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Papa León y cardenales se solidarizan con Venezuela al finalizar su consistorio en el Vaticano

Papa León y cardenales se solidarizan con Venezuela al finalizar su consistorio en el Vaticano

Obispos venezolanos convocaron a una oración nacional por las víctimas del doble terremoto

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor28 jun. 2026

La voz del Papa León XIV, resonando desde el corazón del Vaticano al concluir el segundo consistorio de su pontificado, ha traído un soplo de esperanza y una cruda dosis de realidad a una Venezuela golpeada. La solidaridad explícita del Sumo Pontífice y de todo el Colegio Cardenalicio con la nación caribeña, devastada por dos violentos terremotos y sumida en una crisis humanitaria de proporciones históricas, no es solo un gesto de fe; es un potente llamado de atención a la comunidad internacional y, de manera implícita, una interpelación a las autoridades venezolanas sobre su capacidad y voluntad de respuesta ante la adversidad.

El pasado 24 de junio, la tierra rugió con una furia inusitada sobre Venezuela. Dos sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieron el país, dejando a su paso una estela de destrucción y dolor. El saldo preliminar es desgarrador: casi 1.500 víctimas mortales y más de 3.000 heridos, cifras que, en un país con infraestructuras precarias y servicios de emergencia colapsados, amenazan con aumentar a medida que avanzan las labores de rescate. Caracas, La Guaira, Puerto Cabello, Morón y Tucacas, entre otras regiones, sintieron con mayor fuerza el embate de la naturaleza, sumergiéndose en un escenario de escombros, incertidumbre y desesperación.

Desde Roma, el Papa León XIV no dudó en alzar su voz. "Deseo expresar nuestra solidaridad, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, con la población de Venezuela, duramente afectada por el violento terremoto de estos días", expresó el pontífice estadounidense, antes de encomendar a los purpurados la misión de ayudarlo a gobernar la Iglesia. Pero su mensaje trascendió lo meramente espiritual, convirtiéndose en un clamor por la acción: "Aseguramos nuestras oraciones por las víctimas, por sus familias y por todos aquellos que sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos también al Señor a todos aquellos que participan en las labores de socorro y pedimos que no falte la solidaridad de la comunidad internacional hacia esa querida nación".

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La Santa Sede, a través de la Limosnería Apostólica, ha acompañado estas palabras con un gesto concreto: el envío de 100.000 euros para brindar asistencia humanitaria. Es un inicio, un faro en la oscuridad, pero la magnitud de la tragedia exige una respuesta mucho más robusta y coordinada, tanto interna como externa.

Un País en Ruinas, Antes del Terremoto

Para comprender la verdadera dimensión de la tragedia que hoy azota a Venezuela, es imperativo contextualizarla dentro de la prolongada y devastadora crisis que el país ha experimentado durante más de una década. Los terremotos no solo golpearon edificios y vidas; impactaron sobre una nación ya en ruinas, con su tejido social deshilachado, su economía pulverizada y sus instituciones al borde del colapso.

Venezuela, otrora una de las naciones más prósperas de América Latina, ha sido escenario de un declive sin precedentes. La hiperinflación ha pulverizado el poder adquisitivo de sus ciudadanos, llevando a la mayoría a la pobreza extrema. La escasez de alimentos, medicinas, combustible y servicios básicos es una realidad cotidiana. Los hospitales, desprovistos de insumos esenciales y personal médico calificado (muchos de ellos emigrados), operan en condiciones lamentables, incapaces de atender siquiera las necesidades básicas, mucho menos una emergencia de la escala de los terremotos.

La infraestructura del país, desde carreteras hasta edificios residenciales y públicos, ha sufrido un deterioro masivo por la falta de inversión y mantenimiento. Muchos de los edificios afectados por los sismos ya presentaban fallas estructurales o habían sido construidos sin los códigos antisísmicos adecuados, convirtiéndose en trampas mortales. Este contexto de fragilidad preexistente magnifica el impacto de cualquier desastre natural, transformando un evento grave en una catástrofe humanitaria de proporciones épicas.

La migración masiva, con millones de venezolanos abandonando el país en busca de una vida mejor, ha desangrado a la nación de su capital humano y profesional, debilitando aún más la capacidad de respuesta ante emergencias. Ingenieros, médicos, enfermeros, técnicos y personal de rescate forman parte de esta diáspora, dejando un vacío difícil de llenar.

La Iglesia como Bastión de Esperanza y Resistencia

En medio de este panorama desolador, la Iglesia Católica venezolana ha emergido, una vez más, como un pilar fundamental de apoyo y esperanza. La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) no tardó en reaccionar, anunciando una jornada de oración para el domingo 28 de junio y movilizando a su brazo social, Cáritas. Las sedes de Cáritas, iglesias y catedrales a lo largo y ancho del país se han transformado en centros de acopio, recibiendo donaciones de medicinas, alimentos no perecederos, agua potable, pañales y otros insumos esenciales para los damnificados.

