Voces de la incertidumbre: Entre la demolición y la esperanza
La tragedia del 24 de junio ha sembrado más que ruinas físicas; ha gestado una profunda división en el seno de la comunidad. Doce días después del sismo, las opiniones se bifurcan, reflejando la diversidad de daños y esperanzas. Los residentes de las plantas inferiores, cuyas viviendas han sufrido el embate más severo, claman por una demolición total y una reubicación definitiva. Para ellos, el riesgo es inminente y la posibilidad de recuperar sus hogares, una utopía. Sus paredes exhiben profundas fisuras que comprometen columnas y mampostería, los muros externos colapsaron dejando expuestas las estructuras internas y se perdieron algunas vigas de contención. La idea de reconstruir sobre escombros invisibles es inaceptable.
Sin embargo, los vecinos de los pisos más altos, como Zaida y Luis Nieto, que reside en el segundo piso, albergan una esperanza distinta. Aunque también tuvieron que evacuar por precaución, sus apartamentos no sufrieron el impacto devastador de los niveles inferiores. Luis describe cómo su hogar quedó "casi intacto", con daños visibles limitados a algunas fisuras menores en las paredes que no comprometen la seguridad estructural. Para él y su madre, que ahora se alojan con parientes, abandonar su barrio y su comunidad no es una opción viable. El arraigo, sumado al temor a los saqueos en un edificio deshabitado, los impulsa a regresar diariamente para custodiar sus pertenencias. "Nos cambió la vida, ahora estamos regaditos pero cerca", expresa Luis con una mezcla de resignación y determinación. Su postura es clara: buscan la ayuda de un ingeniero estructural que les ofrezca "certeza" y, si es posible, están dispuestos a invertir en las reparaciones necesarias.
La urgencia de un estudio de suelo definitivo que dictamine el destino del bloque es el único punto de acuerdo unánime entre todos los afectados. Una comisión multidisciplinaria, integrada por ingenieros de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad Metropolitana, junto con personal de Protección Civil, ya inspeccionó el lugar. Sus conclusiones fueron contundentes: el peligro es "grave". Prohibieron la circulación por el área y advirtieron sobre la vulnerabilidad extrema de las escaleras, capaces de colapsar bajo el peso de varias personas. A pesar de estas advertencias, la necesidad obliga a algunos a ingeniárselas, turnándose uno a uno para rescatar sus enseres más preciados.
La lucha por el hogar: Organización y expectativa
Para Zaida Mabel Salazar, el desalojo permanente no es una alternativa. A pesar de las evidentes diferencias en el grado de afectación entre los pisos, ella no comparte la visión de una demolición total. Al recorrer su apartamento en el tercer piso, muestra las marcas menores y algunas grietas, algunas incluso de un temblor anterior, pero insiste en que el espacio es habitable. El 24 de junio, sin embargo, fue diferente. "Sentí que algo se me venía encima y empezaron a temblar las ventanas", recuerda con la voz aún teñida de asombro. Reconoce la severidad de los daños en la planta baja, pero para ella, "pareciera que fuera otro edificio" en comparación con su nivel.
Consciente de que el Estado venezolano tiene prioridades de atención en otras zonas afectadas del país, como La Guaira o Chacao, Zaida y otros vecinos han optado por la organización comunitaria. Hace apenas cuatro días, lograron que un grupo de ingenieros elaborara un presupuesto detallado para la reparación de las zapatas y el refuerzo de las cuatro bases principales del edificio, una inversión estimada en $15.500. Este documento fue presentado ante las instituciones del Estado, y ahora la comunidad espera con impaciencia una respuesta, la apertura de créditos públicos o cualquier forma de apoyo que les permita salvar su hogar.
La incertidumbre se cierne sobre la urbanización Simón Bolívar, donde pancartas improvisadas claman por ayuda a las puertas del conjunto residencial. La esperanza de una resolución se mezcla con el temor a la inacción y a la posibilidad de que la historia de sus hogares se escriba con la palabra "escombros". En medio de esta encrucijada, Zaida y Luis, junto a muchos otros, se mantienen firmes en su decisión de proteger y, si es posible, restaurar las paredes que han sido testigos de sus vidas, aferrándose a la idea de que la resiliencia comunitaria puede ser el cimiento más sólido frente a la adversidad.
La comunidad de Ciudad Tablitas enfrenta no solo la reconstrucción de una estructura, sino también la de la confianza y la cohesión social. Mientras el tiempo transcurre, la necesidad de una respuesta definitiva se vuelve más apremiante, una que permita a estas familias recuperar la tranquilidad y la seguridad de un techo propio, libre del fantasma de un colapso inminente. La espera es larga, pero la determinación de salvar sus hogares, la memoria de una vida entera, es aún más grande.