«No son sacos de papas»: el dolor de la madre de un deportado que murió en los terremotos

Oswadeliz Núñez habla con una mezcla de dolor y molestia. Dice que lo que más le pesa no es solo la muerte de su hijo Daniel —quien acababa de ser deportado desde Estados Unidos—, sino la forma como el Gobierno venezolano manejó el proceso de repatriación. Asegura que los protocolos no protegen a quienes regresan

Redacción Libertad VZLA
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Equipo editorial18 jul. 2026

La tragedia de Daniel, un ciudadano venezolano deportado de Estados Unidos que encontró la muerte en los sismos que sacudieron la región centro-norte de Venezuela el 24 de junio, ha puesto en el centro del debate público la dignidad y los protocolos de repatriación para migrantes. Su madre, Oswadeliz Núñez, ha alzado su voz para denunciar lo que considera un trato deshumanizado por parte de las autoridades venezolanas, enfatizando que los deportados "no son sacos de papas" sino seres humanos con derechos que merecen protección y un proceso de retorno seguro.

Daniel, de 28 años, acababa de ser repatriado en el vuelo 164, un vuelo semanal que formaba parte de las políticas migratorias de la administración de Donald Trump en Estados Unidos. Este vuelo transportaba a 120 hombres, 19 mujeres, 5 niños y 2 niñas, todos con la expectativa de reiniciar sus vidas en su país de origen. Sin embargo, el destino de Daniel y otros deportados se truncó cuando el hotel El Santuario de La Llanada, en La Guaira, donde se encontraban retenidos por las autoridades venezolanas, colapsó debido a los dos fuertes terremotos que impactaron la zona.

La Sra. Núñez, en declaraciones a CNN en Español, relató la angustia de la espera. Desde El Tigre, estado Anzoátegui, a casi siete horas de distancia de La Guaira, recibió la última llamada de su hijo. Daniel le comunicó, usando el teléfono de un funcionario del Servicio de Inteligencia y Seguridad de Venezuela (Sebin), que había aterrizado y que al día siguiente sería trasladado a casa. Aproximadamente 30 minutos después de esa conversación, la tierra tembló, y el edificio donde Daniel estaba retenido se derrumbó.

La búsqueda de Daniel y el reconocimiento de su cuerpo, desfigurado por la catástrofe, fue un proceso doloroso para su madre. Un tatuaje, que en su momento fue motivo de discusión entre ellos, se convirtió en la señal inequívoca que le permitió identificar a su hijo. Este hecho subraya la profunda crisis humana que se desata tras eventos de esta magnitud, donde la identidad se reduce a detalles físicos ante la pérdida de la fisonomía conocida.

Desde entonces, Oswadeliz Núñez ha transformado su duelo en una lucha por la justicia y la dignidad de los repatriados. Su demanda no es económica, sino moral: exige una reparación por el trato recibido y una mejora urgente en los protocolos del Estado venezolano para los ciudadanos que regresan. Critica que los deportados, especialmente aquellos sin antecedentes penales como Daniel, no puedan ser liberados de inmediato al llegar al país, quedando sujetos a trámites burocráticos que los mantienen en una situación de vulnerabilidad y, como en este caso, expuestos a riesgos innecesarios.

El Contexto de la Migración y la Repatriación en Venezuela

La historia de Daniel y Oswadeliz Núñez se inscribe en un contexto más amplio de profunda crisis migratoria venezolana. En los últimos años, millones de venezolanos han abandonado el país, buscando mejores condiciones de vida, oportunidades laborales o protección. Según datos de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V), se estima que más de 7.7 millones de venezolanos han salido del país hasta finales de 2023. Este éxodo ha generado complejas dinámicas de migración irregular, lo que a su vez ha llevado a un aumento significativo de las deportaciones desde diversos países, incluyendo Estados Unidos.

Históricamente, la relación entre Venezuela y sus migrantes ha fluctuado. En décadas pasadas, Venezuela fue un país receptor de migrantes, principalmente de Europa y otros países de América Latina, lo que forjó una tradición de acogida. Sin embargo, la crisis económica, social y política de los últimos años ha revertido esta tendencia, convirtiendo a Venezuela en un país de origen masivo de migrantes. La repatriación, aunque necesaria para algunos, se ha visto empañada por la falta de recursos y protocolos claros que garanticen un retorno digno y seguro.

