El reciente desastre sísmico que sacudió el centro y la costa venezolana el pasado 24 de junio ha revelado la profunda fragilidad de un país ya golpeado por años de crisis. Más allá de la devastación inmediata y la pérdida de vidas humanas, la tragedia ha paralizado arterias vitales del abastecimiento alimentario, exponiendo la vulnerabilidad de la cadena de suministro y la resiliencia, a menudo heroica, de sus ciudadanos. La generosidad de los "ferieros" andinos, conocidos popularmente como "gochos", que donaron sus cosechas a las víctimas, contrasta con el severo impacto económico que amenaza con agudizar la escasez y la inflación en la región capital.
La Solidaridad Andina Frente a la Devastación Inmediata
La mañana del 25 de junio, el paisaje en Naiguatá y Catia La Mar era desolador. Donde antes resonaba el bullicio de los mercados y el aroma a tierra fresca, ahora se percibía el miedo y la incertidumbre. Jonathan Pérez, un "feriero" de los Andes venezolanos que semanalmente surtía su puesto en Naiguatá con miles de kilos de hortalizas, frutas y víveres, presenció cómo su negocio se transformaba en un refugio improvisado. Bajo los mismos toldos que días antes resguardaban sus productos, ahora dormían entre 40 y 50 sobrevivientes, niños, adultos y ancianos que lo habían perdido todo.
La respuesta de Pérez fue inmediata y conmovedora. Sin dudarlo, decidió regalar todo lo que le quedaba: quesos, panes andinos, papas, auyamas y cientos de pulpas de fruta. Un gesto que, aunque no compensa la magnitud de la catástrofe, ofreció un respiro de esperanza y sustento a quienes se enfrentaban a la nada. En Catia La Mar, Geovany Gómez, otro "feriero" tachirense que abastecía el sector de Guaracarumbo, replicó la solidaridad. Ante la emergencia y la ausencia de compradores, Gómez entregó las aproximadamente ocho toneladas de alimentos que tenía acumuladas, aunque lamentablemente una parte significativa de la mercancía se perdió irremediablemente.
Estos comerciantes, los "gochos" como se les conoce en toda Venezuela, son la columna vertebral de un sistema de distribución informal pero esencial. Viajan semanalmente desde estados andinos como Táchira, Mérida y Trujillo, con sus camiones repletos de productos agrícolas, para venderlos en los mercados a cielo abierto de la costa y el centro del país. Su presencia es tan habitual que su ausencia se siente de inmediato, no solo en la falta de sus productos, sino en el vacío de la interacción humana que generan. La tragedia, que los sorprendió en plena jornada de San Juan, los confrontó con una realidad que trascendía cualquier cálculo económico. "Uno ni siquiera se ha puesto a pensar en el dinero", afirmó Gómez, reflejando la prioridad humana ante la devastación.




