Familiares de las víctimas de los sismos denuncian retrasos y desorganización en la morgue de Caracas
Una mujer, quien pidió resguardo a su identidad por temor, identificó el cadáver de su tío en la morgue de campaña que improvisaron en el campo de golf de Playa Grande, en La Guaira. Sin embargo, las autoridades lo cambiaron de lugar sin previo aviso. Caracas. Los familiares y amigos de los desaparecidos o fallecidos […]
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El reciente embate de los terremotos que sacudieron varias regiones de Venezuela el pasado 24 de junio ha desatado una ola de dolor y desolación que se extiende más allá de los escombros. Para cientos de familias, la tragedia no culminó con el colapso de sus hogares o la pérdida de sus seres queridos, sino que se ha transformado en un calvario burocrático y emocional en la búsqueda e identificación de los cuerpos de las víctimas, con la morgue de Caracas y los centros forenses improvisados en el ojo del huracán por su palpable desorganización.
El Vía Crucis de la Búsqueda: De la Angustia a la Incertidumbre
Desde el fatídico día de los sismos, los familiares de los desaparecidos o fallecidos han emprendido un peregrinaje desgarrador, transitando entre la esperanza y la desesperación. Su ruta los lleva de un lado a otro: desde la morgue de Pariata, en La Guaira, hasta los hospitales de la capital, para finalmente desembocar en las puertas del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) en Bello Monte, Caracas. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, lo que encuentran es un muro de respuestas infructuosas y un sistema que parece abrumado por la magnitud de la tragedia.
La jornada del domingo, cuatro días después de los terremotos, fue un testimonio viviente de esta angustia colectiva. Quienes esperaban en las áreas de atención se quejaban amargamente del lento procesamiento de cada caso, un retraso que prolonga la agonía de quienes solo desean dar un digno sepelio a sus parientes.
Una mujer, que prefirió mantener su nombre en el anonimato por miedo, compartió un relato que ilustra la dimensión del caos. Logró identificar el cuerpo de su tío en una morgue de campaña habilitada en el campo de golf de Playa Grande, en La Guaira. Pero la poca coordinación institucional le jugó una cruel pasada: las autoridades trasladaron el cadáver sin previo aviso. "Ahora está extraviado y seguramente será difícil reconocerlo porque ya han pasado muchos días", lamentaba con la voz quebrada, evidenciando cómo la desorganización borra el rastro de los fallecidos y prolonga la incertidumbre de los deudos.
Este patrón de descontrol se repite una y otra vez. Nakary Arias buscaba incansablemente a sus parientes, Yaquelin Parra y Siestres Yaguaramai, padres de tres adolescentes, cuyos cuerpos fueron recuperados de los escombros del edificio Obelisco en Los Palos Grandes. La pareja dio señales de vida por última vez el jueves, pero desde entonces, su paradero era un misterio. "Luego los sacaron y, desde entonces, los estábamos buscando aquí en la morgue. No aparecían en el lote de fotos que tenían en las computadoras", relató Nakary. Solo la tarde del domingo, gracias a la intermediación de un funcionario, pudo finalmente hacer el reconocimiento presencial. La espera de tres días en la incertidumbre más absoluta es una herida que difícilmente cerrará.
Rostros Desfigurados y un Sistema de Identificación Ineficiente
La escena en la morgue de Bello Monte es un reflejo de la desesperación. La hermana de Amable Hernández, de 58 años, también vivía su propio calvario, aguardando pacientemente la autorización para ingresar e identificar a su hermano. Sentada en un banco en la plaza aledaña, su frustración era palpable. Cuestionaba la forma en que se maneja la recuperación, reseña y entrega de los cadáveres, proponiendo soluciones que parecen obvias en un contexto de catástrofe.
"Con el impacto del desplome, los rostros bajo los escombros cambian drásticamente debido a los golpes y traumatismos", explicaba con lucidez. Criticó que las autoridades no implementen sistemas de captahuellas directamente en las zonas de rescate para agilizar la identificación, y que se mantenga la estrategia de mostrar únicamente fotos de los rostros en pantallas de computadora. "Deben considerar que a veces uno conoce detalles específicos de sus familiares, como una marca, que pueden ayudar durante el reconocimiento. Pero esto aquí está muy desorganizado y los días van pasando", lamentaba, consciente de que cada hora que pasa, la identificación se vuelve más compleja.
La dinámica en Bello Monte es tan repetitiva como desgarradora para los familiares. Al llegar, se les dirige a una sala donde funcionarios muestran una galería de aproximadamente 40 fotografías en una pantalla, con los rostros de las víctimas ingresadas. Si el familiar no reconoce a nadie, debe salir y esperar. La espera puede durar horas, a la expectativa de que se carguen nuevas imágenes o de obtener un pase para un reconocimiento físico. La base de datos se actualiza con una lentitud exasperante, a medida que nuevas camionetas llegan con más fallecidos, perpetuando un ciclo de incertidumbre y dolor.
La Solidaridad como Escudo y la Lucha por la Información
Ante la ineficiencia de un sistema que no ofrece certezas, la división familiar se ha convertido en una estrategia de supervivencia. La familia de David José Ochoa Hernández, de 39 años, también esperaba en Bello Monte. Como muchos otros grupos, decidieron fragmentarse para hacer la búsqueda más expedita. "No podemos estar todos en el mismo sitio. Mi hermana se fue a La Guaira a ver si sabe algo de su hijo, otros están recorriendo los hospitales de Caracas y nosotros nos quedamos aquí plantados", relató uno de sus parientes, ilustrando la compleja red de búsqueda que han tejido para encontrar a sus seres queridos.
Mientras las horas avanzaban, los alrededores de la morgue se llenaban de más personas, policías y voluntarios. En medio del caos y la tristeza, la solidaridad emergía como un bálsamo. Una carpa dispuesta en la entrada ofrecía sillas para los visitantes, mientras voluntarios repartían tapabocas, café, agua y jugos. En otro toldo en la calle, se distribuían almuerzos, arepas y panes rellenos, priorizando a quienes llegaban exhaustos desde La Guaira, una muestra de la resiliencia y el espíritu comunitario que aflora en las tragedias. Incluso los funcionarios recibían apoyo logístico, con cajas de agua y comida circulando entre ellos.
Durante la jornada vespertina de esta cobertura, se observó una aparente apertura, sin limitaciones para estacionar vehículos ni impedimentos para el trabajo de la prensa. Esta situación contrasta notablemente con la historia reciente de la institución, que desde 2015 intensificó la prohibición y el cerco informativo para los reporteros en los alrededores de la morgue, restringiendo entrevistas a los deudos.
Sin embargo, esta ausencia de censura física no se traduce en una verdadera transparencia. En el fondo, lo que no se garantiza dentro y fuera de la medicatura forense es el derecho fundamental que tienen estas personas a recibir información oportuna, a conocer la verdad y a saber exactamente dónde están los cuerpos de sus familiares. En contextos de catástrofe, ocultar el paradero de un cuerpo o retrasar su identificación por fallas logísticas se convierte en una segunda y cruel vulneración a las víctimas, negando la dignidad que merecen incluso en la muerte.
La Guaira, mientras tanto, sigue resistiendo la devastación, sostenida por la valentía de su gente, pero la herida de la desorganización en la gestión de los fallecidos profundiza el dolor de una nación ya golpeada. La búsqueda de los cuerpos y la dignidad en la despedida se han convertido en la batalla más íntima y urgente para miles de venezolanos, una batalla que clama por una respuesta eficiente y humana por parte de las autoridades.