Entre listas de heridos y ambulancias: pacientes desbordan los hospitales de Caracas después del terremoto
Caracas. El sonido de las sirenas no dio tregua este 25 de junio. Ambulancias, vehículos particulares y hasta unidades de transporte público llegaron de manera constante a los principales hospitales de Caracas con personas heridas tras los dos terremotos que se registraron en el país la tarde del 24 de junio. Mientras los médicos intentan
Caracas. El 24 de junio de un año que quedará grabado en la memoria colectiva, la tierra rugió bajo Venezuela, desatando una emergencia que puso a prueba la ya precaria infraestructura del país y la resiliencia de su gente. Dos terremotos sacudieron la nación, y con ellos, una ola de pánico, destrucción y, subsecuentemente, una riada de dolor y desesperación que desbordó los principales centros hospitalarios de la capital. El sonido incesante de las sirenas, una melodía lúgubre y constante, se convirtió en la banda sonora de un día de caos y búsqueda.
Desde la tarde del sismo, las ambulancias, vehículos particulares e incluso unidades de transporte público improvisadas como medios de rescate, convergieron hacia los hospitales de Caracas. Con cada minuto que pasaba, el flujo de heridos no cesaba, transformando pasillos y salas de espera en escenas de una tragedia en desarrollo. Familias enteras, con el rostro marcado por la angustia, recorrían los centros asistenciales, preguntando nombres, revisando listas manuscritas, aferrándose a la tenue esperanza de encontrar a un ser querido. La emergencia no solo se libraba dentro de los quirófanos, sino también en las afueras, donde la incertidumbre carcomía la paciencia de cientos de personas.
A las 10:00 de la mañana del día siguiente, el Hospital “Dr. Ricardo Baquero Gonzales”, popularmente conocido como el Periférico de Catia, ya era un epicentro del drama. La mayoría de los lesionados provenían de La Guaira, la zona costera más afectada, donde la furia del sismo dejó edificios fracturados y vidas alteradas para siempre. Aunque el personal de vigilancia se negaba a ofrecer cifras oficiales, entre el personal sanitario circulaban estimaciones sombrías: más de 300 heridos y al menos 8 fallecidos habían ingresado desde la noche anterior. La escena se replicaba sin cesar: ambulancias abriéndose paso entre la multitud, mientras ciudadanos solidarios llegaban con bolsas de agua, alimentos y medicamentos, intentando mitigar la espera y el sufrimiento.
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El testimonio del horror: una celebración convertida en pesadilla
En el Hospital Dr. Jesús Yerena, en Lídice, el relato de Caridad Brito, habitante de Macuto, ilustra la magnitud del horror vivido. Lo que debía ser una celebración de cumpleaños junto a cinco familiares se convirtió en una lucha desesperada por la supervivencia. Desde el noveno piso de su edificio, Caridad fue testigo de cómo la estructura cedía, un espectáculo dantesco que la dejó a ella y a sus seres queridos atrapados. "Fue sorprendente la forma en cómo se fracturó el edificio. Quedamos cinco en un rincón", relató, aún conmocionada, mientras esperaba atención médica por raspones y golpes superficiales.
Su hermana permanecía a su lado, pero la situación más crítica la enfrentaba su madre, quien, en un acto de amor y sacrificio, había recibido múltiples golpes al intentar proteger a la familia, y ahora luchaba por su vida en terapia intensiva. Caridad recuerda las horas interminables, la incertidumbre, los gritos desesperados. "Nos montamos en una viga a pegar gritos para que nos sacaran porque pensamos en un momento que no íbamos a salir de ahí", confesó a nuestro equipo, con la voz entrecortada, la imagen del colapso grabada en su memoria. No fue sino hasta las 2:00 a.m. cuando los valientes bomberos lograron rescatarlos de los escombros, un rescate que les dio una segunda oportunidad, pero que dejó profundas heridas, tanto físicas como emocionales.
Mientras Caridad y otros sobrevivientes recibían atención, afuera de los hospitales la búsqueda de los desaparecidos era una odisea paralela. En el Hospital de Lídice, así como en el Dr. José Gregorio Hernández (Magallanes de Catia), donde se reportó el ingreso de 35 adultos y un niño, la gente no solo esperaba noticias de los hospitalizados, sino de aquellos cuyo paradero era un misterio. La angustia se extendió incluso al Parque Alí Primera, en la avenida Sucre, donde se improvisó un listado de personas desaparecidas. Familiares llegaban con fotografías, nombres y números de contacto, en un desesperado intento por cerrar el círculo de la incertidumbre.
Un sistema de salud al límite: el colapso de una infraestructura olvidada
El Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño se erigió como otro de los principales centros receptores. Obreros, enfermeros y médicos trabajaban sin descanso, en un esfuerzo titánico por atender a la avalancha de pacientes. Aunque un registro inicial sumaba aproximadamente 160 nombres, la realidad era que la cifra real era mucho mayor, con ambulancias y vehículos particulares llegando sin cesar. Los pasillos, estrechos y ya insuficientes en tiempos normales, se vieron invadidos por camillas, donde nuevos pacientes eran evaluados apenas cruzaban la puerta de emergencias.
