Caracas, Venezuela – En medio del luto y la devastación que han dejado los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 en la zona norte de Venezuela, con un saldo desgarrador de 2.595 muertos y 12.400 heridos, la vicepresidenta del régimen, Delcy Rodríguez, ha optado por una estrategia de confrontación antes que de contrición. Sus declaraciones, calificando de “miserable” cualquier crítica al operativo de seguridad y rescate, no solo revelan una profunda desconexión con el sufrimiento del pueblo, sino que también exponen la arraigada tendencia del poder a deslegitimar las voces disidentes, incluso en los momentos más aciagos.
“Es miserable, desalmado, desconsiderado a un pueblo bajo angustia”, sentenció Rodríguez en una rueda de prensa con medios internacionales, al ser interpelada sobre las constantes denuncias de las víctimas y de periodistas sobre la percibida falta de una actuación oportuna y eficaz de la fuerza pública y los organismos de rescate. Lejos de ofrecer un mea culpa o un compromiso con la mejora, la alta funcionaria chavista atribuyó estas críticas a “laboratorios y matrices creadas para politizar la situación de emergencia”, una narrativa que se ha vuelto recurrente para el régimen ante cualquier cuestionamiento. La afirmación de que “nadie diga que se le negó acceso, ayuda, que alguien diga no hay, no eso no existe” choca frontalmente con el clamor que emerge de las zonas afectadas y que ha sido documentado por la prensa independiente y los propios afectados.
Rodríguez insistió en que el Estado venezolano se activó “inmediatamente” tras los sismos, mencionando un decreto de emergencia y el despliegue de Protección Civil y la Fuerza Armada. Sin embargo, la percepción ciudadana y los reportes independientes sugieren una realidad muy diferente, marcada por la lentitud, la escasez de recursos y la descoordinación, factores que han sido una constante en la gestión de crisis bajo el actual modelo.
Un País Marcado por la Tierra y la Desidia
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Los terremotos que sacudieron el país hace una semana representan la peor tragedia sísmica que ha vivido Venezuela en el último siglo. La magnitud del desastre evoca, por su impacto, recuerdos de eventos pasados que han dejado cicatrices imborrables en la memoria colectiva venezolana, pero también plantean interrogantes sobre la capacidad de respuesta del Estado.
Uno de los hitos más dolorosos fue el terremoto de Caracas de 1967. Aquel 29 de julio, un sismo de magnitud 6.5 causó la muerte de 245 personas, miles de heridos y cuantiosos daños materiales en la capital. Ese evento, ocurrido en una Venezuela pujante y con instituciones más robustas, llevó a la revisión de códigos de construcción y a un mayor énfasis en la preparación sísmica. Sin embargo, la memoria institucional y la capacidad de reacción parecen haberse erosionado considerablemente en las décadas recientes.
Pero si hay una tragedia que resuena con particular fuerza en el contexto actual es la de la "Tragedia de Vargas" de 1999. Aquel diciembre, una serie de deslaves e inundaciones masivas devastaron el estado La Guaira (entonces Vargas), la misma región costera que hoy vuelve a ser una de las más afectadas por los terremotos. La tragedia de 1999, que ocurrió al inicio del gobierno de Hugo Chávez, dejó un número de muertos estimado en decenas de miles (las cifras oficiales nunca fueron claras, oscilando entre 10.000 y 30.000), y transformó por completo el paisaje y la demografía de la zona. En aquel entonces, la respuesta gubernamental, aunque con un despliegue masivo y la intervención de la Fuerza Armada, también fue objeto de críticas por la gestión de la emergencia, la lentitud en la reubicación de damnificados y la falta de transparencia en el manejo de los recursos.
La Guaira, con su topografía montañosa y su cercanía al mar Caribe, es intrínsecamente vulnerable a fenómenos naturales. La recurrencia de desastres en esta región, sumada a la falta de inversión en infraestructuras resilientes, planificación urbana adecuada y sistemas de alerta temprana eficientes, expone la debilidad estructural del Estado venezolano para proteger a sus ciudadanos. La experiencia de 1999 debería haber servido como un catalizador para una política integral de gestión de riesgos; sin embargo, dos décadas después, la región vuelve a sufrir, y las deficiencias en la respuesta parecen persistir.
La Crisis Institucional como Preámbulo de la Tragedia
La reacción de Delcy Rodríguez no puede entenderse aislada del contexto político y social de Venezuela. El país atraviesa una prolongada crisis económica, social e institucional que ha mermado severamente la capacidad del Estado para cumplir con sus funciones más básicas, incluyendo la protección civil y la atención de emergencias. Años de desinversión en infraestructura, la fuga de cerebros en el sector público, el deterioro de los servicios básicos (salud, agua, electricidad) y la corrupción endémica han dejado a Venezuela en una situación de extrema vulnerabilidad.
