La Guaira, Venezuela – En medio del caos y la devastación que sacudieron la costa venezolana el pasado 24 de junio de 2026, una historia de supervivencia emerge como un testimonio de la fragilidad de la vida y la asombrosa capacidad de la intuición humana. Un simple consejo, pronunciado casi en broma por un padre a su hija, se convirtió en la línea de vida que salvó a las hermanas Hana, de 13 años, y Livana, de 7, del colapso de su propio hogar. Este evento, catalogado como el peor sismo en más de un siglo en Venezuela, no solo dejó un rastro de destrucción, sino que también puso de manifiesto la urgente necesidad de una infraestructura resiliente y una cultura de prevención en una nación acostumbrada a lidiar con desastres naturales, pero quizás desprevenida para esta magnitud de tragedia telúrica.
Carlos Rondón, padre de Hana y Livana, soltó una frase que resonaría con una fuerza inimaginable: "Si hay un terremoto, te colocas junto a la columna cerca del balcón". Un comentario ligero, destinado a inculcar en su hija mayor la responsabilidad de cuidar a su hermana menor, en un lugar donde el miedo ancestral siempre estuvo más ligado a las furias del cielo que a los movimientos de la tierra. La Guaira, con la cicatriz perenne de la tragedia de 1999 aún visible en su memoria colectiva, había aprendido a temer las lluvias torrenciales y los deslaves, no los sismos. Esa tarde de miércoles, día de San Juan, el cielo lucía despejado y azul, engañosamente tranquilo. Carlos y su esposa Asia habían salido a hacer unas compras al supermercado, a apenas diez minutos de su hogar, sin prever que el suelo bajo sus pies, y el de todo el país, estaba a punto de rebelarse.
Eran pasadas las 6:00 de la tarde cuando la tierra rugió. Las dos sacudidas consecutivas transformaron la apacible jornada festiva en un escenario de terror y desesperación. Calles paralizadas, gente corriendo y gritando, edificios que se desplomaban sobre las aceras. Mientras Carlos y Asia emprendían el angustioso camino de regreso a pie, la magnitud del desastre comenzaba a revelarse en toda su crudeza. Sin embargo, una extraña mezcla de fe y negación les impedía concebir lo peor para sus hijas. Su hogar, un luminoso complejo de apartamentos de 11 pisos con vistas al mar, piscina y zona de barbacoa, construido en la década de los ochenta y equipado con un sistema antisísmico, había resistido innumerables embates. Incluso había servido de refugio para damnificados del deslave del 99, una prueba irrefutable de su robustez. Era el paraíso playero que la familia Rondón había encontrado tras años de trotamundos, incluyendo una estancia en Chile, país acostumbrado a los temblores. Pero esta vez, la tierra no perdonó.
El Contexto Sísmico de Venezuela: Una Realidad Ignorada
La historia de Hana y Livana es un crudo recordatorio de la posición geográfica de Venezuela. Ubicada en la interacción de las placas tectónicas del Caribe y Sudamérica, la nación está atravesada por importantes fallas geológicas activas, como la Falla de Boconó, la Falla de San Sebastián y la Falla de El Pilar. Estas estructuras son responsables de una actividad sísmica constante, aunque no siempre percibida con la misma intensidad. Históricamente, Venezuela ha sido escenario de terremotos devastadores. El más recordado es, quizás, el de 1812, que asoló Caracas en Jueves Santo, un evento de tal magnitud que fue interpretado por muchos como un castigo divino a la naciente causa independentista. Más recientemente, el terremoto de Caracas de 1967, con una magnitud de 6.5, dejó cientos de muertos y un significativo daño estructural, especialmente en edificios altos. En 2018, un sismo de magnitud 7.3 con epicentro en el estado Sucre sacudió gran parte del territorio nacional y países vecinos, generando alarma pero, afortunadamente, sin un saldo de víctimas masivo.
El sismo del 24 de junio de 2026, sin embargo, parece haber superado en intensidad y consecuencias a muchos de estos eventos recientes, mereciendo la ominosa etiqueta de "el peor en más de un siglo". La recurrencia de estos fenómenos naturales obliga a una reflexión profunda sobre la preparación del país. Mientras la memoria colectiva de La Guaira y gran parte de Venezuela estaba grabada con la tragedia de 1999 –un desastre socio-natural de proporciones bíblicas que cobró miles de vidas y alteró para siempre la geografía costera debido a las lluvias y deslaves– la amenaza sísmica a menudo quedaba relegada a un segundo plano. La experiencia de los Rondón, cuya vivienda había resistido el deslave del 99, pero no el temblor de 2026, subraya este cambio en el paradigma del riesgo.
La resiliencia de la infraestructura es un pilar fundamental en la protección de vidas. El hecho de que un edificio de la década de los ochenta, diseñado con sistemas antisísmicos y con un historial de resistencia, haya colapsado, plantea serias interrogantes. ¿Fue la magnitud del sismo excepcional, superando los parámetros de diseño de la época? ¿O acaso la falta de mantenimiento, la corrosión estructural o la negligencia en la aplicación de códigos de construcción más modernos jugaron un papel? Venezuela, sumida en una profunda crisis económica durante la última década, ha visto un deterioro generalizado de su infraestructura. La inversión en mantenimiento y modernización de edificaciones públicas y privadas ha sido mínima, y la supervisión de nuevas construcciones, en un contexto de corrupción endémica, a menudo es deficiente. Esto deja a millones de ciudadanos vulnerables ante eventos naturales extremos.



