Caraqueños hacen largas colas para comprar alimentos
En medio de la angustia y el miedo que todavía embarga a los ciudadanos tras los terremotos de este miércoles, largas colas se registraron este viernes 26 de junio en supermercados y negocios del centro y oeste de Caracas, especialmente en aquellos que cuentan con la modalidad de pago en cuotas de Cashea. “Esto no lo veía desde la
Las calles de Caracas se vieron, una vez más, desbordadas por la angustia y la desesperación, no solo por la amenaza latente de nuevas réplicas sísmicas, sino por la cruda realidad de una sociedad que lucha por subsistir. El pasado viernes 26 de junio, tras los movimientos telúricos que sacudieron la capital, largas filas se formaron ante supermercados y comercios, un sombrío recordatorio de la vulnerabilidad económica y social que permea la vida venezolana. Este escenario, que evocó imágenes de la pandemia, puso de manifiesto cómo un evento natural puede desnudar las profundas carencias estructurales y la precaria capacidad de respuesta de una población ya exhausta.
El Temor Sísmico y la Desesperación Alimentaria: Un Reflejo de la Fragilidad Cotidiana
La conmoción generada por los terremotos de mitad de semana actuó como un catalizador, impulsando a miles de caraqueños a una carrera desesperada por abastecerse de alimentos y medicinas. La visión de personas haciendo cola por horas en el centro y oeste de la ciudad, especialmente en zonas como Catia y la avenida Urdaneta, no era solo una reacción al miedo a futuras réplicas, sino una manifestación de la profunda inseguridad alimentaria y la falta de confianza en los mecanismos de apoyo ante una emergencia.
Testimonios recogidos en los establecimientos comerciales pintan un cuadro desolador. Rosiris Ávila, una de las compradoras, comparó la situación con los peores momentos de la pandemia, señalando que nunca había presenciado tal afluencia. Su preocupación no era solo personal, sino familiar: "Vamos a tener que prepararnos con comida. Yo tengo un nieto, yo como un pan y me defiendo, pero mis nietos no, por eso aquí tengo atuncito, enlatados", expresó, evidenciando la necesidad de garantizar la alimentación de los más vulnerables en un contexto de incertidumbre. Otra ciudadana, que ya tenía sus compras planificadas, se encontró con una multitud inesperada, confirmando que el temor a un nuevo sismo y la necesidad de tener provisiones en el hogar eran el motor de esta avalancha de compradores. La lógica es clara: ante la ineficacia o ausencia de un plan estatal de contingencia robusto, la autogestión y la previsión individual se convierten en la única tabla de salvación. La experiencia del desplome de un edificio en San Bernardino y las familias de Misión Vivienda acampando en las calles refuerzan la percepción de un Estado incapaz de garantizar la seguridad y el bienestar básico de sus ciudadanos.
La Paradoja de Cashea: Acceso Condicionado en Tiempos de Crisis
Un elemento central en esta dinámica de abastecimiento fue la omnipresencia de la aplicación Cashea, una plataforma que permite la compra a crédito en cuotas. La preferencia por los establecimientos que ofrecían esta modalidad de pago fue notoria. En la avenida Urdaneta, por ejemplo, los pocos supermercados abiertos con Cashea registraron largas filas, mientras que uno sin esta opción permanecía prácticamente vacío. Esta realidad subraya la profunda crisis de poder adquisitivo que afecta a los venezolanos, donde incluso los productos de primera necesidad deben ser financiados.
Sin embargo, la dependencia de Cashea también reveló sus limitaciones y la frustración de los usuarios. Una enfermera en Catia, que optó por el anonimato, criticó la respuesta de la aplicación ante la emergencia. "Aunque Cashea tampoco fue que hizo mucho, debió poner más cuotas, hacer algo más. Ellos tienen bastantes usuarios, es todo el país que está pasando por esto, debieron ser más empáticos", señaló. Su reclamo se centraba en la necesidad de beneficios adicionales, como una reducción o eliminación del pago inicial, especialmente en un momento en que muchos trabajadores aún no habían recibido sus salarios. Si bien Cashea anunció la exención de un recargo de 4 dólares por atraso en las cuotas entre el 24 y el 30 de junio, esta medida fue percibida como insuficiente por quienes esperaban un alivio más sustancial ante la emergencia y la crónica falta de liquidez. La paradoja es evidente: una herramienta diseñada para facilitar el consumo en un entorno de escasez de efectivo se convierte en un reflejo de la precariedad, revelando que el acceso a lo básico está condicionado por un sistema de endeudamiento, incluso en situaciones de desastre.
La Resiliencia Forzada: Cuando el Estado Ausente Obliga a la Autogestión
El panorama de Caracas el 26 de junio no solo reflejó el miedo a los terremotos, sino también la profunda desconfianza en la capacidad del Estado para proteger y asistir a sus ciudadanos. La frase "después no sabemos" pronunciada por una compradora en San Bernardino, donde un edificio colapsó, encapsula la sensación de abandono y la necesidad de actuar por cuenta propia. Los venezolanos se ven obligados a desarrollar una resiliencia forzada, asumiendo la responsabilidad de su propia seguridad y abastecimiento ante la ausencia o ineficacia de las instituciones públicas.
La situación se agrava con factores externos, como el desplazamiento de habitantes de La Guaira hacia Caracas, muchos de ellos con sus viviendas afectadas o destruidas, buscando refugio y seguridad. Este flujo de personas incrementa la presión sobre los ya escasos recursos y servicios de la capital, exacerbando las filas y la demanda en los comercios. Un vigilante de supermercado proyectó que esta situación de colas y alta afluencia podría extenderse por al menos dos semanas, una previsión que subraya la persistencia de la crisis más allá del evento sísmico. La imagen de un Estado ausente o desbordado, incapaz de ofrecer soluciones integrales y oportunas, deja a los ciudadanos a merced de su propia capacidad de reacción y de los limitados mecanismos de mercado, como Cashea, para enfrentar tanto las emergencias naturales como la crisis económica cotidiana.
Un Futuro Incierto: Entre la Réplica y la Recesión
Las largas colas del 26 de junio en Caracas son más que una anécdota post-terremoto; son un síntoma revelador de la profunda crisis humanitaria compleja que atraviesa Venezuela. La vulnerabilidad de la población se manifiesta en múltiples dimensiones: económica, social y psicológica. La amenaza sísmica actúa como un lente de aumento, exponiendo la fragilidad de un sistema donde la mayoría de los ciudadanos carece de ahorros, ingresos estables o acceso a servicios básicos eficientes. La necesidad de recurrir al crédito para adquirir alimentos esenciales, la frustración ante la limitada ayuda de plataformas privadas y la autogestión forzada de la supervivencia son expresiones de una sociedad que vive al límite.
La proyección de semanas de incertidumbre, tanto por la posibilidad de nuevas réplicas como por la persistencia de las dificultades económicas, pinta un futuro incierto para los caraqueños. La confianza en las instituciones ha sido erosionada, y la esperanza se deposita, paradójicamente, en la capacidad individual de "defenderse" y "prepararse". Este escenario demanda una reflexión profunda sobre la necesidad urgente de políticas públicas que no solo aborden las emergencias coyunturales, sino que reconstruyan el tejido social y económico, garantizando un mínimo de dignidad y seguridad para todos los ciudadanos más allá de la próxima catástrofe o la próxima quincena. La vulnerabilidad expuesta por el temblor es, en esencia, la vulnerabilidad crónica de un país sumido en una crisis prolongada.