La voz del periodismo independiente en Venezuela, a menudo silenciada o precarizada, ha encontrado un eco doloroso en la historia de Jessiree Querales. Esta joven periodista venezolana, cuya pasión por su tierra la trajo de vuelta tras años en el extranjero, se ha convertido en el rostro desgarrador de la catástrofe que asoló las costas de La Guaira el pasado 24 de junio. Rescatada de entre los escombros de su hogar, el edificio Coral Mar en Los Corales, Jessiree ha librado una batalla por su vida que, lamentablemente, la ha llevado a perder un brazo y una pierna, un tributo cruel a la furia de la tierra que también le arrebató a un ser querido y todo lo que con esfuerzo había reconstruido. Su historia no es solo un relato de supervivencia, sino un crudo recordatorio de la fragilidad humana ante la naturaleza y la urgente necesidad de preparación en un país que, como Venezuela, convive con la amenaza sísmica.
Jessiree Querales, de 29 años, representaba la esperanza de tantos venezolanos que, tras migrar buscando mejores horizontes, deciden regresar a su tierra natal. Según el emotivo testimonio de Deborah Moreno, su mejor amiga, Jessiree "siempre sintió que una parte de su corazón seguía en Venezuela". Fue en 2026 cuando tomó la decisión de volver, impulsada por el deseo de "reconstruir su vida, rodeada de su familia, sus amigos más cercanos y seres queridos". Se estableció en un apartamento en el séptimo piso del edificio Coral Mar, en Los Corales, una zona residencial de La Guaira conocida por su cercanía al mar y su vibrante vida, pero también, como se ha demostrado trágicamente, por su particular vulnerabilidad ante eventos naturales extremos.
El 24 de junio, la tierra rugió con una fuerza inusitada. Los terremotos que sacudieron La Guaira transformaron paisajes familiares en zonas de desastre. Los Corales, en particular, sufrió una devastación brutal. El edificio Coral Mar colapsó, atrapando a Jessiree bajo una montaña de escombros. Horas de angustia se sucedieron hasta que, en un acto de heroísmo y desesperación, fue su propia familia quien logró rescatarla. Este detalle subraya la capacidad de resiliencia y el profundo arraigo familiar que caracteriza a los venezolanos, pero también plantea interrogantes sobre la prontitud y eficacia de la respuesta de los organismos de rescate oficiales en las primeras y críticas horas tras la catástrofe. La periodista fue trasladada a un centro hospitalario con graves afectaciones, donde, tras días de lucha, los médicos se vieron obligados a amputarle un brazo y una pierna para salvar su vida. La tragedia personal de Jessiree se profundizó aún más con la pérdida de "una de las personas que más amaba en la vida" y la destrucción total de su hogar y sus bienes, un golpe demoledor para cualquiera que intenta reconstruir su existencia.
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La Guaira, y Venezuela en general, no son ajenas a la furia de la naturaleza. La nación se asienta sobre un complejo entramado de fallas geológicas activas, siendo la Falla de Boconó la más prominente, que atraviesa el país de suroeste a noreste. Históricamente, Venezuela ha experimentado terremotos devastadores, como el de Caracas en 1967, que dejó cientos de muertos y una profunda cicatriz en la memoria colectiva, o el de Cariaco en 1997. La propia La Guaira, entonces estado Vargas, fue escenario de la "Tragedia de Vargas" en 1999, aunque aquella fue causada por lluvias torrenciales y deslaves, no por un sismo. Sin embargo, aquel evento sí expuso la fragilidad de su infraestructura y la vulnerabilidad de sus asentamientos costeros. Estos antecedentes deberían haber impulsado una cultura de prevención y una planificación urbana rigurosa, especialmente en zonas de alto riesgo como Los Corales, donde la construcción de edificios de varios pisos en terrenos potencialmente inestables o sin las debidas normativas antisísmicas puede tener consecuencias fatales.
El caso de Jessiree Querales y la devastación en La Guaira tras los terremotos de junio de 2026, no solo nos confrontan con la magnitud de la tragedia personal, sino que también nos obligan a analizar las implicaciones más amplias para Venezuela.
Implicaciones Sociales: La pérdida de vidas, la destrucción de hogares y la amputación de miembros, como en el caso de Jessiree, generan un trauma colectivo que puede tardar décadas en sanar. Las comunidades afectadas enfrentan el desplazamiento forzado, la interrupción de la vida cotidiana y la necesidad urgente de apoyo psicológico y social. La solidaridad vecinal, como la que permitió el rescate de Jessiree por su familia, es un pilar fundamental en las primeras horas, pero la reconstrucción de tejido social y la provisión de vivienda digna y servicios básicos requieren una respuesta estatal robusta y sostenida. La crisis humanitaria compleja que vive Venezuela, con la precariedad de los servicios públicos y la escasez de recursos, sin duda exacerba la vulnerabilidad de las poblaciones frente a este tipo de eventos. Los sistemas de salud, ya colapsados, se ven aún más sobrecargados, y la atención a largo plazo para víctimas con discapacidades permanentes se convierte en un desafío monumental.
