Tras los devastadores eventos sísmicos que sacudieron al estado La Guaira el pasado 24 de junio, la región se sumergió en una crisis multifacética, donde el colapso de más de mil estructuras no solo dejó un rastro de destrucción física, sino que también desató una inminente amenaza para la salud pública. Expertos advierten que, lejos de las creencias populares, los verdaderos focos de contagio no son los cuerpos de los fallecidos, sino la contaminación del agua y la proliferación de vectores en un entorno ya precarizado.
Desafíos Sísmicos y la Amenaza Silente para la Salud Pública
Los dos terremotos que impactaron la zona central del país transformaron La Guaira en un escenario de escombros y desplazamiento masivo. La acumulación de desechos, la improvisación de albergues para miles de damnificados y la potencial liberación de sustancias peligrosas por la ruptura de infraestructuras industriales o de almacenamiento, configuran un caldo de cultivo idóneo para la aparición de brotes epidémicos, según alertó Mariana Ortíz, integrante del equipo de emergencia prehospitalaria de Protección Civil.
Una de las primeras prioridades para clarificar en este contexto de crisis es la desmitificación de la creencia generalizada de que los cadáveres son la principal fuente de epidemias tras un desastre. Tanto la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como diversos especialistas han refutado consistentemente esta noción. Ortíz enfatizó que, si bien los procesos de descomposición generan olores desagradables, no existe evidencia de que transmitan enfermedades por vía aérea en espacios abiertos.
La Sociedad Venezolana de Infectología (SVI) también se sumó a esta aclaratoria, señalando que la transmisión de enfermedades infecciosas a partir de cuerpos sin vida depende crucialmente de la causa del deceso y del manejo posterior. Subrayaron que la imagen cinematográfica de epidemias espontáneas originadas por cadáveres es una ficción. Sin embargo, esto no minimiza el riesgo biológico inherente al manejo forense y funerario si no se cumplen estrictos protocolos de contención. La SVI recalcó que el manejo seguro de los fallecidos trasciende una mera norma técnica, constituyéndose en una barrera epidemiológica vital. Para ello, la organización científica destacó tres pilares fundamentales: el uso riguroso de Equipos de Protección Personal (EPP) para minimizar la exposición a fluidos potencialmente infectados, un control exhaustivo de instrumentos punzocortantes durante las autopsias debido a la persistencia de infecciones de transmisión sanguínea, y una desinfección ambiental meticulosa, complementada con el lavado de manos post-procedimiento. La institución enfatizó que la bioseguridad en estas circunstancias críticas debe conjugar el rigor científico con la máxima dignidad humana en el tratamiento de los fallecidos, un enfoque crucial en el contexto venezolano para evitar la profundización de crisis humanitarias o sanitarias.