"Ante este lamentable suceso, elevamos nuestras fervientes oraciones al Padre de las Misericordias por el eterno descanso de los fallecidos. Imploramos el consuelo divino para sus familiares y allegados, y pedimos la pronta recuperación de todos los heridos", afirmaron los obispos venezolanos. Su mensaje no solo fue de consuelo, sino también de acción, solidarizándose "de manera especial con los habitantes de las zonas más afectadas", donde "el dolor y la incertidumbre se hacen sentir con mayor fuerza".

La respuesta de la Iglesia y de otras organizaciones de la sociedad civil contrasta, lamentablemente, con la percepción de una respuesta oficial lenta, ineficaz y, en algunos casos, ausente. La pregunta que muchos se hacen, y que fue planteada en titulares paralelos, es: "¿Dónde está la Fuerza Armada Venezolana?". La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), una institución que en otros países juega un papel crucial en la gestión de desastres, ha sido percibida por muchos como inactiva o con una presencia insuficiente en las zonas más afectadas, lo que ha generado frustración y críticas. En un país donde la capacidad del Estado para proveer servicios básicos y responder a emergencias está gravemente comprometida, la ausencia de una respuesta estatal coordinada y eficiente es una tragedia dentro de la tragedia.

La Iglesia, con su red capilar de parroquias y voluntarios, y su credibilidad frente a la población, se ha convertido en un actor indispensable en la asistencia humanitaria, llenando vacíos que el Estado no puede o no quiere cubrir. Este rol, aunque vital, también pone de manifiesto la fragilidad del entramado institucional venezolano y la dependencia de la población de la buena voluntad de la sociedad civil y la ayuda internacional.

Implicaciones: Más Allá de los Escombros

Las implicaciones de estos terremotos para Venezuela son profundas y multifacéticas, exacerbando una crisis ya de por sí crítica.

1. Agravamiento de la Crisis Humanitaria: Los sismos han empujado a miles de personas más a la indigencia, la falta de vivienda y la inseguridad alimentaria. La demanda de atención médica se ha disparado, saturando un sistema de salud ya colapsado. La necesidad de refugio, agua potable, saneamiento y alimentos se ha vuelto más urgente que nunca. La respuesta humanitaria, tanto interna como externa, se enfrenta a desafíos logísticos inmensos en un país con infraestructuras deterioradas y controles burocráticos.

2. Impacto Socioeconómico: La destrucción de viviendas, comercios e infraestructuras productivas representa un nuevo golpe para una economía ya devastada. Familias que apenas subsistían han perdido lo poco que tenían. La reconstrucción será un proceso largo y costoso, en un país sin recursos financieros ni materiales suficientes. Esto podría generar una nueva ola de desplazamientos internos y, potencialmente, un aumento en la migración externa, a medida que más venezolanos buscan oportunidades y seguridad en otros países.

3. Desafíos Políticos y de Gobernanza: La respuesta gubernamental a la catástrofe será observada con lupa. La percepción de ineficacia o inacción podría erosionar aún más la ya mermada confianza en las instituciones del Estado. La gestión de la ayuda internacional también será un punto crítico, con la necesidad de garantizar transparencia y que la asistencia llegue a quienes más la necesitan, sin politización ni desvíos. La pregunta sobre el rol de la FANB en estas circunstancias subraya una preocupación más amplia sobre la militarización del Estado y su capacidad real para servir a la población en momentos de crisis. Un gobierno efectivo debería ser capaz de movilizar recursos, coordinar esfuerzos y comunicar de manera transparente, algo que el Estado venezolano ha tenido dificultades para hacer en el pasado reciente.

4. Fortalecimiento de la Sociedad Civil: Paradójicamente, la crisis puede fortalecer aún más el tejido de la sociedad civil. La solidaridad entre vecinos, la acción de organizaciones no gubernamentales y el rol protagónico de la Iglesia demuestran la resiliencia del pueblo venezolano y su capacidad para autoorganizarse ante la adversidad. Sin embargo, esta resiliencia no puede sustituir la responsabilidad del Estado.

Un Llamado a la Conciencia Global

El mensaje del Papa León XIV y la acción del Vaticano no son solo un consuelo espiritual; son un recordatorio de que Venezuela no puede ser olvidada por la comunidad internacional. La nación caribeña, sumida en una crisis multidimensional, ahora enfrenta la devastación de un desastre natural que ha expuesto aún más sus profundas vulnerabilidades.

La misa que se celebrará en Roma, oficiada por el sacerdote venezolano Jesús Yrady en español, es un símbolo de esta conexión y preocupación global. Es una oración, sí, pero también un eco de las súplicas de un pueblo que clama por ayuda, por justicia y por un futuro digno.

La solidaridad internacional, la asistencia humanitaria y la presión para una gobernanza transparente y efectiva son cruciales en este momento. Los terremotos han abierto una nueva herida en el cuerpo de Venezuela, pero también han ofrecido una oportunidad para que el mundo, y sus propios líderes, reevalúen la urgencia de una respuesta integral a su prolongada tragedia. La voz del Papa es un llamado a la conciencia, una invitación a no mirar hacia otro lado mientras un pueblo sufre las consecuencias de la naturaleza y, también, de un sistema fallido. La libertad y la dignidad del pueblo venezolano dependen de que ese clamor sea escuchado y traducido en acciones concretas y sostenibles.