La recurrencia de movimientos telúricos en Venezuela, un país asentado sobre una de las cortezas terrestres más activas del mundo, reaviva la crítica fundamental: la verdadera tragedia no reside en la inevitabilidad de los fenómenos naturales, sino en la ausencia de políticas de prevención y la imprevisión gubernamental para mitigar sus efectos letales. Más allá de la magnitud en la escala sísmica, la pérdida de vidas y el sufrimiento humano se convierten en un crudo reflejo del valor que las autoridades otorgan a la dignidad de sus ciudadanos, revelando una profunda falla de conciencia y de orden antropológico en la gestión pública.
Una Historia Sísmica Ignorada: De Cubagua a Caracas '67
La memoria geológica de Venezuela es un relato de constante actividad sísmica, a menudo ignorado o subestimado a lo largo de los siglos. Ya en 1530, la primera ciudad fundada en el territorio, Nueva Cádiz en la isla de Cubagua, fue devastada por un potente sismo, un presagio de la vulnerabilidad inherente de nuestras costas. Décadas más tarde, la isla quedaría desierta tras otro evento telúrico y un huracán. Durante los siglos XVII y XVIII, innumerables sacudidas generaron pérdidas humanas y materiales, pero fue el devastador terremoto de 1812 el que marcó a fuego la conciencia colectiva, destruyendo gran parte de Caracas, La Guaira, Barquisimeto y Mérida. Un evento que, en la ignorancia de la época, fue instrumentalizado por el clero como un "justo castigo del cielo".
Esta profunda historia geológica, que el barón de Humboldt ya había comenzado a desvelar, fue objeto de un estudio pionero a principios del siglo XX. Bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, el ministro de Obras Públicas, Luis Velez, comisionó al ingeniero Benjamín Baldó la elaboración de un informe sobre los terremotos en Venezuela en 1917. Baldó, hijo del general José Antonio Benjamín Baldó Pulido, fundador de la primera empresa petrolera 100% venezolana, documentó que, a diferencia de la antigua y estable zona de Guayana, el norte del país se asienta sobre una de las cortezas terrestres "más movedizas del mundo". Sorprendentemente, Baldó recordó cómo figuras ilustres de 1811, como Miguel José Sanz, ya advertían sobre la "trascendencia para la vida nacional" del estudio de la constitución geológica del subsuelo, abogando por un conocimiento profundo que hoy se antoja vital. La presencia de numerosas fuentes de aguas termales, algunas cercanas al punto de ebullición, atestigua la intensa actividad geotérmica subyacente, consolidando la tesis de que la prevención es la única vía.




