"Venezuela nunca permitiría una guerra civil": habla el militar que se rebeló contra Chávez exiliado en Marbella
El contralmirante Carlos Molina Tamayo participó en el fallido golpe de estado de 2002. Tras 22 años exiliado, este antiguo mando es parte activa de la resistencia exterior al régimen de Maduro
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Fuente Original
El Confidencial
18 abr. 2026
El 11 de abril de 2002 Venezuela pudo cambiar su rumbo para siempre, pero el giro se quedó en un paréntesis de dos días. 48 horas en las que el poder se le resbaló de las manos a Hugo Chávez, defenestrado por un golpe de Estado sin tanques en Caracas precedido de un goteo de pronunciamientos. Carlos Molina Tamayo, contralmirante de la Armada venezolana, fue uno de los mandos que se plantó y, enfundado en su uniforme, pidió el enjuiciamiento y la dimisión del presidente para “recuperar la libertad y la dignidad nacional”. Lo hizo sin armas, ante los medios, en una nada común rueda de prensa castrense en un hotel caraqueño.
“No podía hablarse de un golpe en sentido clásico porque los militares no salieron a la calle; todo lo contrario, fueron acuartelados. Pero cuando unos oficiales desconocen públicamente la autoridad del presidente elegido y le piden la renuncia, eso es un golpe", recordaba Carlos Chirinos, antiguo corresponsal de BBC Mundo en la capital venezolana, en un artículo publicado en 2012 a propósito del décimo aniversario del episodio.
El periodista estuvo el día después en el Palacio de Miraflores, entre corrillos de militares, con Chávez recién depuesto y Pedro Carmona, ‘El Breve’, a punto de autoproclamarse presidente. “Todo era tan confuso y caótico que nadie se dio cuenta de mi presencia. A nadie pareció importarle que estuviera ahí, en el salón donde se maneja el poder en Venezuela”. La asonada dejó 18 muertos y 69 heridos frente a la sede del Gobierno, donde se enfrentaron chavistas que permanecían acampados y partidarios del alzamiento que llegaron en manifestación.
La sublevación no le saldría gratis a nadie. Molina Tamayo lleva 22 años exiliado, la mayoría en Marbella. Pero cerca estuvo de no contarlo. Dio con sus huesos en una cárcel, luego permaneció en arresto domiciliario y fue ahí cuando unos contactos del servicio de inteligencia le filtraron los planes que había para él: una celda en la prisión de delincuentes comunes de Yare, en la que iba a ser liquidado. Su siguiente paso sería la clandestinidad en El Salvador. Aunque que la oposición la ejerciese el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional —aliados del chavismo— era como para pensar en cambiar de aires. Y eso hizo.
Era el precio a pagar por alinearse contra Chávez, del que llegó a ser compañero de promoción. “Sin conocerlo personalmente hasta entonces”, matiza siempre que se le pregunta. Una vez en el poder, el principal artífice de la Revolución Bolivariana primero lo ratificó en su puesto como director de Armamento de las Fuerzas Armadas y, pasado año y medio, lo promovió como consejero de Seguridad y Defensa.
Sería ostentando ese cargo cuando se produjeron los choques que le hicieron cambiar de parecer hasta el extremo. “Prometió libertad e impuso el modelo comunista: te rompe las piernas, te regala unas muletas y, si te portas mal, te las quita para que te arrastres. Engañó a todos”, relata el contralmirante en conversación con El Confidencial.
Más de dos décadas después, este antiguo mando, experto en guerra asimétrica y electrónica, es parte activa de la resistencia exterior al régimen de Maduro y sigue de cerca la evolución de su nación, a la que defiende sin morderse la lengua también como comentarista de actualidad en medios internacionales.
Para explicar lo que debería suceder ahora, traza un paralelismo histórico: lo ocurrido tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, cuando el general Douglas MacArthur desmanteló el poder de los radicales e impulsó reformas orientadas a la democratización. “Es un camino que hay que seguir sin reservas”. El problema: que “Delcy Rodríguez no es Hirohito”.
A diferencia del emperador nipón, que aceptó la tutela de la potencia aliada y no puso impedimento a sus planes, la presidenta encargada “cumple órdenes porque quedó escarmentada y quiere salvar su alma de los Estados Unidos”. Pero avisa: ni ella ni su hermano Jorge, actual mandamás de la Asamblea Nacional, son socios en los que confiar. “Son lobos con piel de cordero”.
A ambos los describe como dos mandatarios “con una larga trayectoria de engaño” y artífices de una estrategia para ganar tiempo. Su anhelo, asegura, es resistir lo suficiente con la esperanza de que el liderazgo de Donald Trump —cuyas intervenciones militares han abierto fisuras dentro del movimiento MAGA— se desgaste a la espera de un relevo en la Casa Blanca que altere de nuevo el tablero.
“Van a salir antes”, subraya. “Si no, corren el riesgo de que se actúe otra vez”. Algo que se podría antojar aún más sencillo que el pasado 2 de enero, cuando Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores acabaron presos, puesto que ahora “la CIA campa a sus anchas por Venezuela”. El mismo Maduro había invocado en su día el fantasma de Vietnam como advertencia, augurando que cualquier intervención derivaría en un conflicto largo y costoso. Lejos de eso, la rapidez de la Operación Resolución Absoluta lo pilló por sorpresa. También aquel famoso vengan por mí, cobardes quedó para la historia. “Pura bravuconada”, insiste.
