En el corazón de la Venezuela de hoy, las aulas que antes vibraban con la energía de la niñez se han convertido en escenarios de una silenciosa batalla contra el hambre y el desaliento. La caída drástica del Programa de Alimentación Escolar (PAE) ha sumido a miles de niños y niñas en una precariedad nutricional que no solo compromete su aprendizaje, sino que los empuja, irremediablemente, a abandonar las escuelas en busca de sustento.
En una escuela de Petare, Caracas, Melisa, una maestra de primaria con 15 años de experiencia, atestigua cada día esta cruda realidad. De los 36 pequeños en su lista de segundo grado, solo un puñado logra levantar la mano para responder una pregunta básica sobre el cuerpo humano. El resto, entre siete y ocho años, permanece en un letargo que no corresponde a su edad, con miradas perdidas que revelan un ayuno prolongado. "Nunca me acostumbro a ver la mirada perdida de un niño que llega a clases sin desayunar", confiesa Melisa, quien ha hecho de su bolso un botiquín de emergencia lleno de pan, galletas o frutas para sus alumnos.
La generosidad de Melisa no es un caso aislado. Entre el personal docente, la solidaridad se ha vuelto una estrategia de supervivencia. Semanalmente, organizan "vaquitas" para comprar alimentos y complementar lo que el PAE, otrora un pilar fundamental, ya no ofrece. La oferta del programa se ha reducido a arroz, pasta o granos, a menudo sin aliño, una o dos veces por semana. "Uno sabe que eso no es suficiente para un muchacho que está creciendo", lamenta la maestra, consciente de que estas raciones apenas calman un hambre momentánea, pero no nutren.
La falta de nutrientes se dibuja en el comportamiento de los niños. En lugar de correr y jugar durante el recreo, muchos permanecen sentados en sus pupitres, conservando la poca energía que les queda. La chispa para participar en debates, juegos o actividades recreativas se ha apagado. Incluso una operación matemática, una tarea que debería ser rutinaria, se convierte en un desafío monumental cuando el cerebro lucha por funcionar con un tanque vacío.
Fuentes cercanas al sector educativo, citadas por Crónica Uno, describen el sistema escolar venezolano sumido en una de sus crisis más profundas, caracterizada por la intermitencia y el abandono estatal. Los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de 2025 son lapidarios: la escuela, de ser un refugio protector, se ha transformado en un espejo de la debacle nacional. El PAE, diseñado para garantizar la permanencia de los estudiantes, ha experimentado un colapso dramático. En 2025, solo el 29% de los alumnos recibía alimentación diaria, una cifra alarmante si se compara con el 43% registrado en 2022. Esta precariedad nutricional, sumada a las fallas estructurales en servicios básicos como agua, electricidad y transporte, provoca que el 44% de la matrícula asista a clases de manera irregular. Para los niños en situación de pobreza extrema, el panorama es aún más desolador: dos de cada tres no reciben comida de forma constante en sus planteles.