Los hospitales, ya colapsados antes de los terremotos, luchan por atender a los heridos con equipos obsoletos y escasez de insumos. Las vías de acceso a las zonas afectadas, muchas de ellas ya en mal estado, se han visto comprometidas, dificultando la llegada de ayuda. El propio sistema de Protección Civil, que en el pasado fue un referente en la región, ha sufrido un declive significativo, con personal mal pagado, equipos insuficientes y una logística precaria. Cuando Rodríguez afirma que "inmediatamente se activó el Estado venezolano en su conjunto", la realidad palpable para muchos venezolanos es que la capacidad de ese "conjunto" está severamente comprometida.
El régimen chavista ha cultivado una cultura de opacidad y negación, donde la autocrítica es vista como traición y la información independiente es catalogada como "laboratorios" o "matrices mediáticas" diseñadas para desestabilizar. Esta postura no solo obstaculiza una evaluación honesta de la situación y la implementación de soluciones efectivas, sino que también criminaliza la labor de los periodistas y silencia a las víctimas, negándoles el derecho a expresar su dolor y su frustración. Para un medio como "Libertad VZLA", comprometido con la verdad y la libertad de expresión, estas declaraciones son un recordatorio de los desafíos constantes que enfrenta el periodismo en Venezuela.
Implicaciones: Entre la Política y la Supervivencia
Las implicaciones de esta postura gubernamental son múltiples y profundas:
Política de la Negación y Control de la Narrativa: La insistencia en que no hay fallas y que las críticas son parte de una campaña política es una estrategia para mantener el control de la narrativa. En un país donde la confianza en las instituciones ha sido erosionada, este tipo de declaraciones solo profundiza la brecha entre el gobierno y la ciudadanía. Se busca proyectar una imagen de competencia y control absoluto, incluso cuando la realidad sobre el terreno es diametralmente opuesta. Esto es particularmente delicado en un momento de emergencia, donde la credibilidad es fundamental para coordinar la ayuda y mantener la calma.
Erosión de la Confianza y Desmoralización Social: Cuando las autoridades desestiman las quejas de los afectados como "miserables", no solo invalidan su sufrimiento, sino que también les niegan la posibilidad de ser escuchados y de ver sus problemas resueltos. Esto genera una profunda desconfianza en el Estado y puede llevar a la desmoralización de una población ya golpeada por años de crisis. La gente afectada necesita empatía y soluciones, no acusaciones.
Obstáculo para la Ayuda y Cooperación Internacional: La insistencia en que el Estado puede manejar la situación por sí solo y que las críticas son infundadas puede disuadir la ayuda internacional crucial. Venezuela, a pesar de sus vastos recursos naturales, carece de la capacidad logística y económica para enfrentar una catástrofe de esta magnitud sin apoyo externo. La negación de las deficiencias es un impedimento directo para la colaboración con organizaciones humanitarias y otros países que podrían ofrecer recursos, experiencia y personal especializado.
Impacto en la Libertad de Expresión: Calificar las denuncias de "laboratorios" y "matrices" es un ataque directo a la libertad de expresión y al derecho a la información. En un contexto de tragedia, el periodismo independiente juega un papel vital al documentar la realidad, dar voz a las víctimas y exigir rendición de cuentas. La estigmatización de la crítica busca silenciar a quienes desafían la versión oficial, creando un ambiente de miedo y autocensura. Para "Libertad VZLA", esto es una afrenta directa a los principios fundamentales de nuestra labor.
Retraso en la Recuperación y Reconstrucción: Si el punto de partida es la negación de las fallas, es poco probable que se implementen las reformas y mejoras necesarias para una recuperación efectiva y para prevenir futuras tragedias. La reconstrucción de las zonas afectadas será un desafío monumental que requerirá una planificación meticulosa, transparencia en el uso de los fondos y la participación de expertos, elementos que son difíciles de lograr bajo una política de negación y secretismo.
Un Llamado a la Razón y la Empatía
La magnitud de la tragedia que vive Venezuela exige una respuesta que trascienda las mezquindades políticas. Los miles de muertos, heridos y damnificados no son cifras para ser manipuladas en un juego de poder, sino vidas que han sido brutalmente impactadas por la furia de la naturaleza y, en muchos casos, por la fragilidad de un Estado que no logra proteger a los suyos.
Desde "Libertad VZLA", reiteramos nuestro compromiso con la verdad y la defensa de las voces de quienes no tienen voz. Es imperativo que el régimen venezolano abandone la retórica de la confrontación y la negación, y en su lugar, adopte una postura de transparencia, autocrítica y, sobre todo, de profunda empatía hacia un pueblo que sufre. La prioridad debe ser la atención a las víctimas, la reconstrucción de las zonas devastadas y el fortalecimiento de las capacidades de respuesta ante futuros desastres, en lugar de la defensa de una imagen política a costa del dolor humano.
La historia juzgará no solo la magnitud de los terremotos, sino también la humanidad y la eficacia con la que sus líderes respondieron a la angustia de su gente. En Venezuela, la miseria no reside en la crítica que denuncia las fallas, sino en la indiferencia y la negación de quienes tienen el poder de cambiar el rumbo de la tragedia.