Presos en Poli-Miranda realizan protesta pacífica para denunciar retardo procesal
Los Teques.- Un grupo de privados de libertad recluidos en la Comandancia General de Poli-Miranda con sede en Los Teques hicieron público un video el 31 de mayo para denunciar la situación que enfrentan en el marco de sus causas penales. En la grabación, los detenidos aseguran que iniciaron una protesta pacífica para exigir que sus […]
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El Pitazo
2 jun. 2026
Clamor desde los Calabozos: Presos de Poli-Miranda Denuncian Retardo Procesal y Amenazas en Centros de Detención Convertidos en Prisiones
LOS TEQUES, Miranda – El silencio cómplice que a menudo envuelve las penurias de los centros de detención preventiva en Venezuela fue roto el pasado 31 de mayo por un grupo de privados de libertad recluidos en la Comandancia General de Poli-Miranda, con sede en Los Teques. A través de un video difundido públicamente, estos hombres, con los rostros cubiertos por temor a represalias, levantaron su voz en una protesta pacífica que destapó una vez más la dramática realidad del retardo procesal y las precarias condiciones que caracterizan al sistema judicial y penitenciario del país.
La denuncia, que involucra a 31 detenidos según reportes iniciales, no solo pone en evidencia la parálisis de la justicia, sino que también expone graves amenazas por parte de las autoridades del centro, subrayando la vulnerabilidad extrema de quienes, bajo custodia del Estado, deberían ver garantizados sus derechos fundamentales. Este episodio en Poli-Miranda es un microcosmos de una crisis humanitaria y de derechos humanos que se extiende por todo el territorio nacional, convirtiendo a las estaciones de policía en prisiones improvisadas y a la esperanza de justicia en una quimera.
El Grito de Auxilio desde Poli-Miranda: Retardo Procesal y Amenazas
El video, que rápidamente circuló, mostraba a los detenidos exigiendo algo tan básico como el avance de sus causas penales, el respeto al debido proceso y la concesión de los beneficios que, por ley, podrían aplicarles. Su reclamo central, el retardo procesal, es una constante en el sistema judicial venezolano, donde miles de personas esperan por años una audiencia preliminar, un juicio o una sentencia firme, sumergidos en un limbo legal que vulnera su derecho a la libertad y a una justicia expedita.
Pero la protesta fue más allá de la denuncia de la lentitud judicial. Los privados de libertad señalaron directamente al director del cuerpo de seguridad y al jefe de Investigación Penal, a quienes responsabilizaron de cualquier agresión o daño que pudieran sufrir. La presencia de funcionarios armados en el exterior de los calabozos, según su testimonio, representa una amenaza inminente para su integridad física y sus vidas, una táctica intimidatoria que busca acallar las voces disidentes y disuadir futuras denuncias.
Un punto crucial en su reclamo es el hecho de que, a pesar de su condición de procesados, no han sido trasladados a centros penitenciarios adecuados. Permanecen en un centro de detención preventiva que, por diseño y normativa, solo debería albergar a personas por un máximo de 48 horas. Esta situación, lejos de ser excepcional, es una norma en Venezuela y es la raíz de un hacinamiento crónico que ha sido sistemáticamente denunciado por organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales. Los calabozos policiales, concebidos para detenciones transitorias, se han transformado en prisiones de facto, con las consecuencias desastrosas que ello conlleva para la dignidad y los derechos humanos de los reclusos.
Los detenidos, en medio de su desesperación, hicieron un llamado urgente a la intervención de instituciones competentes como la Defensoría del Pueblo y el Ministerio Público, así como a organismos internacionales de derechos humanos. Además, recomendaron a sus familiares documentar cualquier evidencia relacionada con su situación, un paso vital para construir expedientes de denuncia y buscar justicia más allá de las fronteras nacionales, ante la ineficacia o la inacción de las instancias locales.
Un Sistema al Borde del Colapso: El Contexto Venezolano
La situación en Poli-Miranda no es un incidente aislado, sino un síntoma alarmante de la profunda crisis que atraviesa el sistema de justicia y penitenciario en Venezuela. El retardo procesal es una enfermedad sistémica, alimentada por una combinación de factores: la escasez de jueces, fiscales y defensores públicos; la falta de recursos materiales y tecnológicos en los tribunales; la corrupción endémica que permea todas las capas del poder judicial; y, en muchos casos, la injerencia política que socava la independencia de los operadores de justicia. La pandemia de COVID-19, además, exacerbó esta situación, paralizando tribunales y extendiendo aún más los tiempos de espera.
La figura de los "centros de detención preventiva" (CDP) convertidos en prisiones es quizás una de las manifestaciones más crudas de esta crisis. Organizaciones como el Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) y Provea han documentado profusamente cómo las comisarías policiales y los destacamentos militares, diseñados para albergar a personas por un período máximo de dos días mientras se define su situación legal, se han transformado en "cárceles paralelas" donde los detenidos pueden pasar meses o incluso años.
