Un plan para Venezuela IV | La deuda externa ¿es eterna?
Hace algunas semanas se anunció que comenzaría la renegociación de la deuda externa. La semana pasada se informó, además, que se contrató a la empresa Centerview —firma con veinte años de experiencia en la estructuración de bonos privados y públicos— cuya última actuación en deuda soberana fue una emisión de 4000 millones de dólares del
La reciente confirmación de la contratación de la firma Centerview para asesorar en la renegociación de la deuda externa venezolana ha desatado una ola de cuestionamientos, no solo por el opaco proceso de su selección, carente de las licitaciones habituales, sino por la magnitud y el misterio que envuelven el verdadero monto de esta obligación que asfixia a la nación. Este movimiento, apenas semanas después del anuncio inicial de renegociación el 13 de mayo, subraya la urgencia de una situación que, lejos de esclarecerse, se sumerge en una nebulosa de cifras inciertas y compromisos sin aval legislativo.
La Sombra de la Deuda: Un Laberinto de Incertidumbre
El primer y más acuciante interrogante que pende sobre la economía venezolana es la cifra exacta de su endeudamiento. Las estimaciones oficiales, cuando existen, son a menudo parciales y distan de la realidad que manejan los analistas independientes. Se habla de una base de 170.000 millones de dólares, una cantidad ya de por sí abrumadora. Sin embargo, esta cifra no incluye la totalidad de los intereses acumulados desde el cese unilateral de pagos en 2017, ni deudas cruciales con aliados estratégicos como China e Irán, cuyos términos y montos permanecen en secreto. A esto se suma la supuesta deuda contraída con Cuba por servicios de asesoría, cuya naturaleza y cuantía son igualmente opacas.
La falta de un registro público y transparente, sumada a la ausencia de la necesaria aprobación de la Asamblea Nacional para la mayoría de estos compromisos financieros, convierte la deuda externa venezolana en un laberinto sin salida aparente. Expertos sugieren que, al considerar los intereses vencidos y estas obligaciones no declaradas, el monto real podría fácilmente superar los 200.000 millones de dólares, proyectando una carga económica que se acerca a duplicar el Producto Interno Bruto (PIB) de la nación. Esta situación no solo genera desconfianza en los mercados internacionales, sino que también imposibilita una planificación económica seria y responsable a largo plazo.
Un Peso Insostenible sobre la Economía Nacional
La proporción de la deuda con respecto al PIB es un indicador crítico de la sostenibilidad financiera de un país. Con una estimación de 170.000 millones de dólares, la deuda representaría aproximadamente el 153% del PIB. Si se confirman las proyecciones más pesimistas, superando los 200.000 millones, esta cifra podría escalar a casi dos veces el PIB. Para un país que, lejos de ser la "nación rica" que se ha auto-proclamado por décadas, se enfrenta a una profunda crisis humanitaria y económica, este nivel de endeudamiento es sencillamente inmanejable.
En este contexto, la elección de Centerview, una firma con dos décadas de trayectoria en estructuración de bonos y una reciente participación en una emisión de 4.000 millones de dólares para Ecuador, genera una legítima preocupación. ¿Actuará esta empresa como un genuino defensor de los intereses venezolanos, o su rol se verá comprometido por las condiciones opacas de su contratación? La pregunta no es menor, considerando que la reputación de Venezuela como deudor ha sido gravemente erosionada por la falta de transparencia y el incumplimiento de sus obligaciones. La experiencia de Ecuador, aunque relevante, no es directamente comparable con la complejidad y el desorden institucional que imperan en el caso venezolano.
La Ficción de la Riqueza: Un Error Histórico
Durante décadas, y particularmente desde 1974, Venezuela se ha presentado ante el mundo como un país intrínsecamente rico, una percepción que, aunque basada en sus vastas reservas petroleras, ha resultado ser una peligrosa falacia. Esta narrativa ha tenido consecuencias devastadoras, la principal de ellas, la exclusión de programas de asistencia y apoyo de organismos multilaterales como el Banco Mundial, diseñados precisamente para naciones en dificultades. Hoy, cuando la necesidad de ayuda externa es más apremiante que nunca, la persistencia en esta ficción de riqueza solo perpetúa el aislamiento y dificulta el acceso a mecanismos de alivio de deuda y financiamiento vital.
La renegociación de la deuda no puede abordarse desde una posición de falsa opulencia. Es imperativo que el país se presente ante sus acreedores reconociendo su verdadera condición de nación empobrecida y solicitando una reducción sustancial de la carga. La historia ofrece lecciones valiosas: la meta debe ser, como lo logró el general Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1930, dejar a Venezuela sin deuda, o al menos con una deuda manejable. Esto implica no solo un compromiso de pago, sino una estricta disciplina fiscal que impida un nuevo ciclo de endeudamiento irresponsable.
La Irresponsabilidad del Endeudamiento: Hipotecando el Futuro
El endeudamiento masivo e irresponsable de las últimas décadas ha hipotecado el futuro de las generaciones venideras, imponiéndoles una carga financiera que no solicitaron ni de la que se beneficiaron. No hay justicia en heredar deudas monumentales a quienes aún no han nacido, especialmente cuando los recursos obtenidos de esos préstamos se dilapidaron en proyectos fallidos, empresas estatales que terminaron en la quiebra y un control de cambios que solo sirvió para destruir el aparato productivo nacional y enriquecer a unos pocos.
La deuda no solo representa una carga económica, sino también una herida moral y social. Los miles de millones de dólares que se pidieron prestados podrían haberse invertido en infraestructura, salud, educación y desarrollo productivo, sentando las bases para un futuro próspero. En cambio, gran parte de esos fondos se evaporaron sin dejar un rastro tangible de bienestar para la mayoría de los venezolanos. La promesa de una "Venezuela potencia" se construyó sobre una montaña de deuda que hoy amenaza con sepultar cualquier posibilidad de recuperación.
La renegociación de la deuda externa es más que un simple ajuste contable; es una oportunidad crítica para redefinir el rumbo económico y moral del país. Exige transparencia absoluta, una gestión fiscal rigurosa y, fundamentalmente, un reconocimiento honesto de la realidad económica de Venezuela. Solo así se podrá trazar un camino hacia la sostenibilidad y liberar a las futuras generaciones de un peso que no les corresponde cargar. El tiempo de las ficciones y la irresponsabilidad debe terminar para dar paso a la verdad y la reconstrucción.