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Viaje al epicentro del olvido

Viaje al epicentro del olvido

El pueblo de Yumare solo emerge de su letargo con las sacudidas: ya sea por la metáfora violenta de una masacre hace cuatro décadas o, literalmente, por el 'doblete sísmico' del miércoles 24 de junio. Aunque se le identificó como el origen del terremoto más fuerte de ese Día de San Juan, los destrozos en este valle de Yaracuy fueron menores, en comparación con los registrados en Caracas y el Litoral Central. Sus pobladores tuvieron que esperar 12 horas para, con el regreso de los servicios de luz e internet, conocer que la tragedia se había gestado bajo sus pies.

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor28 jun. 2026

El reciente "doblete sísmico" que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio reveló una paradoja desoladora: mientras la capital y el litoral central lamentaban cientos de víctimas y una devastación sin precedentes, el pueblo de Yumare, en Yaracuy, epicentro inicial de la tragedia, permanecía casi intacto, un testigo silente de una fuerza telúrica que, paradójicamente, descargó su furia a doscientos kilómetros de distancia, desnudando las vulnerabilidades de un país y las cicatrices de una localidad marcada por el olvido.

El Epicentro Silente y la Ruta de la Destrucción

La tarde del 24 de junio, día de San Juan, Venezuela experimentó una de sus jornadas sísmicas más intensas en décadas. Los boletines preliminares del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ubicaron el epicentro del sismo más potente, de magnitud 7.5, a unos 23 kilómetros al sureste de Yumare, en el estado Yaracuy, a una profundidad de 10 kilómetros. Sin embargo, en una cruel ironía, los daños más severos y la mayoría de las víctimas se registraron en el estado La Guaira y en Caracas, a más de 200 kilómetros al este, mientras que Yumare, un pueblo rural de apenas 20.000 habitantes, sufrió afectaciones menores, limitadas a la caída de una pared en un templo evangélico y episodios de estrés entre sus pobladores.

Este fenómeno, calificado como un "doblete sísmico", implicó dos eventos de gran magnitud —uno de 7.2 y otro de 7.5— ocurridos con apenas segundos de diferencia. La magnitud de la devastación en La Guaira y Caracas fue tal que, para el 26 de junio, las cifras oficiales ya contabilizaban 1.430 fallecidos, con la sombría expectativa de que el número final sería significativamente mayor. La catástrofe dejó imágenes estremecedoras de edificios colapsados y comunidades enteras en ruinas, contrastando drásticamente con la calma que se vivía en el valle del río Aroa, donde se asienta Yumare.

La geografía venezolana, intrínsecamente ligada a la actividad telúrica, fue puesta a prueba. La región donde se localiza Yumare es un punto de confluencia de algunas de las fallas geológicas más activas del país, incluyendo las de Boconó y San Sebastián, responsables de terremotos históricos de gran poder destructivo. Una enorme grieta en el asfalto cerca de la redoma de Palmasola, que obliga a desviar el tráfico hacia la autopista Cimarrón Andresote, no solo es una evidencia física del reciente movimiento sísmico, sino también una advertencia de la compleja interacción de estas placas tectónicas en la zona. Más al oeste, las estribaciones del sistema de fallas de Oca-Ancón añaden otra capa de complejidad a un territorio en constante reacomodo.

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La Geología Detrás de la Paradoja: Cuando el Epicentro no es el Desastre

La aparente contradicción entre la ubicación del epicentro y el foco principal de la destrucción encuentra su explicación en la dinámica de las fallas geológicas, un concepto que a menudo escapa al entendimiento común. Michael Schmitz, sismólogo y profesor universitario venezolano, esclareció en conversaciones con medios especializados que, aunque la ruptura inicial de la falla de San Sebastián se originó en la zona de Yumare, su propagación fue clave para comprender el alcance del desastre.

Schmitz detalló que el fenómeno sísmico implica la liberación de tensión acumulada entre las placas tectónicas. En el caso venezolano, la interacción entre la placa del Caribe y la Suramericana, que se desplazan a un ritmo de aproximadamente dos centímetros anuales, genera una fuerza de retención que eventualmente cede. El reciente doblete sísmico fue resultado de esta liberación. El experto explicó que la litósfera caribeña, de unos 100 kilómetros de espesor, se deslizó de manera abrupta uno o dos metros a lo largo de 200 kilómetros de longitud.

