El histórico Colegio Agustiniano San Judas Tadeo de La Pastora, un pilar educativo y social en Caracas, sufrió un colapso parcial de su estructura el pasado 3 de julio, dejando a un vecino gravemente herido y a novecientos estudiantes sin su espacio de formación. Este desmoronamiento, atribuido directamente a la fragilización de sus cimientos por los sismos del 24 de junio, expone una vez más la precaria situación de la infraestructura venezolana y la vulnerabilidad de comunidades enteras ante la inacción o la insuficiencia de medidas preventivas.
El Desplome de una Institución y sus Consecuencias Humanas
La tarde del 3 de julio, la calle Real de La Pastora se vio envuelta en una nube de polvo y el estruendo del derrumbe que marcó el fin de una era para una parte del Colegio San Judas Tadeo. A pesar de que la institución había tomado la previsión de clausurar el "módulo 2" debido a fracturas en sus columnas, el colapso de la sección posterior del edificio se materializó, evidenciando que las advertencias estructurales eran solo el preludio de una tragedia que pudo ser mayor. Fray Johan Caldera, rector del colegio, relató cómo esa zona había sido marcada con una "etiqueta roja" y que, por fortuna, no había nadie en su interior al momento del desplome.
Sin embargo, la catástrofe no se limitó a los muros del colegio. Los escombros cayeron violentamente sobre el sector La Ribereña de Catuche, una comunidad adyacente que ya vivía bajo el temor constante de un desenlace fatal. Miguel Ángel Guerrero, de 36 años, se convirtió en la víctima más visible de este suceso, al sufrir una fractura craneal por el impacto de los trozos de muro que penetraron su hogar. Su padre, Miguel Guerrero, de 59 años, describió con angustia el momento en que escuchó el estruendo desde su trabajo y corrió para encontrar a su hijo desangrándose. La ironía del destino quiso que Miguel Ángel ya se encontrara en reposo, recuperándose de una cirugía reciente de vesícula, añadiendo una capa más de dolor a la ya difícil situación familiar. La señora Lenys Niño, su suegra, articuló el sentir de todo el vecindario: "Yo tenía miedo de que esto iba a pasar. El colegio está sobre nuestras casas. Vimos cómo caían cimientos el día del temblor." Un testimonio que revela no solo el miedo post-sísmico, sino también la percepción de un peligro latente y desatendido.




