Caracas, Venezuela – En medio del polvo, el luto y la desesperación que ha dejado la tierra convulsa, miles de venezolanos se enfrentan a una de las pruebas más crueles y deshumanizantes: buscar a sus seres queridos no entre los vivos, sino entre montones de cadáveres irreconocibles, transformados por la furia de dos potentes terremotos. La frase desgarradora “No puedo asegurar que sea mi sobrina” se ha convertido en el eco de una tragedia que va más allá de los números, una herida abierta en el corazón de una nación ya de por sí castigada.
Desde el fatídico 24 de junio, cuando la tierra rugió con una violencia inusitada, golpeando con particular saña a La Guaira y Caracas, la vida en Venezuela se ha detenido para dar paso a una búsqueda frenética y dolorosa. Familias como los Hernández han convertido las morgues del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (SENAMECF) en La Guaira y Caracas, los hospitales y los refugios improvisados, en su nuevo hogar. Álbumes de fotos con imágenes de los fallecidos, muchos de ellos abombados, aplastados, incompletos, en avanzado estado de descomposición por las horas bajo los escombros y el sol implacable, son el macabro catálogo que deben revisar, una y otra vez, con la esperanza de no encontrar a los suyos, pero la necesidad de darles un final digno.
El Calvario de la Identificación: Más Allá de los Números
La principal morgue del país se ha transformado en una sala de espera del infierno. Una hilera de sillas, café, té y un servicio de atención psicológica intentan amortiguar el golpe de la realidad. Carros funerarios, muchos ofrecidos gratuitamente por empresas o cubiertos por fondos de aseguradoras, aguardan para llevarse los cuerpos y cerrar un capítulo de angustia. Los trámites, aunque agilizados, no pueden acelerar el tiempo de la incertidumbre ni el dolor de la espera. La llegada de 10.000 bolsas negras para cadáveres, anunciada por el coordinador residente de Naciones Unidas en Venezuela, Gianluca Rampolla, es una cifra que estremece y subraya la magnitud de la catástrofe, la mayor tragedia vivida en el país en los últimos 20 años, y quizás en mucho más tiempo.
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Elide Hernández, con la voz quebrada, relata la odisea de su familia, que busca a su sobrina y otros tres parientes. “Los que pensábamos que podían ser, no son, porque ya los retiraron sus familias”, dice, revelando la esperanza y la decepción que se suceden en un ciclo interminable. La dificultad es extrema. Yamileth Hernández, otra tía, intenta describir a su sobrina Eudis Cisneros, embarazada de siete meses, fallecida en el edificio Oasis Beach de Catia La Mar, pidiendo detalles de un tatuaje para un posible reconocimiento. La identidad se desdibuja, y con ella, la posibilidad de un duelo.
Yusbely Hernández, visiblemente afectada, confiesa la carga de tener que “ver los suyos y los de los demás”. Su hermana y su esposo fueron sacados muertos, según los vecinos, pero de su hija y el abuelo no hay ni rastro. La familia ha anotado números de identificación de cuerpos con algún parecido, recorriendo incansablemente La Guaira, los hospitales, una morgue improvisada en el puerto y ahora Caracas. El Gobierno ha confirmado 1.943 fallecidos en su último reporte, pero la cifra es recibida con escepticismo. “Dudan”, como muchos, porque “todavía hay mucha gente bajo escombros de la que no se sabe si podrán sacar”.
La angustia se cierne sobre la posibilidad de que, ante la imposibilidad de identificación y el riesgo sanitario, los cuerpos deban ser enterrados en fosas comunes. “Mi esposo estaba desconsolado porque decía que él conocía a nuestra sobrina desde que nació y ahora no podía reconocerla”, cuenta Elide, con lágrimas en los ojos, mientras sus familiares, víctimas del colapso en la OPP 33, un edificio del programa gubernamental Misión Vivienda, esperan una señal.
La Resiliencia en la Adversidad: Los Comandos Familiares
En medio de esta desolación, emerge la admirable resiliencia del pueblo venezolano. La identificación dactiloscópica y la evaluación antropológica de las dentaduras se han convertido en herramientas vitales. Así, Esmeralda Gómez pudo identificar a sus tíos Seistres Yaguaranay y Jacqueline Parra, quienes trabajaban limpiando un apartamento en el edificio Obelisco en Altamira, Caracas, cuando el terremoto los sorprendió. Cuatro días después, sus cuerpos fueron recuperados. “Ayer se pudo hacer el reconocimiento por los dientes. Estaban muy descompuestos”, relata la sobrina. Dejaron cuatro hijos huérfanos, una tragedia que se replica en innumerables hogares.
