativa. Un gobierno que no puede o no quiere proteger a sus ciudadanos en su momento de mayor necesidad ha perdido toda legitimidad moral y funcional. La tragedia, en este contexto, no es solo un evento fortuito, sino un catalizador que expone la magnitud de la falla sistémica, la cual se ha manifestado en el colapso de la infraestructura, la incapacidad de los servicios de emergencia y la priorización de intereses políticos sobre la vida humana.
El Rol Internacional y la Interrogante a la Administración Trump
Pero la rendición de cuentas, como bien señala el análisis, no puede detenerse en Caracas. Se extiende más allá de las fronteras, alcanzando a aquellos actores internacionales cuya influencia puede ser determinante. En particular, la crítica se dirige al expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y a su administración, por lo que se percibe como una falla en la solidaridad y el liderazgo en un momento crítico para Venezuela.
La mención de las declaraciones de Trump, afirmando que los venezolanos "a pesar del terremoto estaban bailando en las calles" debido a la venta de petróleo, es profundamente perturbadora. Escuchar tales palabras mientras miles de familias desesperadas buscaban a sus seres queridos bajo los escombros no solo generó estupor, sino una profunda indignación. Esta afirmación, proveniente del líder de la mayor potencia mundial, con acceso a la información más completa y precisa, solo admite dos explicaciones inquietantes: una alarmante desinformación sobre la magnitud de la tragedia o una flagrante falta de empatía hacia el sufrimiento de un pueblo. Ambas son inaceptables para una política exterior que se precie de defender los valores democráticos y humanitarios.
Esta crítica se agrava al considerar la política de la administración Trump, que, según informes de periódicos de renombre como The Washington Post, The Wall Street Journal y The New York Times, habría negado garantías políticas y de seguridad para el regreso de líderes democráticos venezolanos, como María Corina Machado, y otros exiliados. Un país devastado no puede reconstruirse con sus líderes naturales y la voluntad popular expresada en procesos como las elecciones del 28 de julio de 2024 (mencionadas en el texto original, que se refieren a un evento futuro o una aspiración democrática) fuera de sus fronteras. Expulsar o impedir el regreso de quienes están llamados a conducir el renacimiento de una nación es, en sí mismo, un acto que prolonga y agrava el "tercer terremoto" de la nación.
La política exterior debe ser coherente con los principios que dice defender. Si el objetivo es restaurar la democracia y el bienestar en Venezuela, entonces el apoyo a la institucionalidad, la protección de los derechos humanos y la facilitación del liderazgo legítimo son imperativos. Negar el apoyo necesario o emitir declaraciones insensibles socava la credibilidad y prolonga el sufrimiento de una población que ya ha soportado demasiado.
Conclusión: La Reparación del Tercer Terremoto
La tragedia de Venezuela es multifacética, una convergencia de desastres naturales y una catástrofe política y social autoinfligida. Los dos primeros terremotos fueron inevitables, recordatorios de la fuerza bruta de la naturaleza. Pero el tercer terremoto, el de un Estado fallido que abandonó a su gente, es reparable. Su reparación exige una profunda rendición de cuentas interna, la restauración del contrato social y la reconstrucción de las instituciones desde sus cimientos.
Pero también requiere una reevaluación crítica del rol de la comunidad internacional. La pregunta final al presidente Trump, o a cualquier líder global con influencia sobre Venezuela, resuena con una carga histórica ineludible: ¿querrán ser recordados como aquellos que, con su apoyo y empatía, ayudaron a reconstruir a una nación destrozada, o como quienes, por omisión o por acción, protegieron a los mismos que la destruyeron? La historia, implacable, juzgará no solo la magnitud de los terremotos, sino la humanidad de la respuesta. Y para Venezuela, la esperanza de reparación del "tercer terremoto" depende de esa respuesta.