“Si mi hermana se fue de este mundo, a su hijo no le faltará nada”: La promesa de la tía de Kleiber Morán
Cuando Andreína Sarmiento se enteró del doble terremoto que azotó al estado La Guaira el pasado 24 de junio, intentó comunicarse —sin éxito— no menos de cien veces con su hermana, Ana Luz. Cada llamada sin respuesta le confirmaba su corazonada: “Algo le pasó”. Andreína no esperó a tener información oficial. Su mal presentimiento era
La Guaira, Venezuela – En medio de la desolación que dejó el doble terremoto que sacudió el estado La Guaira el pasado 24 de junio, un rayo de esperanza emergió de entre los escombros: el rescate milagroso de Kleiber Morán, un niño de apenas dos años, quien sobrevivió cinco días atrapado bajo los restos de un edificio derrumbado. Su hallazgo, concretado por equipos de rescate internacionales, no solo representa un testimonio de la resiliencia humana, sino que también pone de manifiesto las profundas deficiencias en la capacidad de respuesta inmediata del Estado venezolano ante una catástrofe de gran magnitud, dejando a las familias en una búsqueda solitaria y desesperada.
La Odisea de Una Búsqueda Solitaria Frente a la Desidia Oficial
La noticia de los sismos, que alcanzaron magnitudes de 7.2 y 7.5, respectivamente, llegó a Andreína Sarmiento en Mérida como un presagio ominoso. La imposibilidad de comunicarse con su hermana, Ana Luz, residente en La Guaira, encendió una alarma que la impulsó a emprender un viaje de más de 600 kilómetros. Sin esperar confirmación oficial ni asistencia, Andreína preparó una mochila con lo esencial y se lanzó a la carretera, llegando a Caracas en la madrugada del viernes, solo para descender a un estado sumido en el caos y la devastación.
El panorama en el edificio Los Corales Garden 1, donde residían su hermana, su cuñado y su sobrino Kleiber, era desolador. La estructura de siete pisos se había desplomado parcialmente, transformándose en una maraña de concreto y hierro retorcido. Lo más impactante, y que generó una profunda indignación entre los familiares, fue la ausencia inicial de equipos de rescate especializados, maquinaria pesada o personal gubernamental en las primeras y cruciales horas posteriores al desastre. Andreína y sus hermanos se vieron obligados a iniciar una búsqueda manual, arriesgando sus propias vidas entre las ruinas inestables.
Con una valentía forjada por el amor familiar, Andreína se adentró en los restos del edificio, escalando entre paredes caídas, muebles destrozados y escombros. Ignorando las advertencias sobre el peligro inminente, logró identificar el apartamento de su hermana, encontrando objetos personales y señales recientes de vida que alimentaron una esperanza frágil. Sin embargo, los esfuerzos iniciales fueron infructuosos. La oscuridad de la noche, y la falta de equipo adecuado, forzaron la interrupción de la búsqueda en los dos primeros días, dejando a la familia en un limbo de angustia y desesperación.
El ambiente se tornaba cada vez más lúgubre, con el inconfundible olor a descomposición que empezaba a emanar de los restos. A pesar de la creciente desesperación, la familia Sarmiento no cejó en su empeño. La ausencia de una respuesta coordinada por parte de las autoridades nacionales durante las primeras 72 horas críticas, cuando las posibilidades de encontrar sobrevivientes son mayores, es un punto que resalta la fragilidad de los mecanismos de protección civil en Venezuela. Esta situación obligó a los ciudadanos a asumir roles que, en cualquier nación con instituciones robustas, corresponderían al Estado.
El Milagro Gestado por la Solidaridad Internacional y la Fragilidad de la Respuesta Nacional
Fue el domingo, varios días después de la tragedia, cuando la dinámica en La Guaira comenzó a cambiar con la llegada de equipos de rescate extranjeros. En un escenario donde las posibilidades de encontrar vida se reducían drásticamente, la presencia de especialistas foráneos, particularmente del equipo de Jordania, se volvió crucial. Esta intervención internacional subraya una vez más la dependencia del país de la ayuda externa en momentos de crisis severas, evidenciando la falta de preparación y recursos propios para abordar desastres de tal envergadura, que según cifras oficiales, dejaron más de 13.000 edificaciones destruidas.
En la madrugada del martes 30 de junio, la llamada tan anhelada llegó a Andreína: Kleiber había sido encontrado con vida. El pequeño de dos años había soportado cinco días bajo los escombros, sin acceso a agua, comida o luz, en un ambiente hostil y claustrofóbico. Los rescatistas jordanos lo hallaron sobre un recipiente de agua, un detalle que Andreína recordaba haber visto en sus propias búsquedas, pero sin rastro del niño, quien probablemente, por miedo, se mantuvo oculto.
El traslado de Kleiber al Hospital Domingo Luciani de El Llanito, en Caracas, marcó el fin de su calvario físico. Pese a la magnitud de la experiencia, el niño solo presentaba raspones y su condición general fue catalogada como favorable, aunque bajo observación en la emergencia pediátrica de politraumatizados. El reencuentro con su tía fue un momento de profunda emoción y confirmación. Las palabras de Kleiber, "La tía ella, la tía ella", dichas al ver a Andreína, disiparon cualquier duda y sellaron un lazo de amor y supervivencia. Este milagro, sin embargo, no puede desvincularse del contexto de una respuesta estatal inicial que brilló por su ausencia, dejando a las comunidades a merced de la tragedia y a la espera de la ayuda humanitaria.
Un Futuro Incierto y la Promesa de Amor Incondicional
A pesar del júbilo por el rescate de Kleiber, la sombra de la incertidumbre se cierne sobre la familia. Ana Luz y el padre del niño continúan desaparecidos, y los equipos de búsqueda, junto con otros miembros de la familia, mantienen una fe inquebrantable en un segundo milagro. Mientras tanto, la Ley Orgánica de Protección al Niño, Niña y Adolescente (Lopnna) ha iniciado los trámites para gestionar la custodia temporal de Kleiber, reconociendo la necesidad de asegurar su bienestar futuro.
La recuperación de Kleiber no será solo física. Andreína describe momentos en los que el niño entra en "shock momentáneo" y llora, presumiblemente reviviendo el trauma vivido. La tía, con una sabiduría y fortaleza admirables, ya reflexiona sobre la difícil tarea de narrarle a Kleiber lo sucedido, convencida de que el niño "tiene derecho a saber qué pasó con sus padres", sin ocultarle la cruda realidad. Esta decisión refleja un compromiso con la salud mental y emocional del pequeño a largo plazo, en un país donde el acceso a apoyo psicológico especializado para víctimas de desastres es limitado.
En este panorama de pérdida y renacimiento, la promesa de Andreína Sarmiento resuena con una fuerza inquebrantable: "Si mi hermana se fue de este mundo, a su hijo no le faltará nada". Es un juramento de amor incondicional y un compromiso con el futuro de Kleiber, sea cual sea el desenlace de la búsqueda de sus padres. Este acto de profunda humanidad contrasta con la frialdad de una respuesta gubernamental que, en sus fases iniciales, pareció desbordada o ausente, dejando en evidencia la vulnerabilidad de la población ante eventos naturales de gran escala.
El caso de Kleiber Morán es más que una historia de supervivencia; es un crudo recordatorio de la resiliencia del espíritu humano frente a la adversidad más extrema, pero también una crítica implícita a la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos en momentos de crisis. La búsqueda de los padres continúa, y con ella, la esperanza en un país que, a menudo, encuentra su fuerza en la solidaridad de su gente ante la debilidad de sus instituciones.