Estudiantes de la USB Litoral resisten la crisis de servicios sin comedor ni transporte 

Estudiantes de la USB Litoral resisten la crisis de servicios sin comedor ni transporte 

Para los estudiantes y el personal, trasladarse a la universidad es un calvario. La falta de transporte y el abandono de las rutas los obligan a pasar varias horas en las paradas y a abordar autobuses colapsados para llegar a clases. A eso se le suma el declive en la prestación de servicios y el […] La entrada Estudiantes de la USB Litoral resisten la crisis de servicios sin comedor ni transporte  aparece primero en Crónica Uno - Los hechos como son

Redacción Libertad VZLA
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Equipo editorial28 may. 2026

En la meseta de Camurí Alto, sobre los vestigios de una tragedia que marcó al país, la Universidad Simón Bolívar (USB) sede Litoral, uno de los baluartes académicos de Venezuela, se debate hoy entre el abandono y la resiliencia de su comunidad, con estudiantes enfrentando jornadas de estudio con el estómago vacío y travesías extenuantes para llegar a sus aulas. Esta institución, que una vez fue promesa de reconstrucción tras el deslave de Vargas en 1999, lucha por mantener viva la llama del conocimiento en medio de un deterioro progresivo de sus servicios esenciales.

La Odisea Diaria del Traslado: Un Camino Cuesta Arriba

Para quienes hacen vida en la USB Litoral, la jornada comienza mucho antes de pisar el campus. La travesía hasta la meseta se ha transformado en una verdadera epopeya, una lucha constante contra la escasez de transporte y el abandono de las rutas universitarias que alguna vez facilitaron el acceso. Decenas de jóvenes, profesores y personal administrativo aguardan durante horas en paradas inciertas, sin la garantía de que una unidad los acerque a su destino.

"Es una odisea diaria", relata un estudiante que prefiere no identificarse, mientras describe cómo muchos deben recorrer largos tramos bajo el inclemente sol de La Guaira, cargando morrales pesados y llegando exhaustos antes de siquiera iniciar sus clases. La situación se agrava al adentrarse en el campus, pues ninguna línea comercial cubre el recorrido interno, obligando a caminatas cuesta arriba que minan la energía antes de cualquier lección. El impacto es palpable: el ritmo académico se ve afectado, la concentración disminuye y la frustración crece ante un sistema de transporte que se desmorona.

La magnitud del problema se hace evidente al observar el "cementerio de autobuses" que yace en la sede administrativa: una decena de unidades destartaladas, testigos silenciosos de tiempos mejores. Aitana Mora, presidenta del Centro de Estudiantes, confirma que de toda la flota, apenas tres autobuses se encuentran operativos: dos de gran capacidad y uno más pequeño. Estas unidades cubren rutas internas entre Catia La Mar y Caribe, mientras que la conexión con Caracas, específicamente desde Gato Negro, depende de la precaria asignación de vehículos del campus principal de Sartenejas, a menudo insuficientes o inexistentes. Esta realidad condena a la comunidad a la incertidumbre y al desgaste físico, poniendo en riesgo la continuidad de la formación de muchos.

El Silencio del Comedor Universitario: Hambre y Desatención

Pero el desafío no termina con el transporte. Al llegar al campus, la crisis se profundiza a la hora del almuerzo. El comedor universitario, que durante años fue un pilar fundamental para garantizar la alimentación de la comunidad, ha cesado su servicio. Desde el pasado 27 de abril, tanto estudiantes como docentes se vieron privados de este espacio vital, una decisión emanada del vicerrectorado administrativo que supervisa presupuesto y servicios.

Marialejandra Cabrera, secretaria del Centro de Estudiantes, explica con preocupación el impacto directo de esta medida en el rendimiento académico. "La ubicación geográfica de la sede, alejada y en una zona elevada, nos deja sin opciones cercanas para comprar comida", señala. Para muchos alumnos, cuyo presupuesto es limitado o inexistente, esto significa pasar extensas jornadas de estudio con el estómago vacío. La imposibilidad económica de costear alternativas privadas, sumada a las largas horas de clase, deriva en problemas de salud como dolores de cabeza, fatiga y una inatención forzada que mina la capacidad de aprendizaje.