La situación no era menos crítica en el Hospital José María Vargas, en Cotiza, donde se contabilizaron al menos 90 heridos y 6 fallecidos. Las propias edificaciones cercanas al centro asistencial mostraban daños visibles, testimonio mudo de la brutalidad del evento sísmico. Más al este, el Hospital Domingo Luciani, en El Llanito, enfrentaba una jornada de máxima exigencia, habiendo recibido más de 200 heridos. La improvisación se hizo norma, con unidades de transporte público transformándose en improvisadas ambulancias para aliviar la presión sobre los saturados servicios de emergencia.
Este panorama de desborde hospitalario no es un hecho aislado, sino la cruda manifestación de años de deterioro y abandono del sistema de salud venezolano. La infraestructura hospitalaria, ya debilitada por la falta crónica de inversión, mantenimiento, insumos y personal especializado, colapsó bajo la súbita demanda de una emergencia mayor. Venezuela, un país con una historia sísmica notable –desde el devastador terremoto de 1812 en Caracas, que cobró miles de vidas, hasta el de 1967, o el de Cariaco en 1997–, ha visto cómo la preparación para desastres naturales ha sido relegada a un segundo plano frente a otras prioridades políticas y económicas. La falta de cumplimiento de normativas de construcción antisísmica, la corrupción en proyectos de infraestructura y la fuga de cerebros en el sector salud han creado un caldo de cultivo para una vulnerabilidad extrema ante eventos de esta magnitud.
Implicaciones de una tragedia anunciada: más allá de los escombros
Las implicaciones de este terremoto trascienden la emergencia inmediata. A nivel social, la tragedia profundiza el trauma colectivo de una nación ya golpeada por una crisis humanitaria compleja. Miles de personas han perdido sus hogares o han visto sus viviendas seriamente afectadas, lo que agrava la crisis habitacional y genera un desplazamiento interno, especialmente desde La Guaira hacia la capital. La ya frágil red de apoyo social se estira al límite, mientras la salud mental de los sobrevivientes y los equipos de rescate y atención médica se ve severamente comprometida. La solidaridad ciudadana, aunque conmovedora, no puede suplir la ausencia de un Estado robusto y preparado.
Desde el punto de vista económico, el impacto es devastador. Los costos de la respuesta de emergencia, la atención médica masiva, la rehabilitación de infraestructuras dañadas y la reconstrucción de viviendas y edificios públicos se sumarán a una economía ya en ruinas. La Guaira, un estado con importante actividad portuaria y turística, verá paralizadas sus actividades, afectando aún más el ya menguado Producto Interno Bruto del país. La reconstrucción requerirá recursos que Venezuela, sumida en una profunda recesión, no posee, lo que podría abrir la puerta a la necesidad de ayuda internacional, no exenta de complejidades políticas en el actual escenario global.
En el ámbito político, la gestión de esta crisis pondrá a prueba la capacidad de respuesta del gobierno. La transparencia en la información, la eficiencia en la coordinación de los esfuerzos de rescate y asistencia, y la asignación de recursos serán cruciales para mantener la poca confianza que aún pueda existir en las instituciones. La debilidad institucional y la centralización del poder podrían obstaculizar una respuesta ágil y efectiva, exacerbando el sufrimiento de la población y exponiendo las fallas estructurales de un modelo de gobernanza que ha priorizado la ideología sobre la gestión de riesgos y la inversión en servicios esenciales. La falta de preparación y la negligencia en la aplicación de códigos de construcción adecuados son responsabilidades que el Estado no puede eludir.
La solidaridad como bálsamo: un rayo de esperanza en la adversidad
En medio del caos y la desesperación, la solidaridad emergió como un bálsamo. Ciudadanos organizados, de manera espontánea, acudieron a los hospitales con alimentos, agua potable, insumos médicos y bebidas para los familiares que aguardaban noticias. Sin conocerse, compartían recursos, cargadores de teléfonos y, sobre todo, palabras de aliento, forjando lazos de humanidad en la adversidad. Esta capacidad de la sociedad civil venezolana para autoorganizarse y apoyarse mutuamente es un testimonio de la inquebrantable resiliencia del pueblo, un contraste con las carencias del sistema.
Afuera de los hospitales, la batalla por salvar vidas se libraba en los quirófanos, pero también se enfrentaba otra lucha: la de cientos de familias que esperaban una llamada, un nombre en una lista o la llegada de una ambulancia que les permitiera confirmar que sus seres queridos seguían con vida. Entre los pasillos repletos, las listas de desaparecidos y las ambulancias que no dejaban de llegar, Caracas se convirtió en el destino de quienes lograron escapar de la devastación en La Guaira y en el lugar donde cientos de familias comenzaron una larga espera marcada por la incertidumbre.
La tragedia del terremoto no solo ha removido la tierra bajo nuestros pies, sino que ha sacudido las conciencias, exponiendo la profunda vulnerabilidad de Venezuela ante eventos naturales. Esta vulnerabilidad no es solo geográfica, sino también el resultado de décadas de desinversión, deterioro institucional y una gestión pública deficiente. Para "Libertad VZLA", este evento subraya la imperiosa necesidad de un gobierno transparente, responsable y eficiente, que priorice la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos, invirtiendo en infraestructuras resilientes, fortaleciendo los servicios de emergencia y garantizando un sistema de salud que pueda responder a las demandas de cualquier crisis. La libertad de vivir sin miedo, de contar con un Estado que proteja y no abandone, es el pilar fundamental de una sociedad que aspira a la verdadera libertad. La memoria de este 24 de junio debe ser un catalizador para un cambio profundo, un llamado a construir una Venezuela más segura, más justa y más humana.