Pero es la historia de Millán Hernández la que encarna el espíritu indomable de una sociedad que se niega a rendirse. Sacó con sus propias manos a sus dos sobrinas, de 16 y 5 años, y al padre de estas. Más de 14 horas de trabajo ininterrumpido. Recorrió más de 100 kilómetros en motocicleta para llegar a la zona del desastre en las primeras horas, equivocándose de dirección, pero aún así, logrando rescatar a dos personas vivas en el lugar erróneo. Millán, funcionario policial, montó un "comando" con su familia en la zona del desastre: carpas, taladros inalámbricos, una antena Starlink, una planta eléctrica. Desde allí, no solo buscaban a los suyos, sino que coordinaban ayuda para todos los afectados del edificio. Se cruzaron con rescatistas estadounidenses que ayudaron a terminar de armar un túnel. "Ahora le dicen topo", cuenta, con el rostro cansado pero la mirada firme.
Estos "comandos-familia" son un testimonio de la sociedad civil venezolana, que, frente a funcionarios de seguridad "desbordados o indiferentes", ha asumido la tarea de buscar sobrevivientes y cuerpos, demostrando una capacidad de organización y solidaridad que contrasta con la fragilidad institucional.
Implicaciones Profundas para una Nación en Crisis
La tragedia de los terremotos de junio no es solo un desastre natural; es un espejo que refleja las profundas implicaciones económicas, sociales y políticas de un país que ya se encontraba en una crisis multidimensional.
Social: El trauma psicológico colectivo es inmenso. La incapacidad de identificar a los seres queridos prolonga el duelo, impidiendo el cierre necesario para sanar. Familias destrozadas, huérfanos, comunidades enteras desplazadas y traumatizadas. La memoria de estos días marcará a una generación. La solidaridad mostrada por la sociedad civil, aunque inspiradora, también evidencia las carencias del Estado para ofrecer una respuesta integral y efectiva.
Infraestructura y Urbanismo: Los terremotos han expuesto la vulnerabilidad de la infraestructura venezolana. Si bien la actividad sísmica es una realidad en el país, la calidad de las construcciones, la falta de mantenimiento y la ausencia de una fiscalización rigurosa de los códigos de construcción son factores agravantes. La mención de edificios como el OPP 33 (Misión Vivienda) y el Obelisco (en Altamira, una zona tradicionalmente de clase media-alta) sugiere que la vulnerabilidad no discrimina por estrato social, sino por la calidad de la ingeniería y la supervisión. El contraste con barrios informales de Petare, donde los daños han sido "mínimos", podría apuntar a la necesidad de reevaluar las construcciones modernas y su resiliencia. La discusión sobre el cumplimiento de normas antisísmicas, especialmente en programas masivos de vivienda, se vuelve impostergable.
Capacidad del Estado y Transparencia Política: La lentitud o percibida "indiferencia" de algunos funcionarios, la dependencia de la ayuda internacional (UN, equipos de rescate de EE. UU.) y la desconfianza en las cifras oficiales de fallecidos son indicadores preocupantes de la capacidad del Estado para gestionar una crisis de esta magnitud. En un contexto de profunda polarización y desconfianza institucional, la falta de transparencia en la información y la aparente incapacidad de respuesta efectiva por parte de las autoridades solo profundizan la brecha entre el gobierno y la ciudadanía. La resiliencia ciudadana, aunque heroica, no debería ser el principal pilar de la gestión de desastres.
Económica: La reconstrucción será un desafío monumental para una economía ya deprimida. La pérdida de vidas humanas representa una pérdida irrecuperable de capital humano. Los costos de los funerales, incluso con ofertas gratuitas, y el impacto en la actividad económica de las zonas afectadas se sumarán a la ya pesada carga económica del país.
Conclusión: Un Llamado a la Verdad y la Dignidad
La tragedia de los terremotos de junio de 2026 ha desnudado las fragilidades de Venezuela, pero también ha iluminado la extraordinaria fuerza de su gente. Mientras las familias continúan su desgarradora búsqueda, la nación se enfrenta a una encrucijada. La reconstrucción no solo debe ser de infraestructuras, sino también de confianza, de institucionalidad y de un compromiso inquebrantable con la verdad.
Desde Libertad VZLA, reiteramos nuestro compromiso con la información objetiva y la defensa de la libertad de expresión. Exigimos a las autoridades transparencia total sobre el número real de víctimas, agilidad en los procesos de identificación y un plan claro y robusto de reconstrucción y prevención de desastres. La dignidad de los fallecidos y la paz de sus familias dependen de ello. Que la agonía de la incertidumbre no se convierta en el epitafio de esta tragedia, sino en un llamado urgente a construir un futuro más seguro y justo para todos los venezolanos. La búsqueda de la identidad de los muertos es, en última instancia, la búsqueda de la identidad de una nación que se niega a ser olvidada.