Mujer fue rescatada de los escombros junto a su hija y perrita: «Tengo una nueva oportunidad de vivir»

Doce horas de oscuridad, polvo y terror. Andreina Rivera yacía boca arriba, aplastada bajo el concreto. Sobre ella, su hija de 13 años inmovilizada por lo que antes fue el techo de su apartamento en el bloque 3 de la urbanización Páez en Catia La Mar. Vivían en el piso 12.  Apenas la niña cruzó la

Redacción Libertad VZLA
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Equipo editorial28 jun. 2026

Doce horas de oscuridad, polvo y terror. Doce horas que se sintieron como una eternidad, suspendidas entre la vida y la muerte, mientras la tierra temblaba sin tregua. Andreina Rivera, junto a su hija de 13 años y su pequeña perrita, emergió de los escombros de lo que fue su hogar en el piso 12 del bloque 3 de la urbanización Páez, en Catia La Mar, La Guaira. Su testimonio, "Tengo una nueva oportunidad de vivir", no es solo el grito de una sobreviviente, sino el eco de una nación entera que se enfrenta a la fragilidad de su existencia ante la furia de la naturaleza y la precariedad de sus estructuras.

El miércoles 24 de junio, a las 6:04 de la tarde, el destino de la costa central de Venezuela cambió drásticamente. Un terremoto de magnitud 7.2 sacudió la región, seguido apenas 39 segundos después por otro de 7.5. Un "doblete sísmico" devastador que no solo cimbró el suelo, sino que derrumbó la certidumbre de miles de familias. Edificios completos se vinieron abajo en Catia La Mar, Playa Grande, Caribe, Los Corales y otras zonas costeras, transformando paisajes urbanos en montañas de concreto y acero retorcido. La cifra de muertos comenzó a escalar, y la desesperación se apoderó de quienes buscaban a sus seres queridos entre los restos.

Andreina y su hija fueron testigos directos de este apocalipsis. "Yo agarré de la mano a la niña y se comenzaron a caer las ventanas. Rodábamos para allá y para acá hasta que nos cayó el techo encima", relató a El Pitazo. La niña, en un acto de instinto y amor, la protegió con su propio cuerpo. Inmovilizadas, con la respiración dificultada por el polvo y la presión, las horas se arrastraron. Escuchaban los gritos de vecinos, que sin pensarlo dos veces, se convirtieron en rescatistas improvisados. Ellas respondían: "Aquí estamos, estamos vivas". Pero la esperanza se diluía con cada réplica, con cada nuevo temblor que amenazaba con sepultarlas por completo.

La fe fue el ancla de Andreina en esas horas infernales. "Me aferré mucho a Dios. Decía que tenía que salir adelante, que no quería que muriéramos ahí. Yo no me quería morir. Le pedí que no me soltara la mano", confiesa. Y su oración, según ella, fue escuchada. Los voluntarios, armados con herramientas rudimentarias y una determinación férrea, lucharon contra el tiempo y la mole de escombros. La posición de Andreina y el peso sobre ellas complicaron el rescate, pero a las 12:00 p.m. del día siguiente, 18 horas después del primer sismo, los huecos abiertos entre los restos fueron suficientes. Las sacaron con vida. Su perrita, milagrosamente, fue rescatada 48 horas después, también de entre los escombros. Hoy, las tres se encuentran en una carpa militar en el Polideportivo José María Vargas, uno de los tantos refugios improvisados que albergan a los desplazados mientras la búsqueda de más víctimas continúa.

El Contexto de la Vulnerabilidad: Venezuela Frente al Riesgo Sísmico y la Crisis Estructural

El milagro de Andreina y su familia contrasta con la cruda realidad de una tragedia de proporciones incalculables. Lo ocurrido en La Guaira no es un hecho aislado en la historia sísmica de Venezuela, un país asentado en la compleja interacción de las placas tectónicas Caribe y Sudamericana, lo que lo convierte en una zona de alta actividad telúrica. Sin embargo, la magnitud de la devastación actual, en un contexto de profunda crisis socioeconómica, revela capas de vulnerabilidad que van más allá de la geología.

Venezuela ha experimentado terremotos devastadores a lo largo de su historia, como el de Caracas en 1967 o los de Cariaco y Cumaná en 1997. Cada uno de estos eventos ha dejado cicatrices profundas, pero también lecciones sobre la necesidad de una planificación urbana rigurosa y una infraestructura resiliente. Sin embargo, la última década ha visto un deterioro significativo en la capacidad del Estado para hacer frente a desastres naturales. La crisis económica, caracterizada por la hiperinflación, la contracción del PIB y el éxodo masivo de profesionales, ha mermado la inversión en mantenimiento de infraestructuras, en la modernización de equipos de rescate y en la capacitación de personal especializado.

La Guaira, con su densa población costera y la proliferación de edificaciones en zonas de riesgo, es un microcosmos de esta vulnerabilidad. Muchos de los edificios colapsados, como el de Andreina, eran estructuras antiguas o construcciones más recientes que, bajo la sombra de la corrupción y la falta de supervisión, pudieron no haber cumplido con las estrictas normativas antisísmicas. La tragedia de Vargas en 1999, con sus deslaves y pérdidas humanas masivas, ya había puesto de manifiesto la fragilidad de la región ante eventos naturales extremos y la necesidad imperante de políticas públicas de prevención y gestión de riesgos que nunca llegaron a consolidarse plenamente.

La respuesta inicial al desastre, como se evidenció en el rescate de Andreina, recae mayoritariamente en la comunidad. Vecinos, voluntarios y ciudadanos comunes se convirtieron en los primeros en la línea de acción, improvisando equipos y arriesgando sus vidas. Esta solidaridad espontánea, si bien admirable, también subraya la insuficiencia de una respuesta estatal robusta y centralizada en las primeras y más críticas horas. La llegada de carpas militares y puntos de atención en polideportivos es una medida necesaria, pero paliativa, que apenas rasguña la superficie de la necesidad de vivienda, atención médica y apoyo psicológico para miles de afectados.

Implicaciones: Un País en Ruinas, Más Allá de los Escombros

Las implicaciones de este doble terremoto son multifacéticas, abarcando lo social, lo económico y lo político, y se superponen a una crisis preexistente que agrava exponencialmente el impacto.

Implicaciones Sociales: La pérdida de vidas humanas, la desaparición de personas y el trauma de los sobrevivientes son incalculables. Andreina lo sabe: "Se murieron mis amigas, hay mucha gente conocida que todavía están allí tapiadas". Familias enteras han perdido no solo sus hogares, sino sus recuerdos, sus pertenencias y su sentido de seguridad. El desplazamiento masivo hacia refugios temporales crea nuevas dinámicas sociales, con desafíos de higiene, salud y convivencia. La salud mental de los afectados, que ya enfrentaban el estrés crónico de vivir en crisis, se verá severamente comprometida. La resiliencia comunitaria, aunque admirable, no puede compensar la ausencia de un sistema de protección social y de apoyo psicológico a gran escala. La solidaridad, que surge como respuesta inmediata, debe ser complementada con políticas sostenibles que garanticen la reconstrucción del tejido social.

Implicaciones Económicas: La reconstrucción de las zonas afectadas representará un costo monumental para un país cuya economía está devastada. La Guaira, con su puerto, aeropuerto y potencial turístico, es una región clave. La destrucción de infraestructuras, viviendas y comercios locales paralizará aún más la actividad económica. ¿Quién asumirá el costo de la reconstrucción? ¿Cómo se financiará en un país con ingresos petroleros mermados y un acceso limitado a créditos internacionales? Miles de personas han perdido sus medios de vida, sus empleos en el sector de servicios, pesca o comercio. La recuperación económica será un proceso largo y arduo, que requerirá una inversión masiva y una gestión transparente de los recursos, algo que históricamente ha sido un punto débil en Venezuela. Además, la interrupción de cadenas de suministro y el daño a infraestructuras críticas como carreteras y servicios básicos (agua, electricidad) agravarán aún más la ya precaria situación de vida de millones de venezolanos.

Implicaciones Políticas: Este desastre pone a prueba la capacidad de respuesta del Estado venezolano y su compromiso con la seguridad de sus ciudadanos. La falta de preparación, la debilidad institucional y la opacidad en la gestión de recursos son preocupaciones recurrentes. ¿Están actualizados los códigos de construcción? ¿Se aplican con rigor? ¿Existe un plan nacional de gestión de riesgos sísmicos que vaya más allá de la retórica? La emergencia podría ser una oportunidad para la cooperación internacional y la apertura humanitaria, pero también podría ser utilizada para reforzar el control político o desviar la atención de otros problemas urgentes. La libertad de prensa y la transparencia serán cruciales para asegurar que la información sobre la magnitud del desastre y la gestión de la ayuda llegue a la ciudadanía y que los responsables rindan cuentas. En un país donde la confianza en las instituciones es baja, la respuesta a esta crisis será un barómetro de la gobernabilidad y la capacidad de un gobierno para proteger a su pueblo.

Conclusión: Una Nueva Oportunidad, Una Lucha Continua

Andreina Rivera, desde la carpa militar que ahora es su hogar provisional, proclama que "Dios me dio una nueva oportunidad de vida. Le daré gracias todos los días que estamos vivas". Su mensaje de resiliencia y su oferta de "dar la mano al que la necesite" son un faro de esperanza en medio de la oscuridad. Pero esta "nueva oportunidad" no es solo individual; es también un llamado a la reflexión colectiva para Venezuela.

La tragedia de La Guaira nos obliga a mirar más allá de los escombros y a confrontar las fallas estructurales que han hecho a un país tan vulnerable. Es un recordatorio doloroso de que la libertad y el bienestar no solo se defienden en las urnas o en las calles, sino también en la construcción de instituciones sólidas, transparentes y capaces de proteger a sus ciudadanos de todas las amenazas, incluidas las de la naturaleza.

Desde "Libertad VZLA", reafirmamos nuestro compromiso de informar con rigor y objetividad sobre esta y otras realidades que marcan el pulso de nuestra nación. La historia de Andreina y su familia es un testimonio de la inquebrantable voluntad de vivir del venezolano, pero también una exigencia imperiosa a las autoridades para que garanticen la seguridad y el futuro de todos, construyendo no solo edificios resistentes, sino también una sociedad más justa, preparada y resiliente. El camino hacia la recuperación será largo y difícil, pero la esperanza de una "nueva oportunidad" debe ser el motor para reconstruir no solo lo material, sino la confianza en un futuro mejor para Venezuela.

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