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Tras el terremoto ¡nadie se salva solo!

Tras el terremoto ¡nadie se salva solo!

Se ha repetido, a raíz del muy trágico y reciente terremoto de Caracas ―de dimensiones superiores y envolventes al de 1967, del que soy testigo y marcó mi ánimo desde entonces― que la pérdida de vidas no se debe a esos eventos naturales sino a la falta de prevención o imprevisión de los gobiernos para

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor26 jun. 2026

La recurrencia de movimientos telúricos en Venezuela, un país asentado sobre una de las cortezas terrestres más activas del mundo, reaviva la crítica fundamental: la verdadera tragedia no reside en la inevitabilidad de los fenómenos naturales, sino en la ausencia de políticas de prevención y la imprevisión gubernamental para mitigar sus efectos letales. Más allá de la magnitud en la escala sísmica, la pérdida de vidas y el sufrimiento humano se convierten en un crudo reflejo del valor que las autoridades otorgan a la dignidad de sus ciudadanos, revelando una profunda falla de conciencia y de orden antropológico en la gestión pública.

Una Historia Sísmica Ignorada: De Cubagua a Caracas '67

La memoria geológica de Venezuela es un relato de constante actividad sísmica, a menudo ignorado o subestimado a lo largo de los siglos. Ya en 1530, la primera ciudad fundada en el territorio, Nueva Cádiz en la isla de Cubagua, fue devastada por un potente sismo, un presagio de la vulnerabilidad inherente de nuestras costas. Décadas más tarde, la isla quedaría desierta tras otro evento telúrico y un huracán. Durante los siglos XVII y XVIII, innumerables sacudidas generaron pérdidas humanas y materiales, pero fue el devastador terremoto de 1812 el que marcó a fuego la conciencia colectiva, destruyendo gran parte de Caracas, La Guaira, Barquisimeto y Mérida. Un evento que, en la ignorancia de la época, fue instrumentalizado por el clero como un "justo castigo del cielo".

Esta profunda historia geológica, que el barón de Humboldt ya había comenzado a desvelar, fue objeto de un estudio pionero a principios del siglo XX. Bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, el ministro de Obras Públicas, Luis Velez, comisionó al ingeniero Benjamín Baldó la elaboración de un informe sobre los terremotos en Venezuela en 1917. Baldó, hijo del general José Antonio Benjamín Baldó Pulido, fundador de la primera empresa petrolera 100% venezolana, documentó que, a diferencia de la antigua y estable zona de Guayana, el norte del país se asienta sobre una de las cortezas terrestres "más movedizas del mundo". Sorprendentemente, Baldó recordó cómo figuras ilustres de 1811, como Miguel José Sanz, ya advertían sobre la "trascendencia para la vida nacional" del estudio de la constitución geológica del subsuelo, abogando por un conocimiento profundo que hoy se antoja vital. La presencia de numerosas fuentes de aguas termales, algunas cercanas al punto de ebullición, atestigua la intensa actividad geotérmica subyacente, consolidando la tesis de que la prevención es la única vía.

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Sin embargo, a pesar de este conocimiento ancestral y los recordatorios periódicos de la naturaleza, la sociedad venezolana pareció vivir en una especie de amnesia colectiva hasta el terremoto de Caracas de 1967. Aquel evento, que colapsó seis edificios y cobró la vida de 236 personas, dejando casi dos mil heridos, fue un punto de inflexión. La reacción inmediata del aparato público para el rescate y la solidaridad espontánea de la ciudadanía demostraron la capacidad de resiliencia del país. Pero, más allá de la respuesta humanitaria, la tragedia reveló una alarmante carencia: la inexistencia de códigos constructivos específicos para una nación sísmicamente activa.

La Respuesta Institucional Olvidada: El Legado de FUNVISIS y la Normativa Sísmica

El terremoto de 1967, con su dolorosa lección, catalizó una respuesta institucional ejemplar para su época. Fue el gobierno del presidente Raúl Leoni Otero, consciente de la magnitud del desafío, quien decretó la creación de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (FUNVISIS). Esta institución nació con un mandato claro y ambicioso: estudiar la sismicidad del país en profundidad y sentar las bases para una normativa de ingeniería que blindara las futuras construcciones.

