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Cruz Roja Internacional: Los terremotos marcan a los países durante décadas

Cruz Roja Internacional: Los terremotos marcan a los países durante décadas

Susana Arroyo estuvo en el terremoto de Pisco, en Perú, de 2007, en los dos terremotos en Haití de 2010 y 2021, y en

Luis Sambrano
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Luis Sambrano

Fundador y editor3 jul. 2026

Caracas, Venezuela. Los ecos de la tierra aún resuenan en las calles de Caracas y La Guaira, pero el verdadero estruendo, el que amenaza con perdurar por generaciones, es el del dolor humano y la devastación silenciosa. Tras el doble sismo que sacudió a Venezuela el 24 de junio, dejando un saldo de más de 10 mil heridos y miles de damnificados, la magnitud de la tragedia se extiende más allá de los escombros. Susana Arroyo, portavoz de la Cruz Roja Internacional y veterana de múltiples catástrofes en América Latina, advierte con una solemnidad impactante: los terremotos no solo derriban edificaciones, sino que marcan a los países durante décadas. Su experiencia en desastres como el de Pisco en Perú (2007) y los terremotos de Haití (2010 y 2021) le confiere una perspectiva cruda y necesaria sobre la larga y ardua senda que le espera a Venezuela.

La imagen aérea de la destrucción material, con estructuras colapsadas y edificios reducidos a polvo, es sobrecogedora. Sin embargo, Arroyo insiste en que el horror más profundo se revela a pie de calle. “Cuando recorremos a pie las zonas nos topamos de frente con las personas y su dolor. Y es cuando todo se vuelve sobrecogedor. Porque adquiere rostro, porque entonces nos damos cuenta de que no solo se perdieron las viviendas. Se perdieron los amigos, los vecinos, los animales de compañía, los negocios de años”, explica con la voz cargada de la empatía que solo el contacto directo con la tragedia puede generar. Este testimonio subraya una verdad fundamental: la recuperación de un terremoto es una tarea titánica que va más allá de la reconstrucción física; es una cicatriz social, económica y psicológica que se incrusta en el tejido de una nación.

El Miedo Persistente y el Desafío Titánico de la Recuperación

En las zonas afectadas de Caracas y La Guaira, el miedo se ha convertido en un habitante más. Los sobrevivientes se debaten entre la necesidad de huir de las estructuras dañadas y la angustia de no querer abandonar sus hogares, esperando quizás un milagro o la recuperación de sus seres queridos. “No quieren volver a las viviendas, pero al mismo tiempo no quieren separarse de ellas porque están esperando para recibir a sus muertos. Entonces, la sensación por momentos es de desafío titánico”, relata Arroyo. Esta dicotomía emocional es un reflejo de la dislocación profunda que un evento sísmico de tal magnitud provoca. La incertidumbre sobre el futuro se mezcla con el trauma del pasado reciente, creando un ambiente de vulnerabilidad extrema.

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La Cruz Roja Internacional, a través de equipos como el de Arroyo, opera en la sombra, organizando la logística vital para que la respuesta a las catástrofes sea lo más rápida y efectiva posible. Sin embargo, la portavoz reconoce la frustración que a menudo embarga a estos equipos. “Se nos cae el mundo encima”, confiesa, aludiendo a la impotencia que se siente ante la inmensidad de la pérdida y el sufrimiento. Esta honestidad pone de manifiesto que, incluso para los profesionales más experimentados en ayuda humanitaria, la magnitud del dolor humano es abrumadora y su impacto es a largo plazo.

Venezuela: Una Historia Sísmica y una Vulnerabilidad Agravada

Venezuela, ubicada en la interacción de las placas tectónicas del Caribe y Sudamericana, es un país intrínsecamente sísmico. Su historia está marcada por eventos telúricos devastadores que han modelado su geografía y su conciencia colectiva. El terremoto de 1812 en Caracas, que causó miles de muertes y contribuyó al colapso de la Primera República, es un recordatorio sombrío de la vulnerabilidad del país. Más recientemente, el sismo de 1967 en Caracas, que dejó cientos de fallecidos y cuantiosos daños materiales, y el de Cariaco en 1997, que evidenció la fragilidad de las construcciones en zonas rurales, son hitos que deberían haber impulsado una cultura de prevención y resiliencia más robusta. El terremoto de 2018 con epicentro en Sucre, que se sintió en gran parte del país, sirvió como una advertencia más.

La recurrencia de estos fenómenos naturales exige una preparación constante, una planificación urbana rigurosa y una inversión sostenida en infraestructura sismorresistente. Sin embargo, la realidad venezolana actual presenta un panorama preocupante. La prolongada crisis socioeconómica, caracterizada por la hiperinflación, la escasez de recursos, el deterioro de los servicios públicos y la migración masiva, ha mermado significativamente la capacidad del Estado y de la sociedad para afrontar una catástrofe de esta envergadura. Hospitales con insumos limitados, infraestructuras de transporte precarias, y una población con acceso restringido a servicios básicos como agua potable y electricidad, enfrentan el desafío de la recuperación desde una posición de extrema debilidad. La vulnerabilidad no es solo geológica, es también socioeconómica y política.

