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Drenajes obsoletos y falta de mantenimiento aumentan vulnerabilidad de comunidades a las lluvias

Drenajes obsoletos y falta de mantenimiento aumentan vulnerabilidad de comunidades a las lluvias

Con la temporada de lluvias y la sequía que se avecina por el fenómeno de El Niño, resurge la urgencia de planificar políticas públicas en gestión de riesgos. Expertos sugieren al Estado mitigar los riesgos de desastres en las comunidades vulnerables y, al mismo tiempo, gestionar los recursos hídricos para evitar que se agudice aun […] La entrada Drenajes obsoletos y falta de mantenimiento aumentan vulnerabilidad de comunidades a las lluvias aparece primero en Crónica Uno - Los hechos como son

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor19 jun. 2026

En el corazón de Venezuela, una amenaza silenciosa y recurrente se cierne sobre sus comunidades, magnificada por la inercia y el abandono: la obsolescencia de sus sistemas de drenaje y la crónica falta de mantenimiento de infraestructuras vitales. Con cada temporada de lluvias, lo que debería ser un ciclo natural se transforma en una pesadilla de inundaciones, deslizamientos de tierra y, en última instancia, la erosión de la calidad de vida y la seguridad de sus ciudadanos. La advertencia es clara y urgente: el país se encuentra en una encrucijada donde la gestión de riesgos no es una opción, sino una imperiosa necesidad frente a la inminente llegada del fenómeno de El Niño, que promete agudizar tanto las precipitaciones extremas como las sequías prolongadas, exponiendo las profundas deficiencias de una nación que parece haberse olvidado de la planificación y la previsión.

La imagen de calles anegadas, viviendas con el agua hasta las rodillas y el lodo descendiendo por las laderas se ha vuelto una estampa trágicamente familiar en el paisaje venezolano. Desde las barriadas de Caracas hasta los pueblos costeros y las ciudades del interior, la historia es la misma. Los sistemas de alcantarillado, diseñados para una Venezuela de décadas atrás, con una población y una urbanización muy distintas, han colapsado bajo el peso de la negligencia. No se trata solo de la capacidad hidráulica insuficiente para lidiar con volúmenes de agua cada vez mayores, sino de una red tupida de tuberías obstruidas por la basura, el sedimento y la maleza que nadie se encarga de retirar. Los caños y quebradas, que antes servían como aliviaderos naturales, hoy son vertederos improvisados que, al desbordarse, arrastran consigo escombros, enfermedades y desesperación.

La génesis de esta crisis multifacética no es reciente. Venezuela, en épocas de bonanza petrolera, llegó a contar con una infraestructura relativamente robusta, producto de inversiones significativas en servicios públicos. Sin embargo, en las últimas dos décadas, el país ha experimentado un declive sostenido en la inversión y el mantenimiento de su patrimonio público. La infraestructura hídrica y de saneamiento no ha sido la excepción; de hecho, es uno de los ejemplos más palpables de este deterioro progresivo. La falta de presupuestos adecuados, la corrupción endémica que desvía fondos destinados a obras y mantenimiento, la fuga de cerebros de ingenieros y técnicos especializados, y la politización de las instituciones encargadas de la gestión de servicios básicos han conspirado para desmantelar lo que alguna vez funcionó, aunque fuera parcialmente.

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Este abandono se ha manifestado en una transición perniciosa: de una cultura de mantenimiento preventivo a una de reacción tardía y a menudo ineficaz. En lugar de limpiar periódicamente los drenajes, desmalezar los cauces de los ríos y reforzar las riberas, las autoridades esperan a que ocurra el desastre para movilizar recursos, que suelen ser insuficientes y temporales. Esta estrategia reactiva no solo es más costosa a largo plazo, sino que también perpetúa el ciclo de vulnerabilidad, dejando a las comunidades a merced del próximo aguacero.

A esta ecuación de precariedad se suma un factor ineludible: el cambio climático y fenómenos meteorológicos como El Niño. Los patrones climáticos globales se han vuelto más erráticos y extremos. Venezuela, por su ubicación geográfica, es particularmente susceptible a estos cambios. Las temporadas de lluvias son cada vez más intensas y concentradas, descargando volúmenes de agua que exceden con creces la capacidad de una infraestructura ya debilitada. Simultáneamente, el fenómeno de El Niño, que tradicionalmente altera los patrones climáticos globales, puede traer consigo periodos de sequía severa tras las lluvias torrenciales, creando un doble desafío: gestionar el exceso de agua en un momento y su escasez crítica en otro. Esta dualidad demanda una planificación hídrica integral y resiliente, que hoy brilla por su ausencia.

Las comunidades más vulnerables son, sin sorpresa, las que sufren las peores consecuencias. Los asentamientos informales, construidos en laderas inestables o a orillas de quebradas y ríos sin control, son los primeros en ser impactados. Sus viviendas precarias, levantadas con materiales ligeros y sin cimientos adecuados, no ofrecen resistencia a la fuerza del agua o los deslizamientos de tierra. La densidad poblacional en estas zonas, combinada con la falta de servicios básicos como la recolección de basura, agrava la situación, ya que los desechos terminan obstruyendo los ya deficientes sistemas de drenaje. La ausencia de sistemas de alerta temprana, la desorganización comunitaria para la prevención y la falta de recursos para reubicación o mitigación de riesgos completan un panorama desolador.