Las condiciones en estos CDP son infrahumanas: hacinamiento extremo, falta de acceso a agua potable y saneamiento básico, alimentación deficiente o inexistente (dependiendo en gran medida de los familiares), ausencia de atención médica adecuada, proliferación de enfermedades contagiosas como la tuberculosis, y un ambiente propicio para la violencia, la extorsión y los tratos crueles, inhumanos y degradantes. La escasez de cupos en las cárceles formales, sumada a la incapacidad del Estado para gestionar el sistema penitenciario, ha creado un cuello de botella que condena a miles de personas a una reclusión irregular y precaria.
Este fenómeno viola múltiples tratados y convenciones internacionales de derechos humanos de los que Venezuela es signataria, incluyendo el derecho a la vida, a la integridad personal, a la libertad, al debido proceso y a ser juzgado sin dilaciones indebidas. La prolongada reclusión en condiciones de hacinamiento y la falta de acceso a la justicia representan una negación flagrante de la dignidad humana y un fracaso del Estado en su deber de proteger a sus ciudadanos, incluso a aquellos que han sido acusados de delitos.
Implicaciones: Un Tejido Social y Político Desgastado
Las implicaciones de esta crisis son multifacéticas y profundas, afectando el tejido social, político y, en última instancia, económico de Venezuela.
En el ámbito social, el retardo procesal y las condiciones de los CDP erosionan la confianza de la ciudadanía en las instituciones de justicia. Cuando la justicia es lenta o inexistente, se fomenta la impunidad, se desincentiva la denuncia y se perpetúa un ciclo de violencia. Las familias de los detenidos, a menudo con escasos recursos, se ven obligadas a asumir la carga de su manutención y la gestión de sus procesos legales, lo que agrava su situación de vulnerabilidad. La protesta de Poli-Miranda es un recordatorio de que la desesperación puede escalar a estallidos de violencia o protestas más contundentes, incluso en los entornos más controlados. La sociedad percibe un Estado que no puede o no quiere garantizar la seguridad jurídica, lo que genera un ambiente de incertidumbre y descontento.
Políticamente, la situación de los centros de detención y el sistema judicial venezolano es una fuente constante de condena internacional. Los informes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y diversas ONG internacionales señalan repetidamente las graves violaciones. Esto no solo empaña la imagen de Venezuela en el escenario global, sino que también puede tener consecuencias diplomáticas y jurídicas, como la posible activación de mecanismos de justicia internacional. Internamente, la incapacidad del gobierno para reformar y sanear el sistema judicial debilita el Estado de derecho y socava la legitimidad de las instituciones, perpetuando un modelo de gobernanza que no rinde cuentas y que es ajeno a los principios democráticos.
Aunque menos directo, existen también implicaciones económicas. Un sistema de justicia disfuncional y corrupto es un obstáculo formidable para la inversión y el desarrollo económico. La falta de seguridad jurídica y la percepción de que los derechos de propiedad y las garantías procesales no están protegidos desalientan la inversión nacional y extranjera, fundamental para la recuperación del país. Además, el costo de mantener un sistema penitenciario y de detención tan ineficiente y con tantos problemas humanitarios es enorme, desviando recursos que podrían ser utilizados en áreas más productivas para el bienestar de la población. La pérdida de capital humano, con miles de personas jóvenes y productivas languideciendo en prisiones irregulares, también representa un drenaje económico y social significativo.
Un Clamor por la Dignidad y la Justicia
La protesta pacífica en la Comandancia General de Poli-Miranda es más que una noticia local; es un urgente llamado de atención sobre la profunda crisis humanitaria y de derechos humanos que se vive en los calabozos de Venezuela. Es el eco de miles de voces silenciadas que, desde la oscuridad de un calabozo policial diseñado para 48 horas, claman por el elemental derecho a la justicia, al debido proceso y a la dignidad humana.
Desde "Libertad VZLA", reafirmamos nuestro compromiso inquebrantable con la libertad de expresión y la defensa de los derechos humanos. Es imperativo que las autoridades venezolanas, desde la Defensoría del Pueblo hasta el Ministerio Público y el Poder Judicial, actúen de manera inmediata y contundente para investigar las denuncias de retardo procesal y las amenazas vertidas contra los detenidos en Poli-Miranda. Asimismo, se hace impostergable una reforma estructural del sistema de justicia y penitenciario que ponga fin a la práctica de mantener a personas en centros de detención preventiva por períodos prolongados y que garantice condiciones de reclusión dignas.
La comunidad internacional, por su parte, debe mantener una vigilancia constante y ofrecer su apoyo técnico y humanitario para abordar esta crisis. La justicia no puede seguir siendo un privilegio en Venezuela; es un derecho fundamental que debe ser garantizado a todos, sin excepción. La dignidad humana de quienes están bajo la custodia del Estado no es negociable. El clamor desde los calabozos de Poli-Miranda es un recordatorio de que la libertad y la justicia son pilares inamovibles de una sociedad que aspira a ser democrática y respetuosa de los derechos de todos sus ciudadanos. Ignorar este grito sería perpetuar una injusticia que deshonra a la nación entera.