"La única oferta interna se limita a un establecimiento privado de reciente apertura que expende productos de panadería, y no siempre tenemos dinero para eso", añade Cabrera, haciendo eco de una realidad compartida por muchos. "A veces no puedo captar bien los contenidos porque tengo hambre, estoy cansada y lo único que quiero es irme a mi casa". La paradoja es aún más dolorosa: aunque los insumos y provisiones alimentarias llegan semanalmente a la universidad, el servicio se destina exclusivamente al personal obrero, dejando desamparados a miles de estudiantes.

Antes de su suspensión, el comedor ofrecía un menú básico, accesible mediante la compra de un ticket equivalente a dos dólares, con excepciones para becados y personal de seguridad. Sin embargo, Aitana Mora recuerda cómo la calidad de la comida comenzó a desmejorar progresivamente desde el año pasado, con una notoria disminución en la variedad y cantidad de sopas, postres y bebidas. Esta merma en la calidad fue un presagio de la eventual clausura, dejando una profunda herida en el corazón de la vida estudiantil.

Un Campus Entre la Belleza y el Olvido: Patrimonio en Deterioro

La USB Litoral no es solo un conjunto de aulas; es un espacio único en Venezuela, enclavado en un entorno natural privilegiado que combina la inmensidad azul del mar, el murmullo del río Camurí Grande y la majestuosidad de la montaña. Su infraestructura, con una edificación central que conecta tres bloques y una biblioteca que es la más grande del estado, representa un valor arquitectónico e histórico considerable. La Plaza Techada, punto de encuentro emblemático, ha sido testigo de innumerables asambleas y actividades.

Sin embargo, esta belleza natural y arquitectónica contrasta dolorosamente con el visible deterioro de sus instalaciones. Paredes desgastadas, estructuras envejecidas y la ausencia de un mantenimiento constante durante años, son la cruda realidad que enfrentan a diario estudiantes y personal. El campus, que se alza sobre las cenizas de una tragedia de hace 27 años, parece haber quedado anclado en el tiempo, con las promesas de reconstrucción y modernización todavía inconclusas. Estudiar aquí implica convivir con las cicatrices del pasado y las urgencias del presente.

La Voz de la Resistencia Estudiantil: Un Grito por la Dignidad

Frente a este panorama desolador, la comunidad estudiantil de la USB Litoral no se ha quedado de brazos cruzados. El pasado 21 de mayo, la Plaza Techada se convirtió en el epicentro de una asamblea multitudinaria, donde la voz de cada estudiante resonó con la fuerza de la indignación y la esperanza. Uno tras otro, alzaron la palabra para exponer la realidad que los mantiene en tensión: el cierre del comedor, la precariedad del transporte y el abandono generalizado.

Estos jóvenes, a través de sus representantes estudiantiles, se han convertido en la voz de una generación que se niega a rendirse. Demandan soluciones urgentes, no solo para su bienestar físico, sino para salvaguardar la calidad educativa y el futuro de una institución que, a pesar de las adversidades, sigue siendo un referente. Su lucha es un recordatorio de que la educación es un derecho fundamental que no puede ser sacrificado por la ineficiencia o el olvido.

La Universidad Simón Bolívar sede Litoral representa un microcosmos de la Venezuela actual: un lugar de inmenso potencial y belleza, pero asediado por la precariedad y el abandono. Sin embargo, la persistencia de sus estudiantes, profesores y trabajadores es un testimonio inquebrantable de la voluntad de seguir adelante, de resistir y de luchar por un futuro donde el conocimiento y la dignidad humana no sean un privilegio, sino una realidad accesible para todos. Su clamor es un llamado a la acción para que el silencio del comedor y el cementerio de autobuses den paso a la vitalidad que esta casa de estudios merece.

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