FUNVISIS se convirtió en el faro científico de Venezuela en materia sísmica. Sus investigaciones permitieron, para 1982, la adopción de una normativa formal para el diseño de edificaciones, un hito en la ingeniería nacional. Por primera vez, se estableció una zonificación sísmica detallada del país, se clasificaron los suelos para fundaciones y se definieron métodos de cálculo estructural específicos para resistir los embates telúricos. Este marco técnico no fue estático; la experiencia del terremoto de Cariaco en 1997, aunque devastador en su momento, sirvió para incorporar tecnologías aún más avanzadas en el diseño y análisis estructural, demostrando una capacidad de adaptación y mejora continua.

El legado de FUNVISIS y la normativa sísmica representaron un compromiso del Estado venezolano con la protección de sus ciudadanos, basándose en la ciencia y la ingeniería. Fue un reconocimiento tácito de que los fenómenos naturales, aunque incontrolables, no tienen por qué ser sinónimo de catástrofe humana si se actúa con previsión y responsabilidad. Se construyó un andamiaje legal y técnico destinado a salvar vidas, fruto de la dolorosa experiencia y la voluntad política de una época. Este marco, que en su momento fue de vanguardia en la región, buscaba trascender la cultura de la improvisación y el "como vaya viniendo, vamos viendo" para instaurar una filosofía de prevención a largo plazo.

El Deterioro de la Prevención: Una Cuestión de Dignidad Humana y Voluntad Política

Pese a este valioso antecedente histórico y técnico, la realidad actual de Venezuela parece haber desandado el camino. Los sismos y terremotos, lejos de ser fenómenos impredecibles, siguen "madrugándonos" no por su ocurrencia, sino por la ausencia de una sensibilidad política que priorice los asuntos de largo plazo que conciernen al bienestar colectivo. La creencia de que los fenómenos telúricos son accidentes imponderables o inevitables ha permeado la gestión pública, revelando una preocupante "ausencia e insensibilidad" de quienes están llamados a cumplir el deber de proteger desde el poder.

La cultura del "presente perpetuo", esa filosofía de Eudomar Santos que el autor del informe original llama "como vaya viniendo, vamos viendo", ha socavado la planificación y la inversión en la prevención sísmica. La falta de mantenimiento de infraestructuras, la laxitud en la aplicación de normativas constructivas y la desinversión en instituciones como FUNVISIS son síntomas de un desinterés que tiene consecuencias directas sobre la vida y la integridad de los venezolanos.

La crítica se eleva entonces a un plano más profundo, trascendiendo lo técnico para anclarse en lo antropológico y ético. ¿Qué valor real ha tenido la vida de cada víctima para los sucesivos líderes del actual régimen, desde Hugo Chávez Frías hasta Nicolás Maduro, pasando por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello? La prolongación de este modelo de gobernanza por 27 años, una duración comparable a la del gomecismo, plantea interrogantes sobre la responsabilidad histórica y la prioridad de la dignidad humana en la agenda de quienes detentan el poder. El destino de cada ser humano sufriente, de cada vida comprometida por la imprevisión, se convierte en el barómetro de una gestión que, al ignorar la prevención, traiciona el más elemental de los deberes del Estado.

En un país con una memoria sísmica tan activa y una institucionalidad que en el pasado demostró capacidad de respuesta, la negligencia actual resulta inexcusable. La resiliencia de una nación frente a los embates de la naturaleza no se mide únicamente por la fortaleza de sus edificios, sino, fundamentalmente, por la solidez de sus instituciones y la voluntad política de sus gobernantes para priorizar la vida humana. La prevención sísmica, por tanto, no es solo una cuestión de ingeniería o sismología; es un imperativo ético y una deuda histórica con la dignidad de cada venezolano.