Los vuelos de deportación desde Estados Unidos, como el que trajo a Daniel, comenzaron a intensificarse bajo la administración de Donald Trump y han continuado, con algunas interrupciones, bajo la administración de Joe Biden. Estos vuelos forman parte de acuerdos migratorios bilaterales que, si bien buscan regular los flujos migratorios, a menudo son criticados por organizaciones de derechos humanos debido a la rapidez con la que se procesan las deportaciones y la falta de consideración por las circunstancias individuales de los deportados, incluyendo posibles solicitudes de asilo o situaciones de vulnerabilidad.

La crítica de Oswadeliz Núñez sobre la retención de los deportados al llegar a Venezuela no es un hecho aislado. Diversas organizaciones no gubernamentales han documentado casos de ciudadanos venezolanos que, al ser repatriados, son sometidos a procesos de revisión prolongados, en ocasiones sin justificación clara, y retenidos en instalaciones que no siempre cumplen con los estándares adecuados. Esta situación genera incertidumbre, estrés y, como se demostró trágicamente en el caso de Daniel, puede exponer a los individuos a riesgos adicionales que podrían evitarse con protocolos más eficientes y humanitarios.

Implicaciones y Demandas de Cambio

La muerte de Daniel en el hotel El Santuario de La Llanada, un suceso que según El Pitazo contribuyó a una cifra de muertos por los terremotos que ya superaba los 5.000, no es solo una tragedia personal, sino un reflejo de fallas sistémicas con profundas implicaciones sociales y políticas.

Desde una perspectiva social, el caso evidencia la vulnerabilidad extrema de los migrantes retornados. Al llegar a su país, muchos carecen de redes de apoyo inmediatas, recursos económicos y, en el caso de las deportaciones, pueden enfrentar estigmatización o dificultades para reinsertarse en la sociedad. La retención prolongada sin justificación clara solo agrava esta situación, impidiendo que se reúnan con sus familias o busquen asistencia. La frase "no son sacos de papas" de Oswadeliz Núñez resuena como un llamado a reconocer la humanidad inherente de cada individuo, independientemente de su estatus migratorio o las circunstancias de su retorno.

Políticamente, el incidente plantea serias interrogantes sobre la responsabilidad del Estado venezolano en la protección de sus ciudadanos, incluso aquellos que regresan en condiciones de deportación. La denuncia de la Sra. Núñez señala una deficiencia en los protocolos de repatriación. La retención de personas sin antecedentes penales en un hotel, en lugar de permitirles el reencuentro inmediato con sus familias, sugiere una burocracia ineficiente o una política de seguridad que prioriza el control sobre el bienestar individual. El gobierno tiene la obligación de garantizar que los procesos de repatriación se realicen de manera segura, transparente y respetuosa de los derechos humanos, lo que incluye la provisión de alojamientos seguros y la facilitación de la reunificación familiar.

Las demandas de Oswadeliz Núñez de una "reparación moral" y la mejora de los protocolos son fundamentales. Una reparación moral implica el reconocimiento oficial de las fallas del sistema, una disculpa pública y el compromiso de implementar cambios tangibles. Esto podría incluir la revisión de las políticas de retención para deportados, la implementación de centros de recepción adecuados que cumplan con estándares de seguridad y habitabilidad, y la agilización de los trámites para permitir la liberación rápida de aquellos sin cargos penales. Además, es crucial establecer mecanismos de apoyo psicológico y social para los retornados, facilitando su reintegración y minimizando el trauma del proceso.

Conclusión

La historia de Daniel y la incansable lucha de su madre, Oswadeliz Núñez, constituyen un poderoso recordatorio de que detrás de cada estadística migratoria hay vidas humanas, sueños rotos y familias en duelo. La tragedia ocurrida en La Guaira, donde la negligencia en los protocolos de repatriación se encontró con la fuerza devastadora de la naturaleza, exige una respuesta contundente por parte del Estado venezolano.

La dignidad de los ciudadanos no puede ser negociable, y los procesos de repatriación deben ser gestionados con la máxima sensibilidad y eficiencia. Es imperativo que las autoridades venezolanas revisen y reformen sus protocolos, asegurando que cada retornado sea tratado como un ser humano con derechos, no como una mercancía. La voz de Oswadeliz Núñez, que resuena con la verdad de su dolor y su exigencia de justicia, debe ser escuchada. Su clamor por una reparación moral y por la mejora de los sistemas de acogida para los repatriados es un llamado a la acción para garantizar que ninguna otra familia venezolana tenga que enfrentar una tragedia similar, y que el retorno a la patria sea, para todos, un camino seguro y digno hacia un nuevo comienzo.

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