Caracas, Venezuela – La imagen es una cicatriz abierta en el corazón de Caracas: el Edificio Moisés, otrora una estructura de ocho pisos sobre la emblemática avenida Los Próceres, ahora yace partido por una grieta que, como una herida profunda, deja ver el cielo. Sus dos mitades, separadas por la furia de la tierra, son un monumento al desastre que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio de 2026. Los terremotos no solo partieron el cemento; fracturaron la rutina, la seguridad y la frágil infraestructura de una nación ya de por sí golpeada, desvelando, una vez más, que “aquí todo proviene del voluntariado”.
El Edificio Moisés, ubicado en un barrio donde los vecinos pagaban condominio y se quejaban del ruido, fue partido “como se parte un pan seco”. El peso del tanque de agua en el techo hizo el resto, colapsando la estructura en dos bloques irregulares. Protección Civil reportó un muerto, nueve rescatados con vida y diecinueve evacuados, pero la realidad en el terreno, en esa “zona cero” del Municipio Libertador, fue mucho más cruda y, a la vez, esperanzadora. Junto al Rita y un tercer inmueble reventado, el Moisés formó un epicentro de devastación donde veinticinco personas lograron ser extraídas de entre los escombros gracias a manos que no pertenecían a ningún organismo oficial. Manos de vecinos, de jóvenes, de ciudadanos comunes que, ante la magnitud del cataclismo, se negaron a quedarse de brazos cruzados.
Las cifras nacionales, que se despliegan como un telón de horror, ya no caben en una frase: más de 1.900 muertos, más de 10.000 heridos, 43.000 desaparecidos. Ochocientos edificios colapsados, 189 de ellos por completo. La ventana crítica de setenta y dos horas para encontrar supervivientes se cerró el 29 de junio, transformando cada nuevo hallazgo en un cadáver y cada rescate en un milagro teñido de desesperación.
Mientras los helicópteros, las brigadas internacionales y las cámaras de televisión se concentraban en el litoral, en La Guaira, San Bernardino quedó con lo que tenía: su gente. De noche, bajo la luz fantasmal de los reflectores, el aire adquiría una densidad de quirófano. Allí, la tragedia no tenía la escala del deslave de Vargas ni la espectacularidad de los colapsos en zonas más opulentas; era un edificio convertido en cascajo y, encima, una fila interminable de muchachos con franelas sudadas que pasaban baldes de mano en mano. Mujeres con chalecos reflectantes sobre la ropa de dormir. Vecinos que, una semana antes, apenas se saludaban en el ascensor. Alguien, en un acto de solidaridad espontánea, instaló una mesa con café y arepas frente a la acera reventada. Era la comunidad, autogestionada, respondiendo a la llamada de la emergencia.
Comentarios de la comunidad
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Daniela Cordero, fotógrafa de profesión, personifica este espíritu. Con más de cien horas sin dormir de un tirón, su memoria del tiempo se ha desdibujado. Cuatro horas después del primer seísmo, salió sola de su casa, caminó hasta el Moisés y lo encontró partido. "Me sentía superimpotente", confiesa. "Había poca organización entre los voluntarios, era más como que llegar y hacer". Y así, en medio del caos, Daniela organizó. En una sola noche, armó veinticuatro grupos de dieciséis personas, rotando turnos de excavación. "Puro chamo, pura gente de la comunidad, adultos mayores. Aquí te puedes encontrar arquitectos, ingenieros, obreros, motorizados, estudiantes. No está importando nada, lo que importa es recuperar los cuerpos y ayudar a la comunidad".
Ella aclara que lo técnico es labor de Protección Civil y los bomberos, y reconoce la presencia de la Alcaldía y otros entes gubernamentales. "Es la realidad", afirma. Sin embargo, la comida caliente a las tres de la mañana, el agua embotellada, los turnos de descanso, las linternas de repuesto, todo eso lo pone la gente del barrio. "No me ha faltado comida, no me ha faltado agua, no me ha faltado recursos, porque la propia gente lo ha traído. Eso te habla de una calidez humana increíble".
Esta dicotomía entre la respuesta oficial y la autogestión comunitaria no es nueva en Venezuela. A lo largo de las últimas décadas, el país ha sido testigo de un progresivo deterioro de sus instituciones y servicios públicos. La crisis económica, la migración masiva de profesionales y la desinversión en infraestructura han mermado la capacidad del Estado para atender emergencias de gran escala. En este contexto, la sociedad civil ha tenido que asumir un rol protagónico, supliendo las carencias del aparato estatal en áreas tan diversas como la salud, la alimentación y, como ahora, la respuesta a desastres naturales. El terremoto de 2026, por su magnitud, no ha hecho más que exponer y magnificar esta realidad.