Implicaciones a Largo Plazo: Un Análisis Profundo

Las palabras de Susana Arroyo no son una hipérbole; son una advertencia basada en la experiencia. Los terremotos, especialmente en contextos de fragilidad institucional y económica como el venezolano, dejan cicatrices que persisten durante décadas.

1. Implicaciones Sociales y Humanitarias: El impacto inmediato de un terremoto es la pérdida de vidas y la destrucción de bienes. Sin embargo, las consecuencias a largo plazo son más sutiles y corrosivas. El trauma psicológico colectivo es inmenso. Miles de personas que pierden a sus seres queridos, sus hogares y sus medios de vida sufren de estrés postraumático, ansiedad y depresión. La disrupción de la vida comunitaria, la separación de familias y la migración interna o externa forzada, alteran el tejido social. La crisis de vivienda se agrava exponencialmente, empujando a muchos a asentamientos informales o a vivir en condiciones de hacinamiento, lo que a su vez incrementa los riesgos sanitarios. La ya debilitada red de salud pública de Venezuela se verá bajo una presión insostenible para atender a los heridos y gestionar las secuelas de la tragedia. La educación de los niños se interrumpe, y las oportunidades de desarrollo personal se ven truncadas, hipotecando el futuro de una generación.

2. Implicaciones Económicas: La reconstrucción es un proceso costoso y prolongado. En un país con una economía devastada, donde la inversión pública es casi inexistente y el sector privado ha sido diezmado, la capacidad para financiar esta recuperación es extremadamente limitada. La destrucción de infraestructuras críticas como carreteras, puentes y servicios básicos paraliza la actividad económica y dificulta la llegada de ayuda. Los pequeños negocios y emprendimientos, que son el motor de muchas comunidades, desaparecen de la noche a la mañana, dejando a miles sin sustento. La pérdida de propiedades, la disminución del valor de los bienes raíces y la fuga de capitales o de talento humano, son factores que retrasan aún más la recuperación económica. La dependencia de la ayuda internacional se vuelve crítica, pero su efectividad puede verse comprometida por barreras burocráticas o políticas.

3. Implicaciones Políticas e Institucionales: La gestión de una catástrofe de esta magnitud pone a prueba la capacidad de respuesta y la legitimidad de cualquier gobierno. En Venezuela, donde la confianza en las instituciones ha sido erosionada por años de crisis y polarización, la respuesta gubernamental será observada con lupa. La transparencia en la asignación de recursos, la eficiencia en la coordinación de la ayuda y la rendición de cuentas sobre los fondos de reconstrucción son fundamentales para reconstruir la confianza social. La presencia de la Cruz Roja Internacional, una organización neutral e imparcial, es crucial para garantizar que la ayuda llegue a quienes la necesitan, a menudo sorteando complejidades políticas. Sin embargo, la politización de la ayuda humanitaria, lamentablemente, no es un fenómeno ajeno a la realidad venezolana. La falta de preparación adecuada, la permisividad en las normas de construcción o la corrupción en la ejecución de proyectos de infraestructura pueden salir a la luz, generando demandas de responsabilidad y justicia. A largo plazo, la resiliencia del Estado y su capacidad para establecer políticas de prevención y gestión de riesgos sísmicos serán determinantes para mitigar el impacto de futuros eventos.

Conclusión: Una Llamada a la Resiliencia y la Transparencia

Las palabras de Susana Arroyo de la Cruz Roja Internacional son un llamado de atención urgente. Los terremotos no son meros incidentes; son eventos transformadores que reconfiguran el destino de las naciones. Para Venezuela, un país ya fragilizado por una crisis multidimensional, el doble sismo del 24 de junio no solo representa una tragedia inminente, sino una prueba crítica de su capacidad de resiliencia. La recuperación no será rápida ni sencilla; exigirá un compromiso sostenido, una colaboración genuina entre todos los actores –gobierno, sociedad civil, sector privado y comunidad internacional– y, sobre todo, una transparencia absoluta en la gestión de la emergencia y la reconstrucción.

"Libertad VZLA" reitera su compromiso con la libertad de expresión y la difusión de información veraz, esencial para que la sociedad venezolana pueda comprender la magnitud de los desafíos y exigir respuestas. Solo a través de un esfuerzo conjunto, despolitizado y centrado en el bienestar humano, Venezuela podrá iniciar el largo camino para sanar las profundas heridas que los terremotos, como bien lo expresa la Cruz Roja, marcan durante décadas. La memoria de los perdidos y el sufrimiento de los vivos exigen no solo ayuda inmediata, sino una visión de futuro que priorice la vida, la seguridad y la dignidad de cada venezolano.