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El pueblo salva al pueblo

El pueblo salva al pueblo

Al este de La Guaira, en la costa del litoral central del Caribe venezolano, a unos 30 minutos de Caracas, una larga fila de palmeras frente a una playa de arena dorada y una vista privilegiada frente al mar parecen indicar que es la entrada a un paraíso tropical. En realidad, es lo contrario, el

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor1 jul. 2026

En la costa central venezolana, a escasos kilómetros de la capital, lo que por años fue percibido como un idílico litoral se transformó súbitamente en un epicentro de devastación. Tras dos potentes terremotos que sacudieron la región, la comunidad de La Guaira, especialmente Playa Lido, enfrenta una tragedia de proporciones históricas, marcada por la pérdida de vidas y hogares, y una notoria ausencia de respuesta estatal que ha obligado a los ciudadanos a organizarse para sobrevivir.

La Tragedia Silenciosa: Escombros y Vidas Perdidas

La mañana del miércoles 24 de junio, la tierra rugió con una fuerza inusitada. Dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el norte de Venezuela, dejando tras de sí un paisaje de destrucción que contrastaba brutalmente con las palmeras y la arena dorada de Playa Lido. Para María Helena Hernández González, de 63 años, este paraíso se convirtió en una trampa mortal. Su hogar, una quinta de paredes blancas, se desplomó en cuestión de segundos, sepultando a su hermana mayor, Aura Hernández, de 74 años, y a su sobrino, Tony Lares, de 56. Aura, convaleciente de un Accidente Cerebrovascular (ACV) y con movilidad reducida, no tuvo oportunidad de escapar. Tony, en un acto desesperado de amor filial, regresó por su madre, pero la estructura cedió sobre ambos.

La narrativa de María Helena es un testimonio desgarrador de la resiliencia y el abandono. Relata cómo, 24 horas después del derrumbe, fueron los propios vecinos y familiares quienes, con sus manos, removieron los escombros para rescatar a sus seres queridos. "Estaban mal heridos pero vivos," lamenta, evidenciando que una intervención oportuna podría haber marcado la diferencia. Sin embargo, la ayuda oficial nunca llegó. De su vida anterior, solo le queda la ropa que llevaba puesta y el recuerdo amargo de haberlo perdido todo, incluyendo a su mejor amiga.

A pocos metros de lo que fue su casa, se alza una montaña de concreto y varillas retorcidas, vestigio de los Apartamentos El Palmar, un edificio que alguna vez fue el célebre Gran Hotel Palmar, orgullo arquitectónico de los varguenses. Allí, Elizabeth, la conserje y confidente de María Helena, quedó atrapada. Sus manos se asomaban entre los escombros, su voz se escuchaba, y durante dos días, vecinos y voluntarios lucharon incansablemente para liberarla. María Helena relata con indignación cómo Elizabeth falleció aferrada a la mano de su esposo, Julio, quien le infundía ánimo desde el exterior, mientras la asistencia especializada brillaba por su ausencia. La presencia policial, según su testimonio, se limitó a documentar la escena con fotografías, sin ofrecer apoyo concreto en las labores de rescate.

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La Resistencia Comunitaria Frente al Abandono Estatal

La situación en Playa Lido es un crudo reflejo de la precaria infraestructura y la limitada capacidad de respuesta estatal ante desastres de gran magnitud. Luis Jiménez, de 74 años, amigo y vecino de María Helena, también perdió su hogar. Para él, la tragedia no es una novedad; hace 27 años, el devastador deslave de Vargas lo dejó sin casa. "El terremoto se me hizo eterno, yo pensé que era el fin del mundo," comparte Luis, con una mirada que denota el peso de la historia y la repetición de la adversidad. Su experiencia subraya una dolorosa realidad: la vulnerabilidad de las comunidades venezolanas frente a los fenómenos naturales, exacerbada por la falta de planificación y previsión.

Frente a la inacción gubernamental, la solidaridad ciudadana emergió como el principal mecanismo de supervivencia. Lo que queda del restaurante de Luis, un amplio salón de cemento y zinc, se transformó en un refugio improvisado para decenas de vecinos afectados, incluyendo a María Helena y su familia. "Aquí resolvemos solos," afirma Luis, una frase que encapsula la esencia de la autogestión comunitaria en un contexto de abandono institucional. La comunidad, de manera espontánea y organizada, asumió las tareas de rescate, atención a heridos y provisión de albergue, demostrando una capacidad de respuesta que el Estado no pudo o no quiso ofrecer en las primeras y críticas 48 horas tras el desastre. Este fenómeno, donde "el pueblo salva al pueblo," se ha convertido en una constante en Venezuela ante la recurrente debilidad de las instituciones públicas.

Un Puesto de Salud Bajo Sombra Militar y Sin Suministros

La presencia del Estado en Playa Lido, cuando finalmente se hizo visible, asumió una forma particular y, para muchos, insuficiente. Al otro lado de la avenida principal, frente a la Bahía de los Niños, una carpa blanca se instaló como punto de atención médica. Sin embargo, este centro no estaba bajo la dirección de organismos de salud civil, sino custodiado por unos 30 efectivos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), vestidos de negro, con lentes oscuros y armamento largo.

La contradicción era palpable: mientras la fuerza militar resguardaba el puesto, los tres médicos de guardia luchaban contra la escasez de insumos básicos para atender a las aproximadamente 1500 personas heridas, que presentaban desde traumatismos y laceraciones hasta crisis hipertensivas. El listado de carencias era alarmante: faltaban analgésicos, antihipertensivos, hilos de sutura, gasas, alcohol, agua oxigenada, antisépticos como povidona, antibióticos orales, guantes desechables y tapabocas. En medio de la catástrofe, con miles de personas necesitando atención urgente, los profesionales de la salud se veían obligados a pedir ayuda a gritos, bajo la mirada de los militares, para reponer los suministros y garantizar una atención mínima. La situación se agravaba por la ausencia total de electricidad e internet, complicando aún más la comunicación y la coordinación de la ayuda. La imagen de militares armados custodiando un puesto de salud desprovisto de lo esencial, en lugar de participar activamente en labores humanitarias o de rescate, generaba una profunda inquietud y reforzaba la percepción de un Estado más preocupado por el control que por la asistencia humanitaria efectiva.

La tragedia de La Guaira, con sus edificios emblemáticos reducidos a escombros y sus comunidades sumidas en el luto, expone una vez más la frágil realidad venezolana. La capacidad de resiliencia y organización de sus ciudadanos, que se han convertido en los primeros y muchas veces únicos respondedores ante la adversidad, contrasta brutalmente con la ineficiencia y el abandono de las estructuras estatales. En Playa Lido, la solidaridad espontánea de la gente se erige como el verdadero bastión de esperanza, mientras las víctimas claman por una ayuda oficial que, hasta ahora, ha sido una promesa incumplida, dejando a la intemperie no solo hogares, sino también la confianza en sus instituciones.