Implicaciones de un Descuido Crónico

Las consecuencias de esta vulnerabilidad estructural y climática son vastas y profundas, abarcando esferas sociales, económicas y políticas.

1. Implicaciones Sociales: La más inmediata y devastadora es la pérdida de vidas humanas. Cada temporada de lluvias trae consigo un lamentable saldo de fallecidos y heridos. Más allá de las tragedias personales, miles de familias pierden sus hogares, sus pertenencias y, en muchos casos, sus medios de subsistencia. El desplazamiento forzado, aunque sea temporal, genera desarraigo y agrava la ya precaria situación de muchas personas. Las inundaciones y el estancamiento de aguas sucias son caldo de cultivo para enfermedades transmitidas por vectores como el dengue y el zika, así como enfermedades gastrointestinales, exacerbando la crisis sanitaria ya existente en el país. El impacto psicológico en los afectados, quienes viven con el miedo constante a la próxima lluvia, es incalculable, generando estrés postraumático y un sentimiento de desamparo ante la ineficiencia de las instituciones. La resiliencia comunitaria se ve mermada ante la recurrencia de los desastres, profundizando las desigualdades sociales, ya que los más pobres son consistentemente los más afectados.

2. Implicaciones Económicas: El costo económico de la inacción es monumental. Cada evento de inundación o deslizamiento requiere una respuesta de emergencia que desvía recursos públicos ya escasos. La reparación de infraestructuras dañadas (carreteras, puentes, servicios básicos) es costosa y a menudo se realiza de manera paliativa, sin abordar la raíz del problema. La pérdida de cosechas y ganado en zonas agrícolas golpea directamente la seguridad alimentaria y la economía local. Las interrupciones en el transporte y el comercio afectan la productividad y la cadena de suministro, impactando a nivel nacional. Además, el riesgo constante de desastres naturales ahuyenta la inversión privada, tanto nacional como extranjera, al aumentar la percepción de inestabilidad y riesgo operativo. Los fondos que podrían destinarse a la mejora de la educación, la salud o la diversificación económica se ven recurrentemente absorbidos por la atención de emergencias.

3. Implicaciones Políticas: La incapacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos de riesgos previsibles genera una profunda erosión de la confianza pública. Las comunidades afectadas, al sentirse abandonadas y desatendidas, pueden volcar su frustración en protestas sociales y un creciente descontento. La percepción de ineficiencia y corrupción en la gestión de desastres y la asignación de recursos para el mantenimiento de infraestructuras debilita la legitimidad de las instituciones gubernamentales. Este ciclo de negligencia y desastre plantea un desafío fundamental a la gobernabilidad. Requiere de una voluntad política genuina para trascender los intereses partidistas y adoptar una estrategia nacional de gestión de riesgos a largo plazo, que incluya la modernización de la infraestructura, la inversión en sistemas de alerta temprana, la educación ciudadana y la participación activa de las comunidades. La libertad de expresión se vuelve crucial en este contexto, permitiendo a los medios como "Libertad VZLA" documentar las fallas, amplificar las voces de los afectados y exigir rendición de cuentas a las autoridades.

Hacia una Gestión Integral del Riesgo y del Agua

La situación actual exige un cambio de paradigma urgente. Los expertos son unánimes en señalar que la planificación de políticas públicas en gestión de riesgos no puede seguir siendo una asignatura pendiente. Es imperativo que el Estado asuma su responsabilidad indelegable y aborde la mitigación de desastres de manera integral y proactiva. Esto implica no solo la rehabilitación y modernización de los drenajes y la infraestructura hídrica, sino también una gestión inteligente de los recursos hídricos que contemple tanto el exceso como la escasez.

Las soluciones, aunque complejas, no son inalcanzables. Pasan por una auditoría exhaustiva de la infraestructura existente, seguida de un plan de inversión sostenido y transparente. La limpieza y el mantenimiento preventivo deben ser una política de Estado, no una reacción de emergencia. Es crucial invertir en tecnologías modernas para la gestión de aguas pluviales y residuales, así como en sistemas de monitoreo climático y alerta temprana. La ordenación territorial debe ser rigurosa, impidiendo la construcción en zonas de alto riesgo y promoviendo la reubicación segura de asentamientos vulnerables.

Pero más allá de la inversión material, es fundamental reconstruir la confianza y la capacidad institucional. Esto requiere de una lucha frontal contra la corrupción, la profesionalización de los entes encargados de la gestión de servicios públicos y la promoción de la participación ciudadana en la identificación de riesgos y la implementación de soluciones. Las comunidades, debidamente informadas y capacitadas, pueden ser aliadas fundamentales en la prevención y respuesta a desastres.

Venezuela se enfrenta a una encrucijada crítica. Las lluvias no esperan, y El Niño ya está en el horizonte. La elección es clara: seguir en el ciclo de la vulnerabilidad y el desastre, o emprender el camino hacia la resiliencia, la planificación y la protección de la vida y el patrimonio de sus ciudadanos. La libertad de expresión, en este contexto, se erige como una herramienta indispensable para garantizar que las voces de quienes sufren sean escuchadas y que la inacción no quede impune. El momento de actuar es ahora, antes de que la próxima tormenta arrastre consigo lo poco que queda.