Sobreviviente de los terremotos «Vine de Haití a estudiar y viví con miedo ese 24 de julio»
Táchira.- De Haití a Venezuela en busca de un mejor futuro. Lindor Walkins, de 26 años, llegó a La Guaira por haber recibido una beca con residencia incluida, en la Universidad Martítima del Caribe. Su objetivo: ser profesional y ayudar a su familia en Haiti. Lo que menos se imaginó el joven es que sería
La Doble Travesía: De la Esperanza Haitiana al Terror Sísmico en Venezuela
La Guaira, Venezuela – Lindor Walkins, un joven haitiano de 26 años, llegó a Venezuela buscando una luz, una oportunidad para forjar un futuro profesional y aliviar la carga de su familia en su natal Haití. Aterrizó en La Guaira con una beca bajo el brazo para estudiar en la Universidad Marítima del Caribe, un sueño que lo traía a miles de kilómetros de casa, en un país que alguna vez fue faro de esperanza para migrantes. Sin embargo, el destino le tenía reservado un capítulo de terror que lo obligaría a revivir, de forma inesperada, el fantasma de la vulnerabilidad sísmica: se convirtió en sobreviviente de los terremotos que sacudieron la costa venezolana el pasado 24 de junio, una experiencia que lo sumergió en un miedo profundo y lo confrontó con la frágil realidad de su nuevo hogar.
Lindor, quien desde joven se esforzó por dominar el francés y el español para ampliar sus horizontes, había escapado de la crisis endémica de Haití con la determinación de superarse. Mientras cursaba la carrera de Administración de Derecho Internacional, complementaba sus estudios con un trabajo a medio turno en un club de Playa Grande, en La Guaira. Fue precisamente en ese lugar donde la tarde del 24 de junio, un día que prometía ser tranquilo y hermoso, se transformó en una pesadilla. Minutos después de las 6:00 de la tarde, justo cuando un cliente le entregaba su tarjeta para pagar, la tierra comenzó a moverse. "Me alejé del techo y me lancé en la arena", relata Lindor, "como a los 15 segundos ya temblaba menos, pero después tembló más fuerte. Viví con miedo todo lo que pasó en La Guaira".
Desde la orilla, Lindor fue testigo de una devastación que evoca ecos de su propia historia. Vio edificios desplomarse, escuchó explosiones y observó estructuras en llamas. El pánico era generalizado. "Yo estaba muy asustado, estaba temblando porque no sabía qué hacer", confesó a un medio local. La incertidumbre y el caos se apoderaron de la costa, dejando a su paso escombros y una sensación palpable de vulnerabilidad. Las horas siguientes fueron una odisea de ansiedad. Lindor permaneció en el club, en un espacio abierto que consideraba relativamente seguro, temiendo las réplicas y el caos que imaginaba en las calles si intentaba regresar a la universidad. Fue su compañero, también haitiano, quien, sorteando escombros y edificios colapsados, llegó a pie para asegurarse de que estaba bien. Juntos emprendieron el difícil camino de regreso a la residencia universitaria, donde la desolación era evidente. Lindor apenas pudo rescatar una mochila con su pasaporte y dos pantalones; el resto de sus pertenencias personales se perdió.
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Esta experiencia no era completamente ajena a Lindor. Aunque el devastador terremoto de Haití en 2010 no lo afectó directamente al vivir en un pueblo lejano, sí presenció las secuelas, la crisis económica y social que se desató en su país. La Guaira, con sus edificios caídos y el miedo palpable, le trajo recuerdos inquietantes de una resiliencia forzada que creía haber dejado atrás.
Venezuela: Una Nación en la Cuerda Sísmica y la Fragilidad de sus Cimientos
La historia de Lindor Walkins no es solo un relato de supervivencia individual; es un espejo que refleja la compleja realidad de Venezuela, un país que, a pesar de su histórica vocación de acogida, hoy lucha con sus propias debilidades estructurales y una profunda crisis multidimensional. La cadena de terremotos del 24 de junio, que el relato de Lindor describe con crudo detalle, puso de manifiesto la constante amenaza sísmica que pende sobre el territorio venezolano y la precaria situación de su infraestructura.
Venezuela se asienta en una zona de alta actividad sísmica, producto de la interacción de las placas tectónicas del Caribe y Sudamérica. La historia del país está marcada por eventos telúricos significativos, como el terremoto de Caracas de 1967, que dejó cientos de muertos y una profunda huella en la memoria colectiva, o el de 1812, que devastó gran parte del territorio y alteró el curso de la Guerra de Independencia. Estos antecedentes subrayan una realidad ineludible: los sismos no son una novedad, sino una constante que debería impulsar una planificación urbana rigurosa y una inversión sostenida en infraestructuras resilientes.
Sin embargo, la Venezuela contemporánea dista mucho de esa visión. Años de desinversión, corrupción y una crisis económica sin precedentes han mermado drásticamente la capacidad del Estado para mantener y desarrollar infraestructuras seguras. Edificios construidos sin apego a normas antisísmicas, mantenimiento deficiente de las redes de servicios públicos y la escasez de recursos para la respuesta a emergencias son solo algunas de las aristas de un problema que se agrava con cada movimiento telúrico. La imagen de edificios cayendo y estructuras incendiándose que Lindor presenció en La Guaira no solo es el resultado de la fuerza de la naturaleza, sino también de la fragilidad de una nación que ha visto desmoronarse sus pilares.
