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Docente pide apoyo para rescatar los cuerpos de su suegra y un vecino de debajo de su casa

Docente pide apoyo para rescatar los cuerpos de su suegra y un vecino de debajo de su casa

Cuando comenzó a temblar Patricia Núñez alcanzó a salir del cuarto para llegar a las escaleras de su casa, pero no lograba mantenerse en pie. “Llegó un momento en el que sentí como un vacío”, recuerda sobre el 24 de junio cuando los dos terremotos seguidos de magnitud 7,2 y 7,5 estremecieron al país.

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor5 jul. 2026

La Guaira, Venezuela – La devastación causada por los recientes sismos del 24 de junio en Venezuela ha dejado tras de sí no solo escombros, sino también un profundo dolor y una clamorosa exigencia de dignidad por parte de las víctimas. En la urbanización Palmar Este de Caraballeda, estado La Guaira, la familia Núñez se enfrenta a una angustiosa espera, suplicando el apoyo oficial para rescatar los cuerpos de dos seres queridos que yacen bajo los restos de lo que fue su hogar, un drama que subraya la percibida ineficiencia y desatención estatal en momentos de catástrofe.

El Rugido de la Tierra y la Tragedia de Palmar Este

El 24 de junio quedará grabado en la memoria de Patricia Núñez como el día en que la tierra, con dos potentes movimientos telúricos de magnitud 7.2 y 7.5, se abrió bajo sus pies, transformando su vida en una pesadilla. En medio del estruendo y la inestabilidad, Patricia, una docente y empleada pública, logró escapar de su vivienda en la urbanización Palmar Este, parroquia Caraballeda, justo cuando la estructura cedía. El caos y el polvo eran tales que la magnitud de la tragedia solo se hizo evidente al salir de lo que quedaba de su casa.

Dentro de los escombros quedaron atrapadas dos personas: Dora Monasterios, su suegra de 83 años, y Gerardo Aguilar, un amigo y vecino de 90 años. El esposo y la hija de Patricia habían salido a realizar una compra, salvándose por una casualidad del destino. La desesperación de la familia fue inmediata. Los gritos de "¡Dora!", "¡Señor Aguilar!" resonaron en el aire, mezclados con la angustia por "¡Nikita!", su perrita que también había quedado sepultada. El milagro de Nikita, quien emergió de los escombros días después, aturdida pero ilesa, solo sirvió para acentuar la esperanza y, a la vez, la tristeza de la familia, pues Patricia cree que la perra pudo haber acompañado a su suegra, quien quizás sobrevivió por un tiempo bajo las ruinas. Este detalle, tan conmovedor como desgarrador, alimenta la convicción de que una respuesta más rápida podría haber cambiado el desenlace para sus seres queridos. La escena de la familia buscando desesperadamente ayuda en las horas subsiguientes, viendo cómo eran los propios ciudadanos y parientes quienes removían los escombros en Tanaguarenas, pintaba un cuadro desolador de la ausencia institucional en los momentos más críticos.

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La Tarda Reacción Estatal y la Obstaculización de la Ayuda

La experiencia de Patricia Núñez y su familia no es un caso aislado; es un testimonio elocuente de la deficiencia en la respuesta oficial ante desastres de gran magnitud en Venezuela. La docente relata con frustración cómo la ayuda de los organismos gubernamentales "llegó demasiado tarde", una afirmación que resuena con los relatos de otros afectados y que sugiere una falta de preparación y coordinación crónica. En las horas cruciales post-terremoto, cuando cada minuto cuenta para el rescate de posibles sobrevivientes, la inacción o la lenta movilización de recursos estatales dejan a las comunidades a su merced.

El panorama se agrava con denuncias de obstaculización de la ayuda externa y la solidaridad ciudadana. Patricia narra un incidente particularmente preocupante: días después del terremoto, ella y una amiga se toparon con un equipo de rescatistas del estado Trujillo, profesionales con la voluntad y el equipo para colaborar. Sin embargo, "funcionarios de seguridad no les dejaban acceder a la parroquia Caraballeda". Esta prohibición, inexplicable y potencialmente letal, plantea serias interrogantes sobre las prioridades de las autoridades y su capacidad para gestionar una crisis. ¿Por qué impedir la entrada de personal calificado y dispuesto a ayudar en una situación de emergencia extrema? Esta acción no solo frustra los esfuerzos de rescate, sino que también socava la confianza pública en las instituciones encargadas de proteger a la población. La percepción de un Estado que no solo es lento en su respuesta sino que además impide la asistencia de terceros, genera un sentimiento de abandono y desamparo aún más profundo entre los afectados.

El Calvario de la Búsqueda: Dignidad y Recursos Negados

La lucha por recuperar los cuerpos de Dora Monasterios y Gerardo Aguilar se ha convertido en un calvario para la familia Núñez, una odisea marcada por la impotencia económica y la indiferencia institucional. Patricia, con la voz quebrada, subraya una cruda realidad: "nosotros no somos personas adineradas". Como docente y empleada pública, su salario y el de su familia no les permiten costear la maquinaria pesada necesaria para remover las toneladas de escombros bajo las cuales yacen sus seres queridos. Esta situación expone una falla sistémica donde la capacidad de una familia para obtener un cierre digno depende directamente de su poder adquisitivo, una barrera insuperable para la mayoría de los venezolanos en la actual crisis económica.

La familia se siente "a la deriva", un sentimiento que se agudiza al ver pasar los días sin una solución. El esposo de Patricia, particularmente afectado, se niega a abandonar el lugar: "él no quiere irse y dejar a su mamá ahí". Este vínculo inquebrantable con el lugar de la tragedia y la imposibilidad de despedirse adecuadamente de sus muertos, impone una carga psicológica inmensa. La falta de recursos para una operación de rescate adecuada y la aparente ausencia de un plan estatal para asistir a las víctimas en estas circunstancias, prolongan el duelo y perpetúan el trauma. La pregunta de Patricia, "¿cuánto tiempo más tendrá que pasar para que puedan rescatar los cuerpos de su suegra y de su vecino?", no es solo una interrogante personal, sino un eco de la incertidad que enfrentan innumerables familias venezolanas ante la vulnerabilidad de su infraestructura y la fragilidad de sus sistemas de respuesta a emergencias.

La tragedia de Palmar Este es un espejo de una nación que lucha no solo contra las fuerzas de la naturaleza, sino también contra las carencias y la desarticulación de sus propias instituciones. La dignidad de los fallecidos y el derecho al duelo de sus familiares se ven comprometidos por un Estado que parece incapaz o renuente a proveer la asistencia más básica en momentos de extrema necesidad. La súplica de Patricia Núñez no es solo por su familia, sino por todas aquellas que, en silencio, esperan por una respuesta, por una mano amiga, por la simple justicia de poder despedirse. El caso de La Guaira es un recordatorio urgente de que, más allá de las cifras y los discursos, hay vidas humanas y familias destrozadas que claman por la atención y la responsabilidad de quienes tienen el deber de protegerlas.