El Costo Invisible: La Carga Psicológica de la Oscuridad
Expertos en salud mental confirman que el impacto de estos cortes va mucho más allá de la simple ausencia de luz. La interrupción constante de la cotidianidad genera un daño profundo en la psique del ciudadano. Delys Navas, psicóloga social, subraya que la electricidad es un pilar fundamental para necesidades básicas como la higiene, la seguridad y la alimentación. El ser humano necesita un grado de predictibilidad para sentirse seguro en su entorno. Al perder el control sobre esta esfera tan fundamental, surge la "indefensión aprendida", un estado de resignación y pasividad ante situaciones adversas.
Navas explica que la ausencia de un horario de racionamiento es, posiblemente, más perjudicial que el corte mismo, debido a la incertidumbre que genera. "El cerebro gasta una cantidad enorme de energía intentando adivinar cuándo se irá la luz", detalla la especialista. Esta "carga mental invisible" produce un "agotamiento ejecutivo", dejando a las personas exhaustas por el simple hecho de intentar planificar lo impredecible.
Victoria Tirro, psicóloga y especialista en psicología positiva, coincide en que no existe tal cosa como "acostumbrarse" a los apagones. La intermitencia constante conduce a un estado de vigilancia permanente que se traduce en una hiperactividad sostenida por el cortisol, la hormona del estrés. "Esto tiene una consecuencia en nuestro día a día: una sensación de agotamiento tanto físico como mental. Manejar escenarios de incertidumbre es una de las actividades más desgastantes que hay", afirma Tirro.
La fatiga por estrés es una realidad ineludible en este contexto. Navas la explica a través del concepto de "carga alostática", el desgaste biológico acumulado en el cuerpo debido al estrés crónico. El organismo consume glucosa y oxígeno no solo en el movimiento físico, sino también en el procesamiento de emociones intensas como la rabia, el miedo o la frustración. Mantenerse emocionalmente "a flote" durante eventos estresantes consume tanta energía como una jornada de trabajo físico, generando un cansancio metabólico derivado de un estrés psicológico crónico.
Justificaciones y Realidades: Un Contexto Desafiante
Desde principios de febrero, el interior de Venezuela ha sido escenario de apagones que se extienden desde cuatro hasta 12 horas continuas, sin que se ofrezca un cronograma oficial de racionamiento. El 22 de marzo, la vicepresidenta Delcy Rodríguez anunció un plan de ahorro energético, justificando la medida como una respuesta a un fenómeno solar que, según el gobierno, provocaría un aumento de las temperaturas durante 45 días.
Sin embargo, el 7 de mayo, la Vicepresidencia Sectorial de Obras Públicas y Servicios anunció un hito preocupante: Venezuela alcanzó una demanda eléctrica de 15.570 megavatios, la cifra más alta registrada en los últimos nueve años. El gobierno atribuyó este incremento tanto al crecimiento económico como a las intensas olas de calor, ofreciendo una narrativa que contrasta con la inicial justificación del "fenómeno solar". Estas explicaciones cambiantes solo añaden más confusión y desconfianza en una población que ya se siente vulnerable.
Para Andrea, la intermitencia actual en el servicio eléctrico resulta incluso más desgastante que las experiencias pasadas. En marzo de 2019, Venezuela experimentó dos apagones nacionales que se prolongaron entre tres y cinco días, sumiendo al país en la oscuridad total y sin servicios de telefonía ni internet, eventos que el gobierno atribuyó a un sabotaje externo. Aunque aquellos apagones fueron más largos, la naturaleza crónica e impredecible de los cortes actuales genera un desgaste psicológico diferente, pero igualmente devastador.
Una Emergencia Humanitaria Silenciosa
La plataforma HumVenezuela, en un informe de 2025, reveló que el 38.6% de los hogares en 14 de los 24 estados del país sufrieron fallas en el servicio eléctrico. De estos, un alarmante 17.4% enfrentó cortes de luz todas las semanas, por muchas horas o incluso varios días. Estas cifras no son meros datos; representan la cruda realidad de una compleja emergencia humanitaria. El deterioro de los servicios básicos no es un evento aislado, sino una vulneración constante al derecho a una vida digna, con un impacto directo y severo en la psique del ciudadano.
Perder la conexión a internet o la batería del teléfono durante un apagón, como señala la psicóloga Delys Navas, trasciende el mero problema de entretenimiento. Es una desconexión del soporte social, una vía esencial para comunicarse, obtener información y sentirse seguro en un entorno cada vez más incierto. Los teléfonos y computadoras, hoy en día, son la principal herramienta para saber si los seres queridos están bien, para realizar trámites o simplemente para mantener un lazo con el mundo exterior.
Ante una realidad que el ciudadano común no puede cambiar, la especialista Victoria Tirro advierte sobre los mecanismos que la psique activa para seguir funcionando. Estos "mecanismos de defensa" son procesos inconscientes que intentan resguardar el equilibrio para que la persona mantenga su funcionalidad. No son inherentemente buenos ni malos, pero el problema surge cuando distorsionan la percepción de la realidad. El agotamiento actual, concluye Tirro, se debe a la necesidad imperiosa de crear, ajustar e improvisar planes de vida desde una "escasa certeza", una tarea monumental que agota el espíritu y el cuerpo.
En Venezuela, vivir a oscuras es mucho más que la ausencia de luz; es una batalla diaria contra la incertidumbre, el miedo a la pérdida material y el agotamiento psicológico. La crisis eléctrica se ha incrustado en el tejido social, transformándose en una emergencia humanitaria silenciosa que erosiona la salud mental de sus ciudadanos y les roba la capacidad de planificar, de soñar y, en última instancia, de vivir con dignidad. La búsqueda de una solución duradera y transparente es una necesidad apremiante para restaurar no solo el servicio eléctrico, sino también la esperanza y la estabilidad en los hogares venezolanos.