La respuesta gubernamental ante desastres naturales en Venezuela ha sido objeto de constante escrutinio. Mientras funcionarios de alto nivel, como Delcy Rodríguez, afirman haber actuado "de inmediato" ante los terremotos, las denuncias de los sobrevivientes y la realidad en el terreno suelen contradecir estas narrativas oficiales. La falta de transparencia, la politización de la ayuda y la incapacidad de coordinar una respuesta efectiva son críticas recurrentes. En un país donde la propaganda a menudo sustituye la acción concreta, la brecha entre el discurso oficial y la experiencia de los ciudadanos se ensancha, erosionando aún más la confianza en las instituciones. Esta desconexión no solo afecta la percepción pública, sino que tiene consecuencias directas en la seguridad y el bienestar de la población en momentos de crisis.
La Solidaridad como Única Red de Contención
En medio del caos y la incertidumbre, la historia de Lindor también es un testimonio de la inquebrantable solidaridad humana que emerge en los momentos más oscuros. Tras los terremotos, fue Rubén Salcedo, un amigo tachirense, quien le ofreció un refugio seguro. La familia Salcedo, desde La Grita, en el estado Táchira, lo esperaba con los brazos abiertos. El viaje de Lindor a Caracas, y luego a Táchira, fue una travesía de esperanza. En la capital, encontró ayuda en una "venta de verduras", donde "los gochos" (como se conoce a los andinos) le brindaron apoyo, una primera sensación de resguardo que, aunque no le quitó el miedo, le ofreció un respiro.
Al llegar a La Grita, la familia Salcedo le proporcionó ropa, alimentos y, lo más valioso, abrazos y un sentido de pertenencia. Esta red de apoyo informal, tejida por lazos de amistad y compasión, es un reflejo de cómo la sociedad civil venezolana, a menudo, suple las carencias de un Estado debilitado. En un país donde millones han emigrado en busca de mejores condiciones, la historia de Lindor representa una contramarea, un joven que llegó buscando futuro y se encontró con la resiliencia de quienes aún apuestan por Venezuela, o de quienes, como él, están atrapados entre la esperanza y la adversidad. La paradoja de un migrante que busca refugio en un país del que tantos huyen, y que encuentra esa ayuda en la solidaridad individual, es un potente recordatorio de la humanidad que persiste más allá de las fronteras y las crisis.
Implicaciones: Un Futuro en Suspenso y la Urgencia de la Transparencia
La experiencia de Lindor Walkins y los terremotos de junio en La Guaira tienen profundas implicaciones para Venezuela, abarcando lo social, lo económico y lo político.
Socialmente, eventos como estos profundizan el trauma colectivo de una población ya castigada por años de crisis. La pérdida de viviendas, la interrupción de la vida cotidiana y la constante amenaza de nuevas réplicas generan estrés, ansiedad y un sentido de inseguridad. Para estudiantes como Lindor, significa la interrupción de sus estudios, la pérdida de pertenencias y la incertidumbre sobre cuándo y cómo podrán retomar sus objetivos. La resiliencia individual y la solidaridad comunitaria se convierten en los principales mecanismos de afrontamiento ante la debilidad de las instituciones estatales.
Económicamente, la capacidad de Venezuela para recuperarse de un desastre natural es casi nula en su estado actual. La reconstrucción de infraestructuras colapsadas requeriría una inversión masiva que el país, sumido en una recesión prolongada, hiperinflación y sanciones internacionales, simplemente no puede afrontar. Esto no solo afecta a los individuos que pierden sus hogares y negocios, sino que también ejerce una presión adicional sobre una economía ya frágil, desviando los pocos recursos disponibles de otras áreas críticas y profundizando la pobreza.
Políticamente, la gestión de desastres naturales se convierte en un termómetro de la gobernanza. La contradicción entre las afirmaciones oficiales de respuesta inmediata y las vivencias de los afectados, como la de Lindor, subraya la necesidad de una mayor transparencia y rendición de cuentas. En un contexto donde la libertad de expresión está comprometida, medios como "Libertad VZLA" juegan un papel crucial al dar voz a los sobrevivientes y exponer las deficiencias, forzando un debate público sobre la preparación ante desastres, la calidad de la infraestructura y la eficacia de las políticas públicas. La confianza en las instituciones se erosiona aún más cuando los ciudadanos perciben que sus necesidades no son atendidas o que la información es manipulada.
Conclusión: La Resiliencia en la Espera
Lindor Walkins, con su pasaporte y su sueño de un título universitario intactos, se encuentra ahora en La Grita, a la espera. "Mi objetivo es salir de Venezuela con un título", afirma con determinación. Espera las decisiones de las autoridades universitarias y del Estado para saber cómo continuará su formación. Su familia en Haití, su padre taxista y su madre comerciante, junto a sus hermanos periodista y fotógrafo, lo apoyan en su decisión de esperar y luchar por su meta.
La historia de Lindor es un microcosmos de la Venezuela actual: un país de contrastes, donde la esperanza de un futuro mejor se encuentra con la cruda realidad de la crisis y la vulnerabilidad. Es un testimonio de la fragilidad humana ante la fuerza de la naturaleza, pero también de la inquebrantable voluntad de superación y la profunda capacidad de solidaridad que aún reside en el corazón de su gente. Mientras Lindor aguarda, su historia nos recuerda que, más allá de la devastación, la verdadera resiliencia se construye sobre la verdad, la transparencia y el compromiso inquebrantable con la dignidad humana. En un país que se sacude, tanto por la tierra como por sus propias contradicciones, la voz de quienes sobreviven y se niegan a rendirse es la que debe resonar más fuerte, exigiendo un futuro más seguro y justo para todos.