Jaiber Rico, de veintidós años y estudiante de Estudios Internacionales, es otro rostro de esta resiliencia. Lleva cuatro días durmiendo a ratos sobre un cartón, su rostro denota el agotamiento, pero su voz mantiene una firmeza que desmiente su edad. Vino porque una amiga tiene familia atrapada bajo el Moisés. "Nadie fue que me mandó, nadie fue que me dijo: mira, tienes que ir a ayudar allá", cuenta. "Cuando me siento en mi cama, en la comodidad de mi casa, no me siento cómodo. Hay personas en la calle que ni siquiera han cenado, no han bebido agua hace cuatro días encerrados en esos bloques".
Jaiber creció oyendo hablar del deslave de Vargas de 1999 como quien oye un mito bíblico, algo que les pasó a otros. Ahora, la catástrofe tiene su propio código postal, su propia dirección en el corazón de Caracas. Al día siguiente del terremoto, se montó en una moto con un grupo de voluntarios y bajó suministros al hospital de La Guaira. Movió escombros con las manos, intentó sacar gente. Su experiencia lo ha llevado a una reflexión profunda, una crítica implícita a años de desidia: "Se hubieran podido evitar muchas muertes si se hubiese actuado antes. Invertir en infraestructura, tener edificios antisísmicos. Mejorar los hospitales".
Implicaciones: Un reflejo de la fragilidad y la fortaleza venezolana
Las implicaciones de esta catástrofe, y la forma en que se ha gestionado, son profundas y multifacéticas.
Socialmente, el terremoto ha puesto de manifiesto la increíble capacidad de solidaridad y autoorganización de la sociedad venezolana. En un país polarizado y fracturado, la tragedia ha logrado, al menos en los primeros días, unir a las personas en un objetivo común. Sin embargo, también subraya el abandono al que se sienten sometidas muchas comunidades. La percepción de que la ayuda oficial se concentra en ciertas zonas o que es insuficiente, mientras el grueso del trabajo recae en los voluntarios, puede generar resentimiento y desconfianza hacia las instituciones. La resiliencia tiene un costo humano inmenso, y el trauma colectivo de esta experiencia dejará cicatrices duraderas en la psique de la nación.
Políticamente, la respuesta al terremoto es un examen crucial para la legitimidad y la capacidad del Estado. Las palabras de Jaiber sobre la necesidad de invertir en infraestructura antisísmica y mejorar los hospitales apuntan directamente a décadas de políticas públicas deficientes y corrupción que han socavado la capacidad de respuesta del país. ¿Se han aplicado y fiscalizado rigurosamente las normas de construcción antisísmica? ¿Están los hospitales preparados para una afluencia masiva de heridos? La falta de una respuesta estatal robusta y coordinada ante una emergencia de esta magnitud no solo pone vidas en riesgo, sino que también erosiona aún más la ya precaria confianza de los ciudadanos en sus gobernantes. La transparencia en la información sobre víctimas y daños, así como en la gestión de la ayuda, será fundamental para evitar especulaciones y mantener la poca credibilidad que aún ostentan las instituciones.
Económicamente, el impacto será devastador. La reconstrucción de cientos de edificios, la rehabilitación de miles de estructuras dañadas y la reubicación de decenas de miles de personas requerirán una inversión masiva de recursos en un país sumido en una profunda crisis económica. La capacidad del gobierno para financiar esta reconstrucción es limitada, lo que probablemente implicará una mayor dependencia de la ayuda internacional, con las complejidades políticas que esto conlleva. Además, la pérdida de hogares y negocios tendrá un efecto dominó en las economías locales y en los medios de vida de innumerables familias, exacerbando la pobreza y la desigualdad. El "mercado" informal de la solidaridad, con café y arepas donados, es un paliativo admirable pero insostenible a largo plazo.
Un futuro incierto, pero con un espíritu inquebrantable
El terremoto de 2026 no es solo una catástrofe natural; es un espejo que refleja las profundas debilidades estructurales de Venezuela y, al mismo tiempo, la inquebrantable fortaleza de su gente. La historia del Edificio Moisés y de los "que cavan de noche" en San Bernardino es un testimonio desgarrador de la tragedia, pero también un canto a la solidaridad, la resiliencia y la capacidad de autoorganización de los venezolanos.
Mientras el país comienza el arduo camino de la recuperación, las preguntas de Jaiber Rico resuenan con fuerza: ¿Se aprenderán las lecciones de esta catástrofe? ¿Se invertirán los recursos necesarios en prevención y preparación? ¿O la historia se repetirá, dejando una vez más a las comunidades a merced de su propio ingenio y la generosidad de extraños? La respuesta a estas interrogantes determinará no solo el futuro de la infraestructura venezolana, sino también el destino de su tejido social y la confianza en sus instituciones. Por ahora, lo único cierto es que, en medio de los escombros y la desolación, el espíritu voluntario de Venezuela sigue siendo la luz que se niega a apagarse.