Implicaciones Económicas: La reconstrucción de infraestructuras, viviendas y negocios en una zona tan poblada como La Guaira representa una carga económica inmensa para un país ya sumido en una profunda recesión. La pérdida de bienes materiales de los ciudadanos, muchos de los cuales ya vivían con lo justo, agudiza la pobreza y la desesperanza. Sectores clave como el turismo, que se esfuerza por resurgir en la costa venezolana, sufren un golpe devastador. La inversión necesaria para la recuperación es colosal y, en un contexto de sanciones internacionales y limitada capacidad de endeudamiento, plantea serias dudas sobre la capacidad del Estado para afrontarla sin una ayuda internacional significativa y transparente. La falta de datos fiables sobre pérdidas y daños, un problema recurrente en Venezuela, dificulta aún más la evaluación y la planificación de la respuesta económica.
Implicaciones Políticas y de Gobernanza: La gestión de un desastre natural de esta magnitud pone a prueba la capacidad de respuesta y la transparencia de cualquier gobierno. En Venezuela, donde la confianza en las instituciones estatales se ha erosionado considerablemente, la eficacia en la coordinación de rescates, la distribución de ayuda humanitaria y la planificación de la reconstrucción son cruciales. La falta de inversión en mantenimiento de infraestructuras, la corrupción en la ejecución de obras públicas y la laxitud en la aplicación de normativas de construcción antisísmica en el pasado, podrían salir a la luz tras la evaluación de los daños. Es fundamental que haya rendición de cuentas y que se establezcan mecanismos claros para garantizar que los fondos de ayuda lleguen a quienes más los necesitan, sin desviaciones políticas o clientelares. La capacidad del Estado para informar de manera veraz y oportuna a la población, y para colaborar con organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil, será un barómetro de su compromiso con sus ciudadanos. La pregunta sobre si se han aprendido las lecciones de tragedias pasadas, como la de Vargas en 1999, resurge con dolorosa pertinencia.
El Rol del Periodismo: En este escenario de incertidumbre y dolor, el periodismo independiente, al que Jessiree Querales dedicó su vida, adquiere una relevancia aún mayor. En un país donde la información oficial a menudo es limitada o sesgada, la labor de medios como "Libertad VZLA" y de periodistas como Jessiree es vital para documentar la realidad, dar voz a las víctimas, fiscalizar la actuación de las autoridades y mantener viva la memoria de lo ocurrido. Sin embargo, esta labor se realiza en un entorno de crecientes restricciones a la libertad de expresión, hostigamiento y riesgos para quienes se atreven a informar críticamente. La tragedia de Jessiree es un recordatorio de que los periodistas no solo cubren las noticias, sino que a menudo son parte de ellas, exponiéndose a los mismos peligros que la población que buscan informar. Su experiencia subraya la necesidad de proteger y apoyar a quienes, con valentía, buscan la verdad en un contexto de adversidad.
La historia de Jessiree Querales es un grito silencioso que resuena en la conciencia de Venezuela. Es el testimonio de la vulnerabilidad de una nación frente a las fuerzas de la naturaleza, agravada por años de desinversión, ineficiencia y fragmentación institucional. Su regreso a Venezuela con la ilusión de reconstruir su vida, truncada por la tragedia y la pérdida irreparable de su salud y su hogar, nos obliga a reflexionar sobre la urgencia de fortalecer la prevención, mejorar la respuesta ante desastres y, sobre todo, poner la vida y el bienestar de los ciudadanos en el centro de toda política pública.
Desde "Libertad VZLA", nos unimos al dolor de la familia y amigos de Jessiree, y extendemos nuestra solidaridad a todas las víctimas de los terremotos en La Guaira. La lucha de Jessiree por recuperar su vida, aunque marcada por cicatrices imborrables, debe ser un faro que ilumine la necesidad imperante de una Venezuela más resiliente, mejor preparada y, fundamentalmente, más humana. Su sacrificio no puede ser en vano; debe ser un catalizador para exigir y construir un futuro donde la vida de cada venezolano sea protegida con la dignidad que merece. La memoria de lo ocurrido en Los Corales, y la valentía de Jessiree, deben impulsarnos a seguir informando, exigiendo y abogando por un país donde la libertad y la vida no sean un lujo, sino un derecho inalienable.