La Sed de Cumaná: Un Negocio de Cisternas Florece Sobre la Desidia y el Olvido del Agua
Cumaná, la primogénita del continente americano, se ahoga en una paradoja cruel: una ciudad costera, bañada por el Caribe, lleva más de tres meses sumida en una emergencia hídrica que ha transformado el acceso al agua potable de un derecho fundamental en una mercancía de lujo. El colapso del túnel trasvase Guamacán, parte vital del embalse Turimiquire, ha expuesto una década de desinversión y ha desatado un lucrativo negocio de cisternas que exprime aún más los ya maltrechos bolsillos de sus habitantes.
La crisis, que estalló públicamente el 25 de febrero con el anuncio del daño en la infraestructura, no fue una sorpresa para muchos cumaneses. Para José Fuente, residente del sector Campeche, la intermitencia del servicio era una constante mucho antes. En su hogar, el agua por tubería llegaba apenas una vez a la semana, un hilo de esperanza que apenas abastecía el tanque comunitario y, de allí, se distribuía con dificultad a las viviendas. La normalidad para José, su esposa, sus dos hijos y su nieto de cinco años, era la ausencia del servicio, una realidad que se ha agudizado hasta límites insospechados.
La Carga Diaria de la Supervivencia
Antes de la emergencia, José se las ingeniaba para transportar agua desde el sector Tataracual, en la parroquia San Juan, hasta su casa, utilizando la camioneta de su trabajo para llenar bidones desde la tubería matriz en La Llanada. Era una rutina agotadora, pero gestionable. Sin embargo, con el agravamiento de la escasez, esa opción se volvió inviable. Ahora, la única alternativa es recurrir a los camiones cisternas que, como buitres, recorren las calles de Cumaná, ofreciendo el líquido vital a precios exorbitantes. José se ve obligado a desembolsar hasta 15 dólares semanales por mil litros de agua, una cifra que pulveriza el ya ajustado presupuesto familiar y lo sumerge aún más en la precariedad.
La historia de José no es un caso aislado. Normelis Figuera, cuya casa en la avenida Cancamure permaneció un mes entero sin una sola gota de agua, relata una experiencia similar. Tras algunas intervenciones de la empresa hídrica, el servicio comenzó a llegar, aunque de forma errática, una vez a la semana a la tubería de su jardín. No obstante, la intermitencia y la insuficiencia la han forzado a pagar en dos ocasiones hasta 30 dólares por 2000 litros de agua a los mismos camiones cisternas. "En este momento, el agua llega cada cinco días por 36 horas", explica Normelis con resignación, "pero la mayoría de veces no se cumple ese tiempo y la quitan antes". La promesa de un suministro regular se desvanece en la realidad de cortes intempestivos, dejando a las familias en una constante incertidumbre.