La secuencia de eventos fue precisa y devastadora: primero, se produjo una ruptura en la falla de Boconó. Menos de un minuto después, un segundo evento desencadenó una ruptura en la sección de la falla Morón-San Sebastián. Esta segunda fractura se extendió considerablemente hacia el este, alcanzando zonas densamente pobladas como Caraballeda, en La Guaira. Así, la energía sísmica liberada en las profundidades de Yaracuy no se disipó localmente, sino que viajó a través de la falla, amplificando sus efectos a medida que se acercaba a las estructuras más vulnerables de la costa y la capital.

"Si bien el epicentro donde se inicia todo está en Yumare, realmente el terremoto ocurrió en La Guaira", sentenció Schmitz. Esta perspectiva técnica es fundamental para entender que el "epicentro" es el punto de inicio de la ruptura, pero la verdadera magnitud del desastre se define por la extensión de esa ruptura y su interacción con la geología local y las edificaciones en superficie. La Guaira, con su topografía particular y la concentración de infraestructuras, se convirtió en el punto final de esta propagación destructiva, sufriendo las consecuencias más severas de un evento que nació muy lejos.

Yumare: Un Pasado Marcado por la Tragedia y el Olvido

Más allá de su reciente papel como epicentro geológico, Yumare es un nombre que resuena con otros ecos en la memoria colectiva venezolana, muchos de ellos relacionados con el olvido y la tragedia. Situado a 44 kilómetros al norte de San Felipe, la capital de Yaracuy, este pueblo rural, enclavado en un paisaje de fincas ganaderas y cultivos de plátano y cocoteros, ha visto mejores épocas. Alguna vez fue un próspero centro de producción de naranjas, una actividad económica que le dio identidad y sustento, hasta que la plaga del "dragón amarillo", una enfermedad bacteriana implacable, arrasó con sus cultivos, sumiéndolo en una decadencia de la que aún no se recupera.

Pero si hay un evento que marcó a Yumare en el imaginario nacional, fue la denominada "Masacre de Yumare" del 8 de mayo de 1986. Aunque los hechos ocurrieron en el caserío cercano de La Vaca, el nombre de Yumare quedó indisolublemente ligado a este oscuro capítulo de la historia venezolana. En aquella fecha, un comando de la extinta policía política, la Disip —hoy Sebin—, liderado por el comisario Henry López Sisco, asaltó un campamento de la ya debilitada guerrilla de izquierda. El saldo fue de nueve guerrilleros abatidos, en un suceso que, según versiones y denuncias posteriores, incluyó torturas en el sitio y ejecuciones extrajudiciales. La masacre de Yumare se convirtió en un símbolo de la represión estatal y la impunidad en un período que, si bien se autodenominaba democrático, no estuvo exento de sombras.

Hoy, Yumare se presenta como un pueblo de casas sencillas, en su mayoría construidas por el antiguo Instituto Nacional de la Vivienda (Inavi) durante la era democrática puntofijista. El verdor tropical que lo rodea contrasta con la sensación de estancamiento que parece permear sus calles. Durante la visita de un equipo periodístico, la vida transcurría con una aparente normalidad, con niños jugando fútbol en la Plaza Bolívar, frente a la iglesia, aprovechando la suspensión de clases decretada por el gobierno nacional a raíz de los sismos. Esta estampa de calma y cotidianidad, pese a haber sido el punto de origen de una catástrofe nacional, subraya la resiliencia de sus habitantes, pero también la persistencia de un "olvido" que parece ser su condición más permanente.

El "doblete sísmico" de junio no solo puso a prueba la geología venezolana, sino que también iluminó, aunque fugazmente, la realidad de comunidades como Yumare. Un pueblo que, por un lado, desafía las expectativas al permanecer relativamente ileso ante una fuerza natural devastadora, y por otro, encarna la memoria de tragedias pasadas y el desafío constante de superar el abandono económico y la indiferencia. Su historia, marcada por la pérdida de su principal sustento agrícola y por un episodio de violencia política que aún resuena, lo convierte en un epicentro no solo de movimientos telúricos, sino también de las complejidades y contradicciones de la Venezuela profunda.