Con todo, la caída no fue total y parte del aparato de poder, aunque descabezado y vigilado al extremo, sigue en pie. “La hoja de ruta de EE. UU. no pasa solo por estabilizar la economía y regenerar instituciones. Hay que hacer una completa reingeniería”. Molina Tamayo lo describe como un proceso a varias velocidades del que no excluye a quienes fueron los “grandes capos” del llamado hijo de Chávez, a los que no descarta que puedan “correr la misma suerte”.
Se refiere, en primera instancia, al ministro del Interior, Diosdado Cabello, al que Washington vincula al Cártel de los Soles y considera el narco más buscado tras la muerte a tiros de Nemesio Oseguera, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Hasta la captura de Maduro, la suma ofrecida por Cabello era de 10 millones de dólares; después se elevó a 25, en línea con su peso dentro del régimen. El otro objetivo señalado es el exministro de Defensa reubicado en el departamento de Agricultura, Vladimir Padrino, por el que se ofrecen 15 millones a cambio de información que conduzca a su encierro.
Por el momento, la administración Trump sigue trabajando con el núcleo duro del chavismo y descartó inicialmente a María Corina Machado como figura para pilotar el cambio. Las razones esgrimidas desde la Casa Blanca fueron una posible falta de control sobre las Fuerzas Armadas venezolanas y el riesgo de un estallido de violencia interna; mientras tanto, el presidente norteamericano ha compartido distintas opiniones sobre ella que han desconcertado a la opinión pública internacional, controversia con el Nobel de la Paz mediante.
“EE.UU. cuida que Venezuela no caiga en una guerra civil”, sostiene el contralmirante, que afirma que esta situación transitoria es necesaria y que la líder opositora regresará “pronto” para concurrir a unas elecciones, como demostrarían sus recientes reuniones con halcones de Washington. “Volverá protegida por los mismos chavistas. Ellos saben que no les puede pasar nada o sería el caos, su fin”.
La propia Machado ha venido manifestando su interés por regresar desde el principio, al tiempo que las reacciones de Trump han variado del elogio a la displicencia, pasando por el apoyo a otros sectores de la oposición al invitar a Enrique Márquez a su discurso sobre el Estado de la Unión; unos movimientos que el exmilitar interpreta como “puro ruido de fondo”. “Recordemos que él no se comporta como un político. Es un empresario y un negociador duro que cuando dice algo elocuente o anuncia un cambio de planes no siempre significa lo obvio”.
La de Molina Tamayo ha sido una las voces que ha venido reclamando —y que ha vaticinado— una intervención estadounidense en Venezuela. Al sucesor de Chávez lo tilda de “cenutrio” y de “títere de los hermanos Rodríguez”, a quienes considera “su parte inteligente”.
Ahora, avanzado en el proceso de reconfiguración política, manifiesta que las pretensiones de Estados Unidos en la región “son muy grandes” porque “su situación está afectando a sus intereses” y que “la mira está puesta en Cuba y Nicaragua, que tienen sistemas políticos nefastos igual que el madurismo”. La escalada de tensiones con ambos países es evidente.
El caso más extremo es el del régimen castrista, al que Washington ya urgió a alcanzar un acuerdo o, de lo contrario, “haremos lo que tengamos que hacer”, aunque dejando claro que “haremos lo de Irán antes que lo de Cuba”. La reacción de la isla, sometida a un fuerte embargo energético, no se ha hecho esperar y ya ha iniciado la liberación de 2.000 presos, además de abrir su sector privado a la inversión por parte de los exiliados. En paralelo, Daniel Ortega y Rosario Murillo pusieron fin al régimen de libre visado para los ciudadanos cubanos, quienes hasta ahora solían llegar a Managua o cruzar por vía terrestre la frontera sur como parte de su ruta migratoria hacia EE.UU.
En Venezuela, los planes a seguir pasan por la gestión de la industria petrolera, que los norteamericanos se han garantizado desde el primer momento, haciendo enarcar más de una ceja. Una realidad que no le es ajena al exmilitar, originario de Maracaibo —la segunda zona con más reservas de Venezuela, por detrás de la Faja Petrolífera del Orinoco; la primera a nivel mundial—. El contralmirante insiste en que buena parte del crudo se movía en el contrabando a través de la denominada flota fantasma; esto es, buques con destino a China, Rusia e Irán, que Washington ha empezado a interceptar. “Inclusive en 2024 meten preso al exministro de Petróleo Tareck El Aissami acusado de un desfalco de 25.000 millones de dólares”.
Molina Tamayo subraya que la explotación del crudo por parte de los estadounidenses supone ya la llegada de inversiones y tecnología de la que no se disponía. “Todo lo que están haciendo se quedará; no se puede entender como una depredación, tal como lo hace la izquierda radical. Si vienen empresas, deben desarrollar obras: hacer carreteras o mejorar el sistema eléctrico, que está devastado, porque sin eso una industria no funciona”. Un despliegue de capitales que califica de “pequeño Plan Marshall”, como el que Estados Unidos brindó a países europeos en 1948 para recuperarse de la guerra, con el dólar y las empresas norteamericanas en una posición ventajosa. “Y todo salió bien”.
El 11 de abril de 2002 Venezuela pudo cambiar su rumbo para siempre, pero el giro se quedó en un paréntesis de dos días. 48 horas en las que el poder se le resbaló de las manos a Hugo Chávez, defenestrado por un golpe de Estado sin tanques en Caracas precedido de un goteo de pronunciamientos. Carlos Molina Tamayo, contralmirante de la Armada venezolana, fue uno de los mandos que se plantó y, enfundado en su uniforme, pidió el enjuiciamiento y la dimisión del presidente para “recuperar la libertad y la dignidad nacional”. Lo hizo sin armas, ante los medios, en una nada común rueda de prensa castrense en un hotel caraqueño.