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Mujer busca a su hijo deportado de EEUU que resultó desaparecido tras terremotos en Venezuela

Mujer busca a su hijo deportado de EEUU que resultó desaparecido tras terremotos en Venezuela

Oswadeliz Núñez Ramírez lleva cinco días buscando desesperadamente a su hijo en La Guaira y en hospitales de Caracas. El joven integraba el grupo

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor29 jun. 2026

La angustia tiene un nombre y un rostro en Venezuela, el de Oswadeliz Núñez Ramírez, quien lleva cinco días, que se sienten como una eternidad, buscando desesperadamente a su hijo, Daniel Alejandro Núñez Ramírez, de 28 años. Daniel es uno de los 146 migrantes venezolanos deportados desde Estados Unidos que aterrizaron en un país sacudido por dos potentes terremotos el mismo día de su llegada. Su historia no es solo la de una madre en búsqueda, sino el crudo reflejo de las múltiples tragedias que convergen en la Venezuela actual: la diáspora forzada, la controvertida política de deportaciones, la vulnerabilidad ante desastres naturales y la opacidad institucional que acompaña el sufrimiento ciudadano.

Desde el epicentro del desastre en La Guaira hasta los hospitales de Caracas, Oswadeliz ha recorrido cada rincón imaginable, aferrada a una tenue esperanza. La última pista, tan vaga como inquietante, la recibió de un funcionario del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), identificado únicamente como Jonathan, quien le aseguró haber rescatado a Daniel de los escombros del hotel Santuario La Llanada, una edificación que colapsó en La Guaira bajo la fuerza de los sismos. Sin embargo, desde esa supuesta noticia, el paradero de Daniel Alejandro sigue siendo un misterio insondable. "No aparece en ningún lado", lamenta Oswadeliz, cuyas palabras, pronunciadas desde la morgue de Caracas, resuenan con la desesperación de quien se enfrenta a la indiferencia y al silencio.

El Retorno Forzado al Abismo: Una Deportación en Medio de la Crisis

La odisea de Daniel Alejandro Núñez Ramírez comenzó mucho antes de los terremotos. Como millones de venezolanos, Daniel emprendió el camino de la migración, buscando una vida digna lejos de la profunda crisis económica, política y social que asola a su país natal. Su destino, como el de muchos, fue Estados Unidos, un refugio prometido que, para él, resultó ser temporal. La política migratoria estadounidense, que ha oscilado entre la permisividad y la mano dura, ha visto un incremento en las deportaciones directas a Venezuela, una medida que ha sido objeto de severas críticas por parte de organizaciones de derechos humanos y defensores de migrantes. Estas voces argumentan que regresar a Venezuela a personas que huyeron de la persecución y la escasez es enviarlas de vuelta a un entorno de alto riesgo, contraviniendo principios de protección internacional.

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El vuelo que trajo a Daniel y a otros 145 compatriotas de vuelta a Venezuela es un símbolo de esta controversia. Estas "deportaciones humanitarias", como las han calificado algunos, se realizan bajo acuerdos opacos entre los gobiernos de Washington y Caracas, y a menudo dejan a los deportados en una situación de extrema vulnerabilidad, sin redes de apoyo y en un país que, para muchos, ya no reconocen o del que huyeron precisamente para no regresar. La llegada de Daniel coincidió con el golpe de la naturaleza, sumando una capa más de tragedia a su ya complicada situación. El impacto de dos terremotos potentes en una nación con una infraestructura precaria y una capacidad de respuesta estatal mermada por años de desinversión y corrupción, convirtió su retorno en un aterrizaje en el caos.

La Vulnerabilidad de una Nación: Terremotos y Deterioro Institucional

Venezuela, geológicamente activa, tiene una dolorosa historia con los terremotos. La tragedia de Vargas en 1999, que dejó decenas de miles de muertos y desaparecidos, es un recordatorio perenne de la vulnerabilidad del país ante fenómenos naturales. Sin embargo, en las últimas décadas, la capacidad del Estado venezolano para prepararse, responder y recuperarse de tales desastres se ha visto drásticamente comprometida. Años de profunda crisis económica han llevado a un deterioro generalizado de la infraestructura pública, desde carreteras y puentes hasta hospitales y edificaciones. La falta de mantenimiento, la corrupción en proyectos de construcción y la escasez de recursos para la inversión en prevención y mitigación de riesgos han dejado al país en un estado de fragilidad crónica.

El colapso del hotel Santuario La Llanada en La Guaira, donde Daniel Alejandro fue supuestamente rescatado, es un ejemplo palpable de esta realidad. Más allá de la fuerza del sismo, la calidad de la construcción y el cumplimiento de las normativas antisísmicas son preguntas que surgen inevitablemente. En un contexto de emergencia, la coordinación de los cuerpos de rescate, la disponibilidad de equipos y personal capacitado, y la transparencia en la información son cruciales. La experiencia de Oswadeliz Núñez, quien ha buscado incansablemente a su hijo sin obtener respuestas claras de las autoridades, subraya las deficiencias en estos aspectos. La intervención de un funcionario del SEBIN, la inteligencia bolivariana, en tareas de rescate y la posterior falta de información sobre el paradero de Daniel, genera más interrogantes que certezas, alimentando la desconfianza en las instituciones del Estado.

Implicaciones de una Tragedia Multifacética

La desaparición de Daniel Alejandro Núñez Ramírez en medio de los terremotos, tras su deportación, encapsula una serie de implicaciones profundas para Venezuela en los ámbitos social, político y económico.

Socialmente, la historia de Daniel es un grito de alerta sobre la deshumanización de la migración forzada y las consecuencias de las políticas de deportación. La diáspora venezolana es una de las más grandes del mundo, con millones de personas buscando refugio y oportunidades en el extranjero. Cada deportado representa una vida desarraigada, a menudo regresando a un país que no puede ofrecerle seguridad ni sustento. La angustia de Oswadeliz es la angustia de miles de familias venezolanas, tanto las que buscan a sus seres queridos en el extranjero como las que esperan el regreso de un familiar deportado, solo para enfrentarse a una realidad aún más dura. La falta de un registro claro y la opacidad en la gestión de los deportados, especialmente en momentos de crisis, profundiza el dolor y la incertidumbre, dejando a las familias en un limbo emocional y legal.

Políticamente, el incidente pone en tela de juicio la capacidad y la voluntad del gobierno venezolano para gestionar crisis humanitarias y desastres naturales con transparencia y eficiencia. La falta de información precisa sobre los deportados, su estado y su paradero, especialmente después de un evento sísmico, es una muestra de la debilidad institucional y la prevalencia de la opacidad. La intervención del SEBIN, una entidad con un historial de acciones controvertidas y falta de rendición de cuentas, en tareas de rescate sin la subsiguiente provisión de información clara, refuerza la percepción de un Estado que prioriza el control político sobre la asistencia humanitaria y la protección de sus ciudadanos. Además, el caso de Daniel subraya la complejidad de las relaciones internacionales, particularmente entre Venezuela y Estados Unidos, en lo que respecta a la migración y los derechos humanos. Las deportaciones, a menudo vistas como una herramienta de presión política, tienen un costo humano incalculable.

Económicamente, la respuesta a los terremotos y la gestión de sus consecuencias se ven severamente obstaculizadas por la prolongada crisis que ha desmantelado la infraestructura y los servicios públicos del país. Hospitales con recursos limitados, escasez de medicamentos, falta de equipos de rescate modernos y una cadena de suministro fragmentada complican cualquier esfuerzo de ayuda y recuperación. La necesidad de reconstrucción en La Guaira, una zona costera de alta densidad poblacional y actividad económica, representa una carga adicional para una economía ya devastada. La inversión en prevención de desastres y en la construcción de infraestructura resiliente es prácticamente inexistente, lo que condena al país a sufrir impactos magnificados cada vez que la naturaleza golpea.

Un Grito en el Silencio: La Búsqueda de Daniel y la Dignidad Humana

La imagen de Oswadeliz Núñez en la morgue de Caracas, buscando a su hijo entre los fallecidos, es un potente recordatorio de la fragilidad de la vida y la dignidad humana en contextos de crisis superpuestas. Su desesperación no es solo la de una madre, sino la de una nación que lucha por encontrar respuestas y justicia en medio del caos. El caso de Daniel Alejandro Núñez Ramírez trasciende la anécdota individual para convertirse en un símbolo de las muchas facetas de la tragedia venezolana: la migración forzada, la deportación, la vulnerabilidad ante desastres naturales y la ineficacia de un Estado que parece incapaz o renuente a proteger a sus propios ciudadanos.

Mientras Oswadeliz continúa su incansable búsqueda, su voz se une a un coro de demandas por mayor transparencia, rendición de cuentas y un trato humano para todos los venezolanos, dentro y fuera de sus fronteras. La historia de Daniel nos obliga a reflexionar sobre el costo humano de las decisiones políticas, tanto internas como internacionales, y la urgente necesidad de construir sistemas más justos y compasivos. En un país donde la información veraz es a menudo una víctima más de la crisis, la búsqueda de Daniel Alejandro es también una búsqueda de la verdad y de la esperanza de que, algún día, la dignidad prevalezca sobre la desesperación.