La muerte de Fabiana Desirée Páez Fernández, una mujer privada de libertad que padecía insuficiencia respiratoria y otras dolencias crónicas sin recibir atención médica adecuada, en el Centro de Formación para Procesadas Femeninas La Crisálida, en Los Teques, estado Miranda, ha encendido una vez más las alarmas sobre la profunda crisis humanitaria que azota el sistema penitenciario venezolano. Este trágico deceso, el primero documentado en La Crisálida desde su inauguración en 2018, eleva a 26 la cifra de fallecidos bajo custodia del Estado en apenas tres meses, entre abril y junio de 2026, según el Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP).
La Crisis en La Crisálida: Un Hito Mortal y Condiciones Infrahumanas
El fallecimiento de Fabiana Páez Fernández, ocurrido este sábado 20 de junio de 2026, es mucho más que una estadística; es el reflejo palpable de un sistema que falla en su deber más elemental: garantizar la vida y la salud de quienes están bajo su custodia. Páez Fernández, recluida en una institución destinada supuestamente a la "formación", fue víctima de la ausencia de una atención médica integral y especializada que sus patologías crónicas demandaban con urgencia. Su caso es particularmente significativo para La Crisálida, un centro establecido en las antiguas instalaciones del Internado Judicial de Los Teques, que hasta ahora no había registrado muertes de internas. Este precedente sienta un escalofriante hito, transformando un espacio que debería ser de resguardo en un lugar donde la negligencia puede costar la vida.
Las condiciones de reclusión en La Crisálida, donde actualmente conviven aproximadamente 320 mujeres, son descritas por el OVP como precarias y violatorias de los derechos humanos más básicos. El hacinamiento se ha vuelto severo, exacerbado por la masiva detención de mujeres en el contexto de las protestas que siguieron a las elecciones presidenciales de julio de 2024. Esta sobrepoblación no solo incrementa la tensión y la insalubridad, sino que también dificulta cualquier intento de brindar atención médica o condiciones de vida dignas. A ello se suman graves fallas de infraestructura que comprometen la dignidad de las internas, como la crisis crónica de agua, donde las reclusas reciben un único envase de este vital líquido para cubrir todas sus necesidades diarias: aseo personal, preparación de alimentos y lavado de ropa. Esta escasez extrema es un caldo de cultivo para enfermedades y una afrenta directa a la salud